Columnas

Manjares de papel

Los primeros libros de cocina de Andalucía

Los libros de recetas de cocina son un terreno fértil para los sentidos. Nos retrotraen a los olores y texturas de los alimentos que conocemos. Nos recuerdan sensaciones que recreamos con facilidad, siempre que conozcamos los ingredientes y el paladar haya probado los platos. La memoria de las sensaciones nos recrea el festín al leer un arte de cocina, recreando un mundo de manjares de papel, alimentado la memoria sensorial, pero también ofreciendo una pauta de repetición al recrear los pasos para conseguir la alquimia de transformación de los alimentos mediante el fuego. En estos libros encontramos los nombres de los productos empleados en la elaboración, así como el método de elaboración, la cocción preferida y los utensilios de las cocinas. Es un rico vocabulario que evoluciona notablemente en el tiempo e incorpora tradiciones diversas y productos nuevos. 

PEDRO RUEDA RAMÍREZ
UNIVERSIDAD DE BARCELONA
Los libros de cocina cuentan con una larga tradición manuscrita desde la Antigüedad, pero en el mundo impreso temprano algunos libros pioneros se ocupaban de la alimentación y la sanidad, entrelazados en los manuales sobre qué alimentos consumir y cómo disponer la mesa y el orden de las viandas, definiendo los hábitos de consumo, acordes a un proceso de civilización que la mesa ponía de relieve. Algunos de los primeros tratados de alimentación estuvieron dedicados a la nobleza y al comportamiento modelador de las costumbres cortesanas en la tabla. El Vergel de sanidad (1542) de Luis Lobera de Ávila llevaba otro título, el banquete de caballeros y orden de vivir, reflejando el estatus del que se sienta al disfrute de la mesa sin pasar por el sudor de las tareas de cocinado. Estos libros están más cercanos a los regímenes de salud que tuvieron un notabilísimo éxito editorial al ofrecer una interpretación teórica de la enfermedad y su relación con la comida, destacando el de Francisco Núñez de Coria, cuyos Avisos de sanidad (1572) se ocupaban de "todos los géneros de alimentos y del regimiento de la sanidad". Uno de los primeros publicados en Andalucía fue el de Juan García de Castrojeriz cuyo Regimiento de príncipes (Sevilla, 1494) se ocupaba de estos asuntos de salud y nutrición. Uno de los que se ocupa con detalle "de las cosas que se comen y beben" es el Regimiento de sanidad (Sevilla, 1541) de Jerónimo de Savonarola traducido por Fernán Flores, canónigo en Jerez de la Frontera. Los médicos andaluces escribieron recomendaciones sobre el agua fresca, el vino y los alimentos idóneos, al igual que algunos teólogos divagaron sobre si el chocolate rompía el ayuno o no, algo que generaba disputas y que no evitó, en ningún caso, que el cacao americano mezclado con azúcar o vainilla triunfase en las tertulias y desayunos. Varios tomaron la pluma para defender el brebaje, como Antonio Colmenero de Ledesma, médico y cirujano de Ecija, que publicó un Curioso tratado de la naturaleza y calidad del chocolate (Madrid, 1631). Aunque sobre los productos traídos de fuera de Europa son más conocidos el tratado de Cristóbal de Acosta, Tractado de las drogas, y medicinas de las Indias orientales (Burgos, 1578) y el fascinante de José de Acosta la Historia natural y moral de las Indias (Sevilla, 1590) que descubrió a Europa los productos americanos. En la Historia de las plantas de Nueva España de Francisco Hernández se recoge el uso del tomate molido y mezclado con chile que da origen a una "salsa muy agradable que mejora el sabor de casi todas las viandas y alimentos y estimula el apetito". Al añadir aceite y vinagre junto con el tomate se darán los pasos para la receta del gazpacho, entre otras muchas que van incorporando productos americanos. El dramaturgo Lope de Vega elogiaba el tomate como "más lindo que un tomo de Cicerón", reflejando la incorporación a la dieta, al igual que lo haría el "axi" o pimiento, que Cristóbal Colón recogía en una alusión temprana de 1493. LIBROS DE RECETAS. Los considerados primeros libros de cocina impresos en español conteniendo recetas fueron redactados fundamentalmente por cocineros al servicio de las cortes y las casas nobiliarias. Uno de los primeros fue la traducción del catalán al castellano del Livre del Coch, del maestro Robert o Ruperto de Nola, que incorporaba recetas bajomedievales de tradición catalana e italiana e información útil sobre como el trinchante "ha de cortar todas maneras de carnes y aves". El libro tuvo varias ediciones en castellano en el siglo XVI, trayendo a las cocinas españolas tradiciones mediterráneas y los sabores de las nuevas especias que llegaban en las rutas de Asia. Tuvo notable éxito el Libro de cocina en el cual se contiene el modo de guisar "a la usança española, italiana y tudesca de nuestros tiempos" de Diego Granado Maldonado, un oficial de cocina de la Corte, que se publicó en Madrid en 1599. El de Francisco Martínez Montiño editado igualmente en Madrid en 1611 se titulaba Arte de cocina, pastelería, vizcochería y conservería, dando cuenta de las diferentes tareas culinarias de un profesional que debía saber guisar, hacer tortas rellenas, elaborar postres y preparar conservas. Estos títulos configuran, en sucesivas ediciones, el núcleo esencial de las recetas impresas cortesanas difundidas por la imprenta que incluía numerosos platos de carne y pescado. Estos libros de cocina se complementaban con los destinados a los oficios de las casas nobles, como el Estilo de servir a príncipes (1614) de Miguel Yelgo que se ocupaba de las obligaciones del mayordomo, camarero, maestresala, veedor y cocinero. Estas obras, y otras muchas, se editaron fuera de Andalucía, pero fueron conocidas, ya que las librerías andaluzas estuvieron bien surtidas de novedades en las principales ciudades y las "artes de cocina" pasaron por los estantes de las tiendas de libros y llegaron a manos de los lectores. Entre los primeros libros de recetas publicados en Sevilla encontramos el titulado Nuevo arte de cocina sin autor ni fecha de publicación, pero publicado en Sevilla a mediados del siglo XVIII. Esta fue una obra clave, cuyo título completo fue Nuevo arte de cocina, bizcochería, pastelería, cosas de masa, aguas heladas y de olores, de hacer dulces de todos los géneros que fueron "sacadas de la escuela de la experiencia por un curioso para que cualquier persona se gobierne". El anónimo autor lo compiló "entresacando de algunos authores" y comenzando por los guisos, que en este manualito son "conejos en pebre", "gazapos en guisado", "olla podrida", "jamón lampreado" y otras muchas recetas, y si llegan huéspedes inesperados propone "albóndigas repentinas" servidas con "azúcar y canela por encima", revelando un gusto distinto al de nuestros paladares.

Imágen 1: Portada del Libro de guisados, manjares y potajes de Rupert de Nola editado en Zaragoza en 1568 y que fue un libro de notable éxito editorial en el Renacimiento.

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Los platos dulces y los salados podían combinarse en mismo menú y en numerosos platos se combinan ambos sabores, con un notable contraste. En estos manuales cabe esperar pocas indicaciones de cantidades de cada ingrediente, pero puede indicar "un poco de agrio de lima". Tampoco suelen darse los tiempos de cocción, pero sí unas indicaciones de cómo tratar cada producto. En la volatería incluye codornices, pavos, perdices, capones, "pollos de carretero, con salsa de pobres" con ajo, agraz, azafrán y pimienta. Un festín de carne, no siempre al alcance de muchos. Los huevos no pueden faltar, con un capítulo completo, incluyendo una capirotada de huevos. En muchas cocinas debían contentarse con platos menos calóricos y con menos sazón, ya que la sal, el azúcar y la pimienta, entre otros, eran productos que encarecían la elaboración. En este recetario la miel tiene notable presencia, pero el azúcar ganaba adeptos por doquier, conforme se fue abaratando su producción, llegando Miguel de Baeza, autor de un libro de confitería, a considerarlo "suave y dulce y de mucho provecho para muchas cosas porque de ello se hacen muchas conservas y confituras, medicinas y jarabes para sanos y enfermos". De todos modos, el alimento básico fueron los cereales en mil variedades y, especialmente, el pan. Un sustento cotidiano cuyo precio marcaba el abastecimiento o la hambruna de amplios sectores populares. Los recetarios contrastan esta supervivencia cotidiana con una oferta variada de productos y platos, que revela una tierra de abundancia con algunos productos al alcance de unos pocos.
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