Hallar en la historiografía artística de mujeres es bastante difícil. Sin duda, si exceptuamos a la Roldana, pocas mujeres han sido valoradas como creadoras desde que se tienen registros de la producción artística sevillana hasta comienzos del siglo XX. Ni que decir tiene que ello se debió a que en la documentación histórica sus nombres no aparecen, pasan desapercibidas. Sin embargo, a pesar de que las artes siempre fueron un mundo patriarcal, una de las actividades más permitidas a las mujeres fue la del bordado, que, si bien también era una labor masculina, fue una de las pocas en las que su presencia tuvo cierto reconocimiento. En gran medida se debía a que la moral cristiana veía con buenos ojos las labores del bordado entre las faenas propias de la mujer, aunque siempre en el ámbito familiar y bajo la estricta observancia del marido. De ahí que muchos de los nombres conocidos estén asociados a hombres, bien sea como esposa, bien sea como viudas, y hubo que esperar al siglo XIX para encontrarlas con una autonomía laboral más o menos clara. Y todo ello se refleja muy bien en la Catedral de Sevilla, un centro de producción artística de primer orden hasta el siglo pasado, y cuyas necesidades litúrgicas hicieron que fuesen muy requeridas las labores de bordado de manera constante para ennoblecer y enriquecer la ceremonia. Es relevante reconocer cómo los primeros nombres de mujeres bordadoras que aparecen en los registros contables de la Catedral se localizan a partir del siglo XV y tienen una importante presencia hasta mediados de la centuria siguiente. La mayor parte de estas mujeres trabajaron de una manera puntual en la Catedral, siendo la excepción Leonor Sánchez, quien lo hizo de manera continua entre 1531 y 1556. No obstante, la razón de su relevante papel en los trabajos del bordado de esos años fue por haber sido esposa del flamenco Rute Boguels o Bourguelles, un bordador que tuvo un reconocimiento importante. De hecho, se la conoció en la Catedral como Leonor 'la de Rute'. Sin embargo, tras enviudar, ella fue la encargada de seguir trabajando en los encargos de bordado litúrgico del mismo modo que lo había hecho su marido y ocupó el cargo de "costurera de la Santa Iglesia". Sin duda, la situación de Leonor Sánchez fue una excepción, ya que mantuvo su taller, incluso aceptó aprendices para su formación a pesar de ser mujer y mantener su viudedad, lo que parece indicar el prestigio y reconocimiento que se le tenía a su labor. Entre sus trabajos importantes se encuentra el viso bordado para el Santísimo Sacramento del altar mayor, el paño de difuntos con las giraldas bordadas en sus esquinas o algunas capas que bordó para los canónicos. No obstante, a partir de 1550 tuvo que competir con otros bordadores que en esos momentos estaban siendo empleados en la Catedral, lo que hizo que su trabajo mermara y, finalmente, su dedicación a las labores de costura y lavado de la ropa catedralicia centraron su trabajo en los últimos años de su vida conocidos.
Esa misma competencia, de gran dureza, fue una de las causas por las que desaparecieron los nombres femeninos en la documentación catedralicia de los siglos siguientes, aunque hubo excepciones, como el caso de María Muñoz (doc. 1612-1624), la cual aparece junto a su marido Domingo González en el contrato de una pareja de dalmáticas y un frontal que les encargó la Capila Real en 1618. Sin duda, María Muñoz debió tener fama de buena bordadora y fue el reclamo de su taller, pues igual que en esta escritura, en el resto de los contratos que solicitaron sus servicios, siempre aparecieron juntos los dos cónyuges, algo nada común en los encargos de bordados de la época.