Fue en la ilustrada y cosmopolita Cádiz de mediados del siglo XIX donde, por primera vez en España, las mujeres pudieron cursar estudios artísticos oficiales. Era el año 1852 cuando la Academia Provincial de Bellas Artes gaditana creó la denominada 'Clase de Señoritas' que, de forma pionera, reconocía oficialmente la formación de sus alumnas como artistas. Dos décadas más tarde siguió su ejemplo la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando de Madrid y, más de un cuarto de siglo después, las Academias y Escuelas de las demás provincias andaluzas.
Ello no significaba, sin embargo, que las estudiantes tuvieran una oferta formativa igual a la de sus compañeros. Nada más lejos de la realidad. A lo largo del siglo XIX y hasta las primeras décadas del siglo XX, los prejuicios sexistas discriminaron a las alumnas de la posibilidad de formarse como sus colegas varones. De hecho, las alumnas tuvieron vetadas las asignaturas más valoradas en la enseñanza artística y las más importantes para alcanzar el éxito en los certámenes y en el mercado: Perspectiva, Colorido y Composición, Anatomía y Desnudo (esta última, por considerarse perjudicial para la decencia de las jóvenes). Frente a ello, las enseñanzas dirigidas a las mujeres —denominadas Clases de Señoritas o Enseñanza artístico-industrial de la Mujercontemplaban asignaturas como Caligrafía Artística y Dibujo a la pluma, Confección de flores artificiales, Pasamanería y bordados • Construcción de objetos de concha, marfil y hueso. Es decir, asignaturas orientadas a formar a profesionales de las artes aplicadas o industriales y a profesoras de las Escuelas Normales de Maestras; pero no a artistas que pudieran triunfar en los concursos y exposiciones artísticas.
¿Qué otras opciones tenían las mujeres para formarse como artistas? Por un lado, el limitado aprendizaje autodidacta, copiando obras en los museos o siguiendo las cartillas de dibujo. Por otro lado, la enseñanza en el estudio de otro artista, lo cual era fácil si un familiar de la joven era profesional del arte -habitualmente el padre o el hermano, aunque también algunas madres-; sin embargo, era complicado si las jóvenes procedían de familias desvinculadas de la profesión artística, ya que los artistas que aceptaban alumnas en sus estudios eran escasos y, además, ello conllevaba importantes gastos, inasumibles para muchas mujeres.
UN SISTEMA ARTISTICO MACHISTA. A pesar de haber desarrollado estudios artísticos y de haber demostrado en sus obras una formación cualificada, una artista no tenía garantizada su consideración como profesional del arte. De hecho, hasta comienzos del siglo XX fue habitual en la crítica artística la despectiva expresión 'artista de afición', que destituía a las creadoras del estatus de profesionales y las convertía en meras aficionadas. En dicha categoría de 'artista de afición' fueron clasificadas incluso pintoras con amplias trayectorias y premios internacionales, que mantenían con su actividad profesional la subsistencia de su familia: no eran, por supuesto, aficionadas.
Esas artistas profesionales, que aspiraban al reconocimiento social y económico de su trabajo creativo, se enfrentaban a un contexto hostil, marcado por los valores burgueses decimonónicos. Valores que habían consolidado la masculinización del trabajo en el espacio público y la expulsión de las mujeres del mismo, para ser confinadas en el espacio doméstico como 'ángel del hogar'. Conforme a dichos valores, la presencia de las artistas en las exposiciones y certámenes públicos no solo no era valorada, sino que era reprobada.