El año 476 dC. es considerado por muchos historiadores como una fecha icónica, aquella que marca la desaparición del imperio romano de Occidente, para dar paso al periodo que conocemos como Antigüedad Tardía. Es obvio que se trata solo de la fijación de un hito que permite organizar y compartimentar el proceso histórico, para hacerlo más racional, pero que constituye el colofón de una serie de cambios y transformaciones que se venían produciendo en las estructuras del Imperio romano desde mucho antes.
Así, y centrándonos en la antigua Hispania, no son pocos los investigadores que sitúan como un acontecimiento clave para el desenlace que hemos señalado a las invasiones de los pueblos bárbaros, que se producen en el año 409, y que precipitarán la pérdida del control de la mayoría de la península ibérica por parte de las autoridades imperiales (que solo conservarán el dominio de la Tarraconense). A partir de dicho momento, los distintos territorios que la conformaban vivieron situaciones diversas, desde la fundación de reinos bárbaros, como el de los suevos, en la zona noroccidental de la península, a la creación de ciudades independientes de organización estatal alguna, en las que serán las oligarquías locales hispanorromanas, tanto laicas como eclesiásticas, las que asuman las funciones políticas y administrativas que había dejado huérfanas Roma. Este parece que fue el panorama general de la Bética (tras el breve intervalo de ocupación de los vándalos silingos, 409-429, Y el interludio ostrogodo, 429-455), en la que el sur peninsular estará gobernado por la aristocracia senatorial terrateniente, sin la intervención de ninguna otra autoridad hasta prácticamente los inicios del último cuarto del siglo VI. Ejemplos como los de la ciudad de Corduba o, ya en la zona más suroriental de la península, la región de la Orospeda, dan buena cuenta de dicha situación de autonomía que describen las fuentes escritas.
Una situación similar pudo vivir el área más oriental de la actual Andalucía, de la que las mencionadas fuentes escritas prácticamente nada nos relatan. Es por ello que la investigación arqueológica se torna indispensable para reconocer y caracterizar los sucesos históricos de esta región durante la Antigüedad Tardía.
Se trata, ésta, de un área donde la red de ciudades y asentamientos romanos fue menos densa que en el valle del Guadalquivir, y en la que el componente geográfico, dominado por un paisaje accidentado, agreste y montañoso, fue determinante para dicha circunstancia. En este contexto, y con los visigodos asentados en el centro y norte peninsular, el resto de regiones peninsulares, y entre ellas, el sur, viven un situación político-social caracterizada por la paulatina desaparición del poder romano, la presencia de grupos bárbaros residuales y la existencia de potentados hispanorromanos, con sólidas bases económicas en el mundo rural; serán estos últimos los que se hagan finalmente con el control de estos territorios, que serán políticamente autónomos durante la segunda mitad del siglo V y buena parte del VI.
Centremos ahora nuestra atención en un yacimiento arqueológico andaluz, la villa romana de Salar, que se localiza en la pequeña localidad homónima de la vega occidental de Granada, que, si bien es muy conocida por su lujosa residencia aristocrática, fechada entre los siglos IV y V, que posee una refinada arquitectura y una esmerada decoración, en la que destacan sus mosaicos figurados de vivos colores o su interesante programa escultórico, está ofreciendo, en estos últimos años, una serie de hallazgos de gran valor arqueológico e histórico, que nos están permitiendo, por un lado, ampliar considerablemente su periodo de uso y, por otro, aportar valiosa información para el reconocimiento del desarrollo político, económico, social y religioso de esta región entre los siglos V al VIII, para la que los textos escritos, como hemos descrito con anterioridad, son extraordinariamente parcos.
En el año 2021 se iniciaron los trabajos arqueológicos en la llamada Zona C, un área del yacimiento alejada unos 20 metros al noroeste de la mentada vivienda dominical, con el objetivo de identificar otros edificios y ámbitos funcionales de esta otrora gran explotación agropecuaria, más concretamente, los relacionados con la pars rústica y, por tanto, con las actividades productivas y de transformación que dan su verdadero sentido a este tipo de instalaciones rurales. Más allá de la aparición, efectivamente, de algunos complejos estructurales, mal conservados, pero que han ofrecido nítidas evidencias de su pertenencia a esas tareas productivas durante el alto y bajo imperio, lo más interesante para el tema que nos ocupa es la amortización de dichas edificios, en torno a mediados del siglo V, para construir, sobre los cimientos de aquellos, una nueva vivienda, que sustituye a la lujosa casa ya conocida, pero ahora más austera, aunque dotada, igualmente, de una arquitectura monumental y de prestigio.