No hay duda de la importancia que tuvieron las artistas en el desarrollo de la pintura y la escultura contemporánea en Andalucía. Desde comienzos del siglo XX, se habían producido avances, cierta evolución estética que conectaba con la vanguardia imperante en otras partes de España y Europa. No obstante, tras la Guerra Civil, hubo un retroceso en ese camino de modernización de las artes, que se prolongó hasta bien entrados los cincuenta. El franquismo, que se extendió desde el final de dicha contienda hasta la muerte del dictador en 1975, realmente siguió persistiendo, en cierta manera, durante la década de los setenta, a pesar de instaurarse en el país la ansiada transición hacia la democracia. Las diferentes etapas de este periodo tuvieron, claramente, una repercusión sobre la intelectualidad y las artes. Así los cuarenta, duros años de posguerra, se caracterizaron por un escaso adelanto cultural, sujeto a la crisis y devastación en la que había quedado sumida el país tras el conflicto. Se paralizó todo atisbo de progreso, frenando, por consiguiente, la renovación de la creación plástica española latente durante la Segunda República. Muchas artistas, representantes de la modernidad como Maruja Mallo o Remedios Varo (hija de cordobés), marcharon al exilio o se adaptaron a los rígidos esquemas ideológicos del régimen, que incentivó el ideal femenino ligado al espacio doméstico tradicional, alejado de la profesionalización.
La situación externa al país, no mucho más halagüeña, estuvo determinada por los hechos y desenlace de la Segunda Guerra Mundial, así como por el aislamiento internacional que afectó a España hasta bien entrados los cincuenta. Durante esta década se empezó a advertir cierta reacción a lo oficial en autoras que, de nuevo, se aproximan a la tradición vanguardista. A partir de este momento, el mundo de la creación se abre también a jóvenes provenientes de clases sociales medias, sin quedar limitado a las naturales ventajas de las descendientes de familias pudientes o afines al régimen.
Tras la apertura del país, y especialmente a comienzos de los sesenta, se inició una etapa de desarrollo propiciada por el crecimiento económico, la cual tuvo repercusión a todos niveles, incluido el entorno cultural. Es entonces cuando se observa un aumento de la presencia femenina en los circuitos artísticos, salones y muestras expositivas, aunque habría que esperar a los setenta para que la misma se consolidara, influyendo en ello la celebración del Año Internacional de la Mujer en 1975.
Los años finales del régimen, marcados por la crisis, la detracción ante al oxidado sistema y la oposición tanto nacional como internacional, estuvieron acentuados, además, por el incremento de la actividad artística general, en la que las creadoras experimentaron un manifiesto adelanto. Como se ha indicado, y pese al claro retroceso cultural español durante las primeras décadas del mismo, sí persistió una parte de la escena artística. Se siguieron celebrando exposiciones a todos los niveles y las Nacionales de Bellas Artes se mantuvieron; pero con una raquítica representación de expositoras en equiparación con los expositores masculinos.
Si se profundiza en el caso concreto de la Andalucía del franquismo, hay que subrayar la compleja situación que vivió el sur peninsular, enfatizada por la miseria y el anclaje a la tradición. Aun contando con una sólida base cultural, repleta de figuras ampliamente reconocidas en el contexto internacional de la primera mitad del siglo XX como Lorca o Picasso, la aparición de mujeres o, mejor dicho, su estudio, ha sido escaso en comparación con el de otras artistas españolas. Sin duda, las coyunturas geográficas, unidas a la dispersión y pérdida del trabajo de muchas de ellas, favorecieron tal hecho.