Pero no, su madre no fue una mujer cruel. En otro librillo, igual de cautivador, titulado Mi padre y el museo, nos dibuja un perfil conmovedor: «el colaborador más cercano de mi padre era mi madre, Maria Alexándrovna Tsvietáieva. Con frecuencia, con su elocuencia y cierta gracia conseguía de inmediato lo que únicamente con esfuerzo y de una manera muy distinta llegaba a conseguir mi padre». El secreto de su madre: «la calidez de su corazón, sin la cual no hay don que sirva». Se le quedó grabado en su memoria: «hablando de la ayuda que prestaba a mi padre, hablo sobre todo de su constante participación espiritual, del milagro de la colaboración femenina, que en todo entra y de todo sale vencedora. Ayudar al museo era sobre todo ayudar espiritualmente a papá».
Longino, un preceptor literario de lengua griega que vivió en la Roma de la primera mitad del siglo I, escribió una obra, De lo sublime, que, a pesar de los siglos que nos separan, merece la pena leer pues entre sus páginas asistimos a reflexiones aún vigentes: «hay elementos del discurso que son exclusivamente de la naturaleza y no se pueden aprender de otro modo que mediante el arte». Todo el mundo ve el verdor de un trigal en primavera; pero no todos saben apreciar la belleza que una tormenta deja sobre él. Millones de diminutas gotas adornando los tallos que empiezan a espigar. Gotas que son espejo de una luz especial, repleta de sombras y rayos crepusculares que se escapan entre los nubarrones aún presentes. El artista percibe lo que para otros no existe. Su pasión surge porque saben qué es lo sublime. Pues como decía Longino, «lo sublime de verdad eleva nuestra alma, como si fuera algo instintivo, y exultante de dignidad, rebosa la alegría y orgullo, como si fuera la creadora de lo que ha oído». Sólo un músico convierte un sonido en melodía. Sólo un pintor es capaz de ver en un cielo borrascoso un sin fin de colores: Johannes Vermeer... Igual que sólo un poeta encuentra las palabras apropiadas para expresar los sentimientos más hondos: «serán ceniza, mas tendrá sentido; polvo serán, mas polvo enamorado». Los artistas son especiales. La madre de Marina Tsvietáieva lo supo siempre. Ella «nos inundó de música. Mi madre nos inundó con toda la amargura de su vocación no realizada, de su vida no realizada». Por eso quiso un varón, para que ni los convencionalismos ni las costumbres repitieran con su hijo la triste historia que ella había sufrido. Una tragedia que, por desgracia, aún sigue cobrándose víctimas en muchas partes del mundo.
Dedicamos este número a las andaluzas artistas y promotoras que se abrieron paso en un marasmo de negación. Desafiaron al mundo. Pintaron lo que muchos aseguraron que no podían pintar y se autorretrataron como lo que fueron: pioneras. Adéntrense en estas páginas y descubran esa historia apasionante de la mano de un equipo a la altura de aquellas mujeres excepcionales.