Don Juan Valera fue un diplomático notable. A lo largo de toda su vida combinó el ejercicio de la diplomacia con sus otros dos principales afanes: la política y la literatura. En total sumó diez destinos: Nápoles, Lisboa, Río de Janeiro, Dresde, San Petersburgo, Fráncfort, de nuevo Lisboa, Washington, Bruselas y Viena. A pesar de no tener demasiada fe en el servicio, por disciplina y autoestima, así como por sus problemas económicos, que siempre le persiguieron, se manyuvo en el escalafón hasta cumplir setenta años de edad.
El próximo 18 de octubre se conmemorará el segundo centenario del nacimiento de don Juan Valera en Cabra. Uno de los no muy frecuentes casos de conmemoración del segundo centenario del nacimiento de un escritor español. En 1924, con ocasión del primer centenario, la Real Academia Española organizó un acto, en el que intervino el también académico, marqués de Villaurrutia, que había servido a las órdenes de Valera en la Legación de España en Lisboa en 1881.“Don Juan Valera, diplomático y hombre de mundo” fue el título de la conferencia del embajador Villaurrutia, en la que puso énfasis en la larga carrera de Valera y en la importancia de los puestos que desempeñó: diez destinos en el extranjero y la Subsecretaría del Ministerio de Estado (hoy Asuntos Exteriores). Villaurrutia se pronunció así sobre su trayectoria profesional: “Fue nuestro don Juan diplomático de carrera, no de los que se consideran tales, porque sentaron plaza de jefes de misión y figuran en el escalafón de embajadores y en el almanaque del Gotha, sino de los que llegaron a la más alta dignidad, pasando por todos los grados inferiores y por no pocas residencias de América y Europa”.
El padre de Valera, el marino don José Valera Viaña, y su madre, doña Dolores Alcalá-Galiano y Pareja, marquesa de la Paniega, tenían profundo arraigo de antiguo y vínculos familiares con Cabra y Doña Mencía. Ambas localidades están muy presentes en la vida y la obra de Valera. Por eso este segundo centenario debe ser una conmemoración compartida. Valera regresaba siempre que podía a Cabra y Doña Mencía para descansar, escribir, disfrutar de la gastronomía local, pagar deudas, ver con inquietud el estado de sus propiedades, escasamente productivas, o departir con su gran amigo, don Francisco Moreno Ruiz, quien le informaba de la política local como nadie.
El siglo XIX fue un período de confrontación en el terreno de las ideas y enfrentamientos en el campo de batalla, con la cuestión de las nacionalidades y las demandas democráticas como telón de fondo. Emerge la burguesía que reclama su participación en el ejercicio del poder, y también surgen los partidos políticos y los primeros intentos de crear organizaciones de defensa de los trabajadores. La publicación del Manifiesto Comunista de Karl Marx en 1848 coincide con la estancia de Valera en Nápoles, su primer destino diplomático. Son los años del maquinismo y la revolución industrial. España, con un glorioso pasado en Europa, América y el Pacífico, entra en declive, mientras los grandes países europeos se lanzan a la aventura colonial en África y el continente asiático. A medida que avanza el siglo, la Europa del concierto y el equilibrio, surgida del Congreso de Viena (1814) y diseñada por Austria, Prusia, Rusia e Inglaterra, a las que se unirá posteriormente Francia, se verá progresivamente erosionada. La diplomacia del momento se ejercerá bajo los principios del equilibrio, la legitimidad y la intervención. Esta última para acabar con las nuevas ideas. Todo este mundo en profundo cambio acompañará a Valera durante toda su carrera diplomática.
Concluidos sus primeros estudios de letras y humanidades en Cabra, de Filosofía en Málaga y de Derecho en Granada y Madrid, donde se gradúa en 1844, su aspiración primera es la abogacía, a la que le empujan sus padres, pero se inclina por la diplomacia por sus relaciones sociales o de parentesco y porque la profesión le puede servir para otras formas de ascenso. Valera piensa en la diplomacia, pero no olvida la poesía, ni desatiende su formación lingüística. Brilla en los salones madrileños (de los Montijo, Heredia o Cabarrús…) y sueña con el éxito en la diplomacia, la literatura o la política. No le faltan padrinos (Narváez y Serrano, entre otros) y sus hermanas casarán bien: Ramona, con Alonso Messía de la Cerda, marqués de Caicedo, y Sofía, aupada por Eugenia de Montijo, lo hará con Aimable-Jean-Jacques Pelissier, duque de Malakoff. Los Valera pertenecen a esa aristocracia de provincias que asciende socialmente, pero que carece de una prosperidad económica consolidada. Por eso la diplomacia fue el paraguas protector de Valera, al asegurarle unos ingresos estables durante medio siglo.