Columnas

Lozano Sidro interpreta la novela Pepita Jiménez

Las ilustraciones de Lozano Sidro como versión etnográfica

Si una gran novela se publica acompañada de ilustraciones que la interpretan y la sitúan en el escenario en el que transcurre la acción, la obra literaria puede quedar engrandecida por esa otra visión de la misma realidad. A lo largo de la historia ha ocurrido en ocasiones; por ejemplo, esa confluencia genial entre El Quijote escrito por Cervantes y los dibujos que realizó Gustave Doré. Es otro estilo y otra época, pero las ilustraciones de Lozano Sidro para Pepita Jiménez son también una cumbre en la ilustración española: reflejo fiel del espíritu y del escenario de la novela.

MIGUEL FORCADA SERRANO
DIRECTOR DEL MUSEO ADOLFO LOZANO SIDRO

La novela Pepita Jiménez de Juan Valera y Alcalá-Galiano es considerada como una obra maestra de la literatura española en el siglo XIX. El número de ediciones realizadas desde su publicación y su traducción a muchos idiomas así lo acreditan. Sin embargo, a la hora de analizar su contenido y sus formas, los críticos nunca se han puesto de acuerdo sobre el género o tendencia al que debe adscribirse esta obra. ¿Se trata de una novela psicológica, realista, de tesis, costumbrista, modernista, romántica?

Juan Valera rechazó siempre que su novela pudiera encasillarse en alguno de estos apartados y ya en el prólogo a la edición de 1875 dejó claro que “… al escribir Pepita Jiménez no tuve ningún propósito de demostrar esto o de impugnar aquello; de burlarme de un ideal y de encomiar otro; de mostrarme más pío o menos pío. Mi propósito se limitó a escribir una novela de entretenimiento. Si la gente se ha entretenido un rato leyendo mi novela, lo he conseguido y no aspiro a más”.

Vamos a dedicar este artículo a identificar y comentar esos aspectos costumbristas o etnográficos de Pepita Jiménez, y a comprobar cómo los interpretó Lozano Sidro quien, además de conocer la ciudad de Cabra, llevaba desde los primeros años del siglo XX pintando escenas de la vida de las clases populares de Andalucía y realizando ilustraciones (de variadísima temática) para la revista Blanco y Negro, la más conocida y leída en aquella época.

El escenario en el que Juan Valera mueve a sus personajes y los detalles de tipo costumbrista en los que detiene su descripción son los siguientes: un entorno físico compuesto de huertas, olivares y sierras cercanas a la población; una casa típica de la pequeña burguesía de la Andalucía rural del siglo XIX; la decoración de la casa; el vestuario de sus habitantes; la ocupación de los tiempos de ocio y de trabajo; las fiestas populares; y como fondo permanente, el vocabulario de la Andalucía rural de aquellos tiempos.

La descripción del entorno físico aparece ya en las primeras páginas de la novela: “Lo que ahora comprendo y estimo mejor es el campo de por aquí. Las huertas, sobre todo, son deliciosas”. Y describe el novelista los arroyos de agua cristalina y la vegetación que crece en sus orillas, la arboleda y las “flores de mil clases” que tanta admiración causan al seminarista. Habla también de los olivares y de las altas sierras en cuya cumbre se halla la ermita, pero no se detiene demasiado en descripciones paisajísticas. Lozano Sidro interpreta el entorno en dos de sus ilustraciones, la segunda y la décima, aunque tampoco parece que la naturaleza sea su prioridad.

LA CASA. No ocurre lo mismo con la vivienda como escenario inmediato de la acción, ni con la decoración de la misma, que Valera describe de forma prolija y afán detallista. Comienza así: “Todas o la mayor parte de las casas de los ricachos lugareños de Andalucía son como dos casas en vez de una, y así era la casa de Pepita. Cada casa tiene su puerta. Por la principal se pasa al patio enlosado y con columnas, a las salas y demás habitaciones señoriles; por la otra a los corrales, caballeriza y cochera, cocinas, molino, lagar, graneros, trojes…”. Enumera de forma exhaustiva los lugares interiores en los que se producen o guardan los productos del campo: el aceite, el mosto, el “vino de quema” o el aguardiente y el trigo; y para ambientar otra escena se ocupa del patio de la casa, “enlosado de mármol”, con fuente y surtidor en medio y la galería, sostenida por columnas, desde la que se accede a distintas salas de la vivienda…

El ilustrador, que vivió en Priego en una casa señorial, propiedad de su hermana Amelia y de su cuñado Alfredo, no refleja la estructura de la casa pero sí la entrada (ilustración 1) en la que se observa un patio de columnas similar al descrito por el novelista.

También se representa (ilustración 2), el exterior de la casa, su fachada a la calle, respondiendo a la frase: “…pasamos por la casa de Pepita, quien de algún tiempo a esta parte se va haciendo algo ventanera y estaba a la reja, en una ventana baja, detrás de la verde celosía”. Portada de piedra roja de la sierra de Cabra, en aquellos tiempos de uso frecuente, hoy prohibido; las ventanas protegidas con reja y con celosías de madera en color verde, que todavía pueden encontrarse en algunos pueblos de la zona.

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