La biblioteca privada de cualquier persona siempre ofrece una perspectiva con los trazos vitales de los que está compuesta. Los vínculos que establecemos con nuestros libros son apenas visibles para uno mismo y se vuelven significativos cuando, con el paso del tiempo, son analizados desde la perspectiva que supone hacerse idea de cómo fue la persona que leyó, conservó, ojeó y, quizá, colocó de una determinada manera aquellos libros en los estantes de su biblioteca. Si el personaje que se esconde detrás de una biblioteca es un escritor, al situarnos frente a ella, vemos la oficina y documentos con los que trabajó. Y, evidentemente, se deja ver la historia material junto al oficio de lector que hay detrás de cada uno de los ejemplares.
La Biblioteca de la Fundación Aguilar y Eslava alberga singulares fondos librescos de diversas épocas y materias desde los siglos XVI al XX cuyo primer inventario se realizó en 1710. Aquella “Primera Librería” de la que hablan las constituciones e inventarios del antiguo Real Colegio de la Purísima, va creciendo a lo largo de más de tres siglos hasta conformar el fondo actual de la Biblioteca Histórica Aguilar y Eslava, resultado de la historia común del Colegio de Humanidades fundado a finales del siglo XVII y luego del anexo Instituto de Cabra creado en 1847.
El Centro de Estudios Vargas y Alcalde —parte de la Fundación Aguilar y Eslava— se encarga de su conservación. Entre los anaqueles de sus estanterías se cuenta con la que donó a la institución el escritor Juan Valera y Alcalá-Galano.
Considerado el más notable epistológrafo español del siglo XIX, Valera nos dejó citas y alusiones a su capacidad lectora, a su pasión por los libros y a la especial importancia que dio a las bibliotecas. Lo que se deja ver en el conjunto de libros de esta especial porción de su biblioteca que conservamos en Cabra y a la que aludió en algunas de sus cartas.
Las fechas en las que Valera plantea donar su biblioteca y ampliarla con sus propios libros se sitúan entre 1875 y 1886, aunque habrá alguna que otra donación más de obras suyas traducidas a otros idiomas. El claustro del Instituto-Colegio de Cabra, de 2 de octubre de 1875, concedió “voto de gracia” por su generosidad y desprendimiento.
Sobre su pasión por los libros también se leen algunos párrafos en su epistolario. En una carta que escribe a su mujer desde Lisboa, recién nombrado ministro de España en mayo de 1881, le comenta que está casi lista la vivienda esperando que fuera con él. Y le pide que traiga algunos libros de su biblioteca que conoce a la perfección: “Entrando en la sala de los libros, a la izquierda, hay unos en griego que llevan por título… son varios tomos. Tráetelos cuando te vengas… me han de servir para escribir una novela prometida al periódico La Europa”.
A Menéndez Pelayo, en carta del 6 de marzo de 1882, en postdata le encomienda: “Que cuide Vd. mi pequeña biblioteca, si muero por casualidad, o sin casualidad y que cuide de mis propias obras, sacando de los editores el mejor partido posible…”.
Menéndez acepta el encargo, pues diez días después, Valera afirma en otra carta: “Mil gracias porque acepta mi encargo de cuidar mis libros cuando yo me muera”. Y añade: “no dude Vd. que será para mí una gran consolación, el día en que me largue al otro mundo, dejar en este en tan hábiles y cariñosas manos lo mejor de mi espíritu, que, en forma material, yo mismo he fabricado, quiero que permanezca y en largo tiempo no acabe”.
A su hija Carmen escribe desde Cabra en 1883 y dice: “Aquí, en Cabra, ya es distinto. Cabra es bonita, pero tiene a la vez todo lo malo de una ciudad y todo lo malo de un lugar pequeño. (…) Luis lee aquí muchas novelas y así pasa el tiempo”.
Su oficio de lector lo recoge una de sus cartas a Narciso Campillo, desde Lisboa el 18 de noviembre de 1881:“También recibí al fin un ejemplar de los Nuevos cuentos que no he leído aún, pero que leeré con muchísimo gusto, como leo todas las obras”.
En El Bermejino prehistórico, Valera hace algunas afirmaciones que podrían darnos respuesta y justificarían la existencia de algunos ejemplares en su biblioteca de Cabra, donada al Instituto-Colegio. Sin olvidar su constante “sindineritis” que le lleva siempre a buscar ahorro en todas sus actividades y negocios.