Bien notoria es la figura de don Juan Valera y Alcalá-Galiano entre nuestros literatos del siglo XIX, por su obra literaria. Aunque también se nos muestra en otras facetas a lo largo de su vida. Además de la diplomacia, ejerció el periodismo y la política. Es de esta última faceta de su biografía de la que nos ocuparemos en esta ocasión. A la vez, cotejaremos su trayectoria política con la de otro político del reinado de Isabel II: don Martín Belda, primer marqués de Cabra.
Nacidos y criados ambos en Cabra en fechas cercanas, Martín Belda en 1820 y Juan Valera en 1824, sus orígenes familiares eran desiguales. Juan Valera había nacido en el seno de dos linajudas familias de la pequeña nobleza rural asentada entre Cabra y Doña Mencía. La madre, doña María Dolores Alcalá-Galiano y Pareja, ostentaba el título de marquesa de la Paniega. El padre, don José Valera y Viaña, brigadier de la Marina, sufrió persecución política a comienzos del reinado de Fernando VII “por adicto al sistema constitucional”, por lo que se le mantuvo preso durante un año.
La familia de Martín Belda, procedente de Bocairente, se había establecido una generación anterior en Cabra como comerciantes de paños. Vendedores de mantas, se le recordaría a Belda en un debate parlamentario para reprocharle su origen humilde.
Valera recibió la primera educación elemental en la villa de Doña Mencía, donde residía casi todo el año su familia. Belda, por su parte, cursó estudios elementales en las Escuelas de la Obra Pía de Cabra. Ninguno de los dos estudió en el prestigioso Colegio de Humanidades existente en Cabra.
Valera dejó de vivir “en su lugar”, como gustaba decir al referirse indistintamente a Cabra y Doña Mencía, apenas cumplidos los diez años. Con motivo de haber sido nombrado su padre jefe político de la provincia de Córdoba, tras otro corto destino político en Madrid, don José fue designado comandante del Tercio Naval de Málaga y director del Real Colegio Naval de San Telmo. Juan Valera, por ser hijo de oficial de Marina, tenía derecho a una plaza en el Colegio de Artillería, pero los padres no deseaban que se hiciera militar, dado que la política había ocasionado al padre demasiadas desazones. Así, se optó a que Juanito ampliara su formación en el Seminario Conciliar de Málaga; por supuesto sin ningún propósito de iniciar una carrera eclesiástica. Prosiguió su formación en la Universidad de Granada para emprender los estudios de Jurisprudencia, que concluyó en la Central de Madrid.
Muy joven, con quince años, hacia 1835, Belda marchó a Madrid. Comenzó de modestísimo escribiente en el despacho de un afamado abogado y político, Antonio Benavides, en cuyo despacho conoció a otro político relevante del momento, Luis Sartorius, conde de San Luis, tomándole éste como escribiente particular y haciéndole oficial auxiliar del Ministerio de la Gobernación. Seguidamente pasó a escribiente en el Ministerio de Marina, siendo don Antonio Valera y Viaña subsecretario de dicho ministerio. Desde este momento inicia una vertiginosa promoción social y una audaz carrera como marino, sin llegar a navegar jamás. Sucesivamente es nombrado capitán, teniente coronel y coronel honorario de artillería de Marina.
Cuando Valera marchó a Madrid llegó en condiciones distintas a las de su paisano Belda. Iba provisto de cartas de presentación que le abrieron las puertas de los salones aristocráticos, como los de la condesa de Montijo o los duques de Rivas y Frías. En las tertulias de dichos salones pronto destacó por su buena planta, su esmerada educación y su incipiente y destacada formación cultural.
ELECCIONES. Corría el año 1847 cuando Belda se dispuso a presentarse a unas elecciones del distrito electoral de Cabra. La Constitución de 1845 había establecido el voto censitario, por lo que únicamente reconocía el derecho al sufragio a los mayores contribuyentes de más de veinticinco años. El distrito electoral de Cabra solamente contaba con 253 electores, residentes en las poblaciones de Cabra, Baena, Castro del Río y Doña Mencía.
Carente de experiencia política, sin méritos que alegar, sin influencias suficientes en el distrito electoral al que aspiraba, sin trayectoria pública de relevancia, sin lazos familiares de notabilidad social… presentar su candidatura parecía responder a una insensata osadía juvenil. A no ser que el candidato contara con el beneplácito del gobierno y con el amparo de personas influyentes en el distrito. Pues bien, en aquella coyuntura el joven Belda contaba con el apoyo de su protector Antonio Benavides, que a la sazón ocupaba la cartera de Gobernación.