Columnas

De lo real a lo fingido

El perfil de la mujer cordobesa en la novelística de Valera

Juan Valera es una de las figuras más atractivas de la literatura española del siglo XIX. Poseedor de un estilo muy personal, que lo hace único, fue definido con acierto por el crítico literario Ricardo Gullón como “un espíritu independiente, volteriano en tono menor, muy andaluz, y muy universal, patriota y disconforme, humanista y mundano”. Las claves de su retrato de los personajes femeninos las adelantó en el breve ensayo costumbrista titulado la La cordobesa (1871) y las llevó a su cénit en las novelas Pepita Jiménez (1874), Doña Luz (1879) y Juanita la larga (1896).

REMEDIOS SÁNCHEZ-GARCÍA
UNIVERSIDAD DE GRANADA

En el siglo XIX es sabido que en España se produjo un amplio despliegue de tendencias, estéticas y corrientes literarias en convivencia/confrontación. A la primera mitad, con un dominio claro del romanticismo (Espronceda, Larra, Bécquer), le sigue el que resulta —en nuestra opinión— el periodo más polimórfico de la novelística española con la convivencia de realismo (Pérez Galdós o Clarín), naturalismo (Pardo Bazán) y costumbrismo (Pereda). En medio de tal coralidad de posicionamientos ideológicos y estéticos se encuentra Juan Valera (Cabra, 1824), una de las figuras más atractivas de la vida literaria decimonónica, que ha sido considerado por la crítica como “una anomalía literaria” dentro de este período, toda vez que desarrolla su narrativa al margen de las tendencias de la etapa y, a pesar de esto, con buena recepción crítica y estima pública.

Posee Valera un estilo muy personal (idealismo con influencia realista lo designábamos ya en 2004) que está marcado por sus propias contradicciones personales, por su biografía exportada eficazmente como sedimento a sus obras narrativas. Coincidimos por tanto con Gullón, quien lo define con gran acierto como “un espíritu independiente, volteriano en tono menor, muy andaluz, y muy universal, patriota y disconforme, humanista y mundano, en quien se mezclan con agradable equilibrio gracejo y cultura. Nada le interesaba tanto como el hombre (digo sí: la mujer); el cómo y sobre todo el porqué de la conducta humana. Es un buceador de conciencias y transconciencias; un curioso de sentimientos y emociones” (1957:1).

Efectivamente: Valera practica el arte de la contradicción y, a la par, ejerce como buceador de conciencias, un observador eficaz que toma como base la realidad del contexto histórico social bien conocido por él (la burguesía emergente, la vida de los pueblos domeñados por los caciques o la nobleza decadente) para reformularlo en sus obras aportándole un idealismo esteticista de influencia krausista en la caracterización de los personajes, un lenguaje cuidado y un nuevo perfil de mujer que ejerce como protagonista de las tramas en las que despliega una sutil inteligencia capaz de reconducir a los hombres que tienen un lugar preferente en sus vidas por el camino que más les conviene a todos desde el punto de vista pragmático.

Y todo ello sin desdeñar lo filosófico y la introspección psicológica que desciende a la normalidad de las vidas pequeñas del ámbito rural. Él mismo, en su ensayo De la naturaleza y carácter de la novela explica su gusto por aquellas donde “apenas hay aventuras ni argumento. Sus personajes se enamoran, se casan, se mueren, empobrecen o se hacen ricos, son felices o desgraciados como los demás del mundo (…)” (Valera, 1947, II, p. 191). Efectivamente: casi no hay peripecias de acción, pero la clave está en lo íntimo del alma de los personajes de los que Valera extrae un caudal infinito de poesía; se va desentrañando y mostrándose, convirtiéndolo en un continente literario del que aún queda mucho por descubrir.

Antes de dar a la imprenta ninguna de sus novelas, el egabrense había escrito en 1872 un texto breve de corte costumbrista que, aparte de otros aspectos de carácter social, cultural o ideológico que enmarcan el desarrollo argumental, viene a darnos la clave sobre las características identitarias esenciales de sus personajes femeninos más logrados (en nuestra opinión, Pepita Jiménez, doña Luz y Juanita la Larga). Se trata de La cordobesa, donde acomete la descripción de las mujeres de los pueblos de la provincia de Córdoba, “en sus diferentes clases y estados: desde la gran señora hasta la mujer del rudo ganapán, desde la niña hasta la anciana, desde la hija de familia hasta la madre o la abuela, escribe Valera (Valera, 1947, III, p. 1298).

Es decir, que con La cordobesa se hace un retrato de patrones y hábitos en los que reivindica a las lugareñas de su tierra natal (tanto ricas como pobres, pero cada cual acorde a su estatus) como las mantenedoras del auténtico espíritu cordobés, las custodias de sus tradiciones, experimentadas en las labores vinculadas a cocina y costura y muy devotas en lo religioso. En lo físico todas destacan por su belleza, su elegancia natural, su destreza para el baile y su resistencia a adherirse las modas extranjeras, tanto en cuestiones de comportamiento social como de indumentaria. Es, en síntesis, la mujer cordobesa “discreta, chistosa y aguda. Su despejo natural suple en ella muy á menudo la falta de estudios y conocimientos. Sus pláticas son divertidísimas. Es naturalmente facunda y espontánea en lo que dice y piensa. Amiga de reír y burlar, embroma á los hombres y les suelta mil pullas afiladas y punzantes, pero jamás se encarniza” (1947, III, p. 1309). Quedan así esbozados los rasgos primordiales de las féminas que luego ejercerán como motor de unas tramas donde la reflexión y el análisis psicológico asociado al sentimiento amoroso trae como consecuencia, o bien la plácida felicidad o la tragedia más absoluta.

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