La consumación de las pérdidas de los últimos dominios coloniales de ultramar y la conciencia crítica ante la agudización de las crisis latentes en la sociedad española se erigieron en temas centrales de las discusiones políticas, literarias y periodísticas finiseculares. Con más de setenta años, con una salud cada vez más debilitada, una ceguera incipiente y padecimientos varios, desde la privacidad de las confidencias epistolares, Juan Valera no pudo sustraerse a participar en asuntos candentes como el desenlace de la Guerra de Cuba, las polémicas políticas al respecto y las raíces y resultas que la abulia, el desencanto y la pérdida de peso internacional obraban en una depauperada España.
Las fracturas abiertas en el seno nacional durante las últimas décadas del siglo XIX se agudizaron definitivamente en 1898 con la pérdida de las últimas colonias de ultramar, la masiva desconfianza en las bases estructurales del propio país y un generalizado pesimismo envuelto en zozobras y angustia ante el futuro. La desidia y los fracasos extendidos por toda la geografía española habían sido objeto de controversias en todas las cabeceras nacionales y en obras como Los males de la patria (1890) de Lucas Mallada, En torno al casticismo (1895) de Unamuno o Idearium español (1897) de Ángel Ganivet a las que siguieron títulos como El problema nacional (1899) de Macías Picavea, Hacia otra España (1899) de Ramiro de Maeztu o Psicología del pueblo español (1902) de Rafael Altamira.
Escritores e intelectuales finiseculares dirigieron sus reflexiones hacia el diagnóstico de los problemas materiales y espirituales que habían postrado al país con el fin de conocer las raíces de sus males y de promover los exámenes de conciencia necesarios mediante los que regenerar los arbotantes capaces de devolver el pulso a la nación, de acabar con el suicidio lento de su agonía y de hallar los resortes de su revitalización: “Si en la vida práctica la abulia se hace visible en el no hacer, en la vida intelectual se caracteriza por el no atender. Nuestra nación hace ya tiempo que está como distraída en medio del mundo. Nada le interesa, nada la mueve de ordinario” (Ganivet, 1897: 146).
Los años finales del siglo XIX supusieron la consumación del desastre nacional y la total ruptura del laxo cordón umbilical que mantenía unida la nación. Juan Valera, involucrado en posiciones preferentes en la vida social, política y diplomática nacional, no pudo sustraerse a las dialécticas sobre el rumbo de los dramáticos acontecimientos históricos vividos en España en una encrucijada en la que deambuló entre su habitual visión pesimista de la realidad y sus visos y decisión optimista para encarar los acontecimientos y sobrellevarlos (Romero Tobar, 1998).
Siguiendo el curso de las comunicaciones epistolares del escritor egabrense desde 1895 a 1900 (Romero Tobar, 2007 y 2008), se aprecia un progresivo interés y una creciente preocupación de Valera por las cuestiones y males nacionales, las decisiones gubernamentales en Cuba, los motivos de la degradación de la patria y la búsqueda de respuestas con las que encarar el futuro nacional.
En circunstancias muy similares a la extenuación y sufrimientos del propio país, Valera encara la década final de su vida con numerosas dolencias. En sus cartas se queja de una economía apurada obra de los muchos gastos familiares y de un paulatino sedentarismo consecuencia de una salud cada vez más debilitada, de los contratiempos naturales de la vejez y de una ceguera y padecimientos progresivos que lo abatían y desmoralizaban a la vez que lo obligaban a retirarse de la escena pública.
A pesar de sus lamentaciones, ese periodo vital fue extremadamente fértil desde el punto de vista creativo. En los años finales de su trayectoria publicó obras importantes de su producción como Juanita la Larga (1895), Genio y figura (1897) y Morsamor (1899), amén de numerosos cuentos y chascarrillos y otros proyectos editoriales causado por disponer de más tiempo para la escritura, el incremento de su fertilidad creativa y para paliar su depauperada economía según anota en numerosos pliegos de su epistolario.
En 1895 el escritor egabrense apura sus últimos días en activo como embajador en Suiza después de conocer la victoria en las urnas de Antonio Cánovas y saberse cesante en el cargo. Durante los primeros días estivales refrenda su cesantía y poco tiempo después decide dar por finalizada su trayectoria laboral en activo y firmar su jubilación.
Antes de ser reemplazado en la delegación diplomática suiza, en varias misivas Valera advierte sobre la penuria y la insolvencia de la embajada española con respecto a otras agregadurías. Se queja de las escasas retribuciones recibidas y reprocha el escaso patrimonio, la carencia de menaje y recursos, el desleal servicio y la completa falta de medios de la embajada: “(…) Las angustias y los apuros que hay que pasar para que los dineros alcancen, las rabietas incesantes y casi siempre inútiles para que los criados no sisen y saqueen, y la comparación humillante de nuestra miseria de embajada de perro chico con las grandezas de las embajadas de Alemania, Francia, Inglaterra (…) me acibaran el gusto de ser embajador (…) Tengo ya 70 años y algunos meses, y sigo más tronado que nunca, a pesar de ser embajador. Tronado y todo, sin embargo, y lamentando muy de corazón mi propia miseria, y las interminables miserias, ahogos y dificultades de la patria, a la cual, ya los marroquíes, ya los cubanos, dan tanto que sentir, maldita sea la gana que tengo de morirme”.