El Reino Nazarí de Granada y las tierras que lo conformaban son posiblemente una de las realidades más peculiares de la historia de la península Ibérica. Creado y sostenido a partir de la oportunidad política de Ibn al-Ahmar, su supervivencia ante los poderosos enemigos de acá y allá parecería en principio precaria. Sin embargo, la habilidad política de su fundador y sus sucesores, ora manteniendo un ejército diestro y efectivo, ora negociando la paz con los reyes cristianos, va a prolongar la existencia del reino durante dos siglos, hasta su definitiva caída en 1492.
Durante este tiempo, todo este territorio, cambiante conforme progresan los avances cristianos, se convierte en la última frontera (o en la primera, como quiera verse) entre musulmanes y cristianos. Una frontera que divide dos mundos que se enfrentan, pero que al mismo tiempo es una frontera viva y porosa que durante siglos genera sus propias reglas de vida y sus particulares códigos de conducta.
A uno y otro lado cruzaban, voluntaria o forzosamente miembros de ambas comunidades: si el rey Enrique IV tenía una guardia morisca integrada en parte por caballeros granadinos, cada vez es más asumido que el Arcipreste de Hita, identificado como Juan Ruiz de Cisneros, nació finales del siglo XIII en Alcalá de Benzayde (actual Alcalá la Real), donde su padre llevaba muchos años viviendo tras caer prisionero. De la misma forma, muchos cuentos, apólogos y motivos folklóricos que están presentes en el Kitab hada'iq al-azahir (El libro de los huertos en flor), del granadino Ibn Ásim (m. 1426) reaparecerán más tarde en Castilla.
Pero si desde el punto de vista político este reino fronterizo va a ser particular, desde el punto de vista cultural va a ser un asombroso venero de motivos, géneros y piezas literarias, especialmente en el campo cristiano. Si en diversas crónicas o relatos épicos los críticos han podido distinguir claramente trazos de visión positiva hacia la figura del "moro", es el Reino de Granada y la agitada historia de sus enfrentamientos con los ejércitos castellanos, los que van a generar un sorprendente torrente de "maurofilia literaria" que habrá de prolongarse, en España y en Europa, durante siglos, primero como romances y después en textos más desarrollados.
El Romancero viejo, compuesto de poemas creados a partir de fragmentos de cantares de gesta o de noticias de batallas y que eran recitados por juglares que acomodaban sus textos a la recepción del público, para pasar más tarde a ser recitados por un público más amplio, va a tener en Granada un gran filón. Desde la última parte del siglo XIV y especialmente el siglo XV, el romancero se va a llenar de los romances fronterizos. Estos constituyen una suerte de crónica poética y cada vez más popular de los enfrentamientos y de la complicada convivencia de musulmanes granadinos y cristianos en los territorios de frontera. Ya no son despieces de antiguos cantares de gesta, sino que van surgiendo de forma anónima al hilo de enfrentamientos, batallas conquistas y saqueos que van jalonando la frontera granadina.
Estos romances presentan de forma vivaz escenas y sentimientos generalmente surgidos de un hecho histórico o, al menos, verosímilmente histórico. Aunque hay errores de lugar y de fechas, disfraces de personajes y cesión en ocasiones al sentimentalismo, los romances de frontera transitan siempre terreno histórico, reconocible en la mayoría de las ocasiones, y no hay lugar para añadidos fantásticos que recargue inútilmente su realismo.
Hechos guerreros de tal o cual caballero castellano o granadino, cercos de ciudades, muertes de caballeros señalados, especialmente cuando la caída de la ciudad comienza a ser vislumbrada... los romances fronterizos van espolvoreando en versos de dieciséis sílabas la cronología histórica al sur de la península. Nuevos héroes, nuevos escenarios y nuevos sentimientos sustituyen a los de los antiguos romances: las familias nobles, cristianas y musulmanas, que participaron en la guerra están presentes, pero asimismo soldados y jefes de escuderos ganan nueva gloria. Aunque son más las ciudades poetizadas, las tomas de Baeza, Antequera, Baza y Alhama forman el cuarteto por antonomasia de los romances referidos a las tomas de ciudades, bien por recoger los ejemplares romancísticos más antiguos (el de Baeza), bien por presentar la perspectiva del moro derrotado, afligido y lleno de dolor, como en el caso de Antequera y Alhama:
¿Qué nuevas me traes, el moro, de Antequera esa mi villa?
No te las diré, el buen rey, si no me otorgas la vida.
Dimelas, el moro viejo, que otorgada te sería. Las nuevas que, rey, sabrás, no son nuevas de alegría:
que ese infante don Fernando cercada tiene tu villa.
(...)
si no socorres, el rey tu villa se perdería.
La larga frontera, en espacio y tiempo, que supuso el Reino de Granada respecto a sus vecinos cristianos, fue el núcleo generador de un gran número de textos literarios que se situaban en esas coordenadas. Sorprendentemente, los asedios, batallas y hazañas que se cantaban dieron lugar a la figura de un caballero musulmán igual de valiente y galante que el cristiano. El moro de Granada que aparecía allí se iba a convertir en una de las imágenes más duraderas e internacionales de la Baja Edad Media y la Edad Moderna de España y Europa. Del lado árabe, la derrota no permitía ninguna visión estilizada y cortés, sino una visión apesadumbrada y elegíaca, que depositaba en los gobernantes la responsabilidad de la pérdida del territorio islámico frente al odiado enemigo cristiano. Dios, así, castigaba los pecados de unos dirigentes más ocupados en sus intrigas que en la defensa del islam.