Andalucía es un territorio de reconquista con influencia ocidental, castellana y catalano-aragonesa. Este esquema de ascendentes lingüísticos no es tan simple, ya que, desde que los soldados castellanos llegan por el norte de Córdoba, hasta que se entrega Granada de manos de los árabes, pasan nada menos que trescientos años. En este ir y venir se configuran cambios sociales, políticos y religiosos en sus habitantes, repobladores de territorios que van desde las marismas gaditanas y onubenses, a las cumbres nevadas granadinas y el desierto almeriense. Este panorama será la clave del diseño del léxico en Andalucía, reflejo de las incursiones históricas y permeable al mestizaje cultural.
En cuanto a su litoral, es la región española con mayor número de kilómetros de costa. Este dato unido a su lugar estratégico entre el mar Mediterráneo y el océano Atlántico, la configura como un territorio codiciado por diferentes civilizaciones. Hoy la costa es cobijo del turismo nacional y extranjero que con sus lenguas y acentos dan color lingüístico a las calles; del mismo modo, pero mediante otro tipo de colonización, antaño fue refugio de pueblos que dejaron su impronta en las palabras que usamos los andaluces a diario.
En este artículo, las voces vernáculas que denominan a las especies marinas en Andalucía serán las protagonistas. Entre las múltiples variedades de peces, moluscos y crustáceos que se encuentran en estas ricas aguas y caladeros cercanos, la historia del nombre de un pez específico ofrece una fascinante ventana hacia el pasado lingüístico de la región. Así, tras la elección de un ictiónimo y no otro por un hablante en Andalucía, hay aproximadamente mil kilómetros de costa, veinticinco asentamientos pesqueros, marineros en constante movimiento y siglos de historia lingüística de la lingua franca del mar. Abordemos, pues, los ictiónimos a través del hilo de la historia.
DE SPARUS A MOJARRA. Nos remontamos a las postrimerías del siglo VI e inicios del VII, en Sevilla, donde San Isidoro se dedica al estudio del origen de palabras en sus famosas Etimologías. En ellas se analiza un léxico amplio y diverso, con datos hermosos de los vocablos. Entre sus capítulos se encuentra un tesoro para la ictionimia, el primer testimonio andaluz sobre nombres de peces: capítulo 6 "De Piscibus", libro 12 (De animalibus). Su función última es la búsqueda de un étimo y la vinculación de la palabra con el objeto designado. Dista su visión de las taxonomías actuales, pero no por ello es un estudio carente de ingenio e interés.
Lo más singular es que recoge el uso del latín de la época visigoda, ya deturpado y con caracteristicas propias de la evolución hispana (p. e. SCARO > ESCARO), donde se deja constancia del léxico vivo en las obras clásicas (sobre todo Plinio y Aristóteles), pero mucho más simplificado, quizás con el afán de mostrar realidades conocidas. Se acopian en latín muchas voces en las que se reconocen los ictiónimos actuales: anguila (ANGUILLA), boga (BOCAS), congrio (CONCER), dentón (DENTIX), morena (MURAENA), mújol (MUGILIS), lubina (LUPUS), pargo (PAGER), sardina (SARDINAE), etc.
El erudito obispo actúa de la siguiente forma. Une el nombre del ser marino a su descripción morfológica y a la posible motivación que lo origina: "El esparo toma su denominación de la jabalina, por tener la misma figura que esta arma. Se empleó antes el nombre del objeto terrestre que el animal marino, ya que el sparus es una primitiva lanza arrojadiza cuya denominación deriva spargere", escribe San Isidoro.
El esparo descrito alude a alguna de las numerosas especies que ahora los ictiólogos agrupan en los espáridos. Según mi consideración y conocimiento, estas palabras encuentran su fiel reflejo en especies como Diplodus annularis o Diplodus vulgaris. Estas, en la forma esparo, se describen siglos más tarde en el diccionario de Terreros y Pando (1787), como "pescado marítimo. Fr. Esperrallón, Lat. Sparus". Si bien es una denominación poco documentada en los textos de antaño (solo espargo en un listado del siglo XVII en Sanlúcar de Barrameda, Cádiz), sí se sigue usando la evolucionada esparrallón en las costas orientales andaluzas (Málaga, Caleta de Vélez, Motril, Almuñécar, Castell de Ferro, Adra, Roquetas de Mar, Almería), voz propia del levante peninsular (cat. esparrall).
Estas son, por tanto, las primeras noticias que sobre ictiónimos tenemos en Andalucía. En época visigótica, se nadaba entre las formas clásicas heredadas desde la época clásica latina y las tímidas evoluciones lingüísticas que se aprecian en la selección de especies que realiza San Isidoro. En el 711, la llegada de Tarik supone un cambio en todos los sentidos, incluso, en las nuevas formas de nombrar a las realidades marinas existentes en las costas andaluzas.