Columnas
Jóvenes valores

Ser esclava y madre en la Alhambra

Mujeres y poder tras los muros nazaríes

LAURA FERRER GALBÁN
DOCTORANDA EN HISTORIA Y ARTES. UNIVERSIDAD DE GRANADA

En sus famosos Cuentos de la Alhambra, Washington Irwing escribía a mediados del siglo XIX de la mujer nazarí como una belleza encerrada tras las cortinas de palacio, reservada al divertimento del "rey moro" que, en ocasiones, cautivada por un príncipe cristiano se escapaba sin ser vista por la ventana de la torre en que habitaba. Esta es la idea que prevalece en el imaginario popular, fortalecida por numerosas pinturas orientalistas en las que las estancias alhambreñas se encuentran habitadas por mujeres solitarias, aparentemente silenciosas. Hoy podemos pensar que quizás algunas de ellas tuvieron mucho que decir.

En la Edad Media, en la esfera palatina las mujeres encontraron su libertad mucho más limitada que en las familias populares, donde era necesario que entraran y salieran del hogar para realizar las compras, atender a los niños o lavar la ropa. En oposición a sus súbditos, las clases altas pudieron permitirse mantener a sus mujeres inactivas, recluyéndolas como un signo de estatus. No obstante, existen evidencias para pensar que, dentro de los muros de sus moradas, estas mujeres fueron en numerosas ocasiones un elemento importante del entramado de gobierno nazarí. Y es que, como reflexiona Manuela Marín, en época medieval todo poder político tiene una dimensión familiar, y en este ámbito las mujeres desempeñaron un papel protagonista. La importante función social de la mujer como madre es evidente en todas las épocas y registros sociales a lo largo de la historia de la humanidad. El islam la presenta como "el pastor del hogar", responsable del cuidado de la casa de su esposo y de los hijos de este. Además, el Corán obliga al hombre a cuidar de la mujer encinta bajo cualquier circunstancia, lo que nos habla de la distinción y respeto que debieron recibir por ser las encargadas de traer a la comunidad nuevos miembros: "Si están embarazadas, proveedles de lo necesario hasta que den a luz" (Corán LXV, 6). Esta consideración de las madres dentro de la estructura político-social cobra un sentido distinguido en las clases gobernantes, donde el nacimiento de herederos es esencial para la continuidad dinástica y el mantenimiento de la estirpe. Ya en época califal encontramos testimonios materiales de la importante significación de ello, a juzgar por las dedicatorias presentes en piezas de marfil ofrecidas como regalos a algunas de las mujeres de la corte omeya cordobesa con motivo de sus alumbramientos. Uno de los ejemplares conservados en el Museo Arqueológico Nacional, datado en el siglo X, incluye una inscripción que dice: "Esto es lo que se mandó hacer para la señora madre del príncipe 'Abd al-Rahmăn'".

Baños árabes. Miguel Vico Hernández (1850-1933). Colección privada.

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El ámbito femenino de la corte nazarí de Granada ha sido estudiado en profundidad por Bárbara Boloix Callardo, y de acuerdo con esta autora podemos afirmar que en la Alhambra existieron varios tipos de mujeres. Una primera diferencia se establecía entre aquellas nacidas libres dentro de la familia, denominadas "hurra", y aquellas sometidas, a las que los documentos llaman "yãriyya", "ama", "mamlüka" o "raqiga". Las primeras podían convertirse en esposas legales del soberano y permitían establecer ciertos lazos con otros miembros de la estirpe, siendo normalmente elegidas para el matrimonio las primas paternas. Las segundas quedaban por lo general relegadas al papel de concubinas, despojadas de sus orígenes familiares. Pero también las esclavas podían convertirse en esposas legítimas si antes eran liberadas, caso que fue constante en las familias soberanas andalusíes. Estas mujeres sometidas competían, pues, con las otras mujeres por hacerse un hueco en la jerarquía interna de la casa. Además, valoradas por sus cualidades físicas innatas, por su inteligencia y educación, participaban a menudo en los eventos que les estaban prohibidos a las esposas. Sin embargo, sus vidas estaban en las manos de sus poseedores, que las utilizaban para satisfacer sus deseos llegando incluso a matarlas si no se comportaban como debían. La mayor parte de las esclavas-concubinas de los emires nazaríes procedían de los reinos cristianos peninsulares, y en los documentos aparecen denominadas como "rumiyya". La presencia de mujeres venidas de distintos lugares era un signo de poder y su posesión era equiparable a la de una joya o un artilugio exótico, de ahí el empleo frecuente de metáforas como "la perla central del collar de la dinastía" en algunas composiciones panegíricas. A pesar de que en los documentos son siempre tratadas como objetos y nunca como sujetos, hoy podemos pensar que estas mujeres pudieron, desde su reducido marco de actuación, adquirir por sí mismas cierto grado de poder. Carentes de una red de parentesco que las protegiera, una de las vías para conseguir su estabilidad era ser elegidas para procrear. Cracias a su maternidad, algunas de estas mujeres pudieron haber asegurado su situación y la de sus hijos, puesto que siendo esclavas-madre sus derechos aumentaban y ya no dependían simplemente del capricho de su dueño.
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