Columnas
Editorial

No hemos cambiado tanto

JOSÉ ANTONIO PAREJO FERNÁNDEZ
DIRECTOR DE ANDALUCÍA EN LA HISTORIA
"Si te hayas en la frontera y algunos de tus subordinados se comportan de forma licenciosa, procura acabar con esto con inteligencia, pues si lleno de ira quisieras poner fin a la situación con rigor, conseguirías que éstos se comportasen de forma aún más licenciosa, sembrarías el caos por el territorio y te arruinarías tú mismo". Haz "frente a los problemas con tolerancia y simula que desconoces otros, para que no sepan que te embargan las preocupaciones. Pues si llegaran a sospecharlo, o bien harían defección amedrentados, o bien, envalentonándose, te despreciarían".
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Estas palabras fueron escritas hace mil años por un militar bizantino, llamado Cecaumeno, autor de un libro de enorme interés para conocer los cambios y las mentalidades del siglo XI en aquella parte del mundo. Su título en español: Consejos de un aristócrata bizantino. La mayoría de sus páginas contienen recomendaciones para la guerra; cómo enfrentar las dificultades sobrevenidas; estrategias para defender una plaza o atacar una fortaleza, para retornar con las tropas al punto de partida, e incluso sabias palabras para evitar los estragos del orgullo: "no desprecies a los enemigos por ser bárbaros, puesto que son tan racionales como tú y tienen inteligencia natural y sagacidad". Recomendaba la lectura de los tratados escritos por los antiguos; pero con discernimiento. Por ejemplo: "los autores más antiguos dicen que es preciso que el estratego infunda miedo; otros dicen que sea querido por sus tropas. Yo en cambio nunca hice caso de estos consejos, porque no daban razón ni del cómo ni del modo". Y también ofrece enseñanzas para la vida diaria: "a los aduladores y a los que te halagan los oídos, debes rehuirlos como quien rehúye a una serpiente. No debes escribir o decir nada para agradar a alguien, debes decir sinceramente todo lo que dices. Aunque sea duro y al principio no te acepten, al final, sin embargo, te alabarán mucho". En la Bizancio de hace diez siglos, la decadencia estaba en marcha. De ello fue testigo Cecaumeno. Y todo indica que vivió aquellos tiempos con angustia, no sabemos si porque su mundo se desvanecía, porque los esfuerzos de toda una vida habrían sido en balde o, casi seguro, porque sus hijos tendrían que enfrentar circunstancias mucho más difíciles que las que él vivió: "yo no compuse este libro como una obra literaria para otras personas, sino para ti y tus hermanos, mis hijos, los hijos de mis entretelas, los que Dios me otorgó". Lo escribió para ellos y para nosotros. Porque, aun con mil años de distancia, al leerle uno comprueba que no hemos cambiado tanto. Leer, aprender de la experiencia, transmitir a los hijos lo aprendido para que sus vidas sean mejores que las nuestras, darle normas de comportamiento para que sean buenas personas es exactamente lo mismo que hacen los padres de hoy. Consejos como este siguen manteniendo la misma validez que hace un milenio: "si eres un maestro, esfuérzate en mostrar tus conocimientos mediante tu comportamiento y tus palabras. Amóldate a las circunstancias y sé político. Por político no me refiero a que seas un bufón, sino un verdadero político, una persona capaz de enseñar a toda la ciudad a hacer buenas obras y a suprimir el mal de ella, para que no sólo te tengan honra y afecto aquellos que te ven, sino también los que oyen hablar de tu virtud y tu inteligencia. Esfuérzate para que tus obras revelen a todos tu conocimiento". Este nuevo número lo dedicamos al "Arte y la cultura en la última frontera"; lean a los autores como hemos leído a Cecaumeno. Los hombres y mujeres andaluces de hace mil años también tienen mucho que enseñarnos.
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