Desde su prematura muerte al final del franquismo, la figura de Pérez Embid ha ido cayendo cada vez más en el olvido más allá de la aparición de su nombre en los diccionarios al uso de los últimos años (Diccionario del franquismo, Diccionario biográfico español, Diccionario de historiadores o la inefable Wikipedia). Su militancia de segundón en la vanguardia del Régimen y su pertenencia militante al Opus Dei, no cabe duda, han desvalorizado ante la mirada de hoy lo que en su tiempo representó como profesor universitario, escritor, editor y gestor de empresas culturales.
Desde luego, no le faltó razón a Gregorio Morán al decir de él que fue "el más importante y menos citado de los organizadores de la cultura del franquismo". En su opinión, incluso, "fue el hombre con mayor incidencia y poder en la cultura oficial española (...) un ignoto para nuestra historiografía académica" (El cura y los mandarines, 2014). Bien se comprende, por tanto, la conveniencia y oportunidad de una biografía como la presente, realizada por un experto en la historia de la expansión y de la obra cultural de los hombres de la Obra (como autor, entre otros trabajos menores, de Rafael Calvo Serer y el grupo Arbor, Valencia, PUV, 2008).
Biografía que debe sus pro y contras al acceso por parte del autor a los documentos personales depositados en el Archivo General de la Universidad de Navarra, con un monto total de ciento sesenta y tres cajas de papeles personales. Un material verdaderamente impresionante para el hacer de cualquier biógrafo en un país como el nuestro en donde los archivos privados son muy minoritarios o carecen de la "epistolomanía" que caracteriza el caso presente.
De donde la excelente información sobre la personalidad del biografiado a lo largo de su formación (los años de aprendizaje y sorprendente "carrierismo"), su significación creciente al ser la primera persona del Opus en ocupar un cargo público en 1951, mucho antes que los llamados tecnócratas ("Floropus" llegaron a llamarle algunos de sus amigos), y su ascendiente compromiso político como procurador en Cortes durante tres legislaturas (desde que fue Director General de Propaganda, primero, y Director General de Información, después, hasta su culminación como Director General de Bellas Artes y Rector de la Universidad Internacional Menéndez Pelayo).
Sin que pueda sostenerse seriamente que el biografiado fue "un maestro de historiadores" y otras afirmaciones por el estilo, el lector avisado se encontrará con multitud de detalles que no dejarán de sorprenderle, como su imparable ascenso, sus "amigos políticos" o su modus operandi en tantos aspectos de su vida pública, con el telón de fondo de la lucha por el control de la cultura en el régimen.