Una esbelta muralla de tapial rodeaba a la ciudad palatina de la Alhambra. Dentro de sus muros se alzaban arrogantes torres y soberbios palacios que fueron colmatando la colina de la Sabika desde principios del siglo XIII. Sus murallas delimitaban la zona del poder y marcaban un límite visible y perceptible ante cualquier ciudadano y visitante. Ese es el sentido de la frontera, marcar y delimitar. Pero en realidad, esos muros de la Alhambra no fueron infranqueables ante la idas y venidas de ideas y expresiones culturales de los vecinos reinos cristianos.
Es cierto que en las narrativas actuales tendemos a clasificar y etiquetar arquitecturas y objetos de la cultura material y es necesario hacerlo, pero cierta rigidez puede simplificar sobremanera la compleja realidad. Lo islámico es un cajón muy grande y diverso. Y qué decir de la manera de hacer a caballo entre lo islámico y lo cristiano que encierran los conceptos de mudéjar y morisco. Hay ciertas obras que no encajan en una clasificación estilística excesivamente tipificada bajo unas características formales. Y es que a veces los límites culturales no son tan nítidos, pero eso no quiere decir que nos ubiquemos en tierra de nadie, sino simplemente en espacios fronterizos. No olvidemos que ya en los siglos XV y XVI se usaron diversas expresiones para distinguir entre maneras de hacer, una de las más comunes en la documentación de la época fue “a la morisca”, adjetivo bajo el cual se englobaron a su vez ciertos modos de hacer, tanto de época andalusí como del período tras la conquista de al-Andalus.
Cuando contemplamos las pinturas de la Sala de los Reyes, cuesta catalogarla como obra nazarí, y no solo por esa idea tan asumida, pero tan lejana a la realidad, de que la figuración en el Islam estuvo prohibida. En realidad, si apelamos al mecenas (Muhammad V), al período en que fueron hechas (segunda mitad del siglo XIV) y para el edificio que fueron realizadas (palacio del Jardín Feliz, más comúnmente conocido como Palacio de Los Leones), todo nos llevaría a calificarlas como pinturas nazaríes. Pero nos saltamos la frontera política y territorial porque la obra se aleja de otros referentes de pintura andalusí, sea mural o en cerámica, y nos recuerda otros contextos, para unos italianos, para otros de reinos cristianos peninsulares. No obstante, al mirar con detalle descubrimos que quien las realizó introdujo ciertos guiños a lo andalusí, como la henna y pintura en las uñas y dedos de las manos de una de las mujeres, así como los pendientes con los que se adorna y que recuerdan a ciertas arracadas andalusíes. La clasificación de esas pinturas de la Sala de los Reyes como nazaríes no encaja con su estilo “gótico”, mientras que choca la consideración de obra gótica encargada para un palacio nazarí (imagen 1).
No es la única sensación de encuentros culturales, pues salimos de la Sala de los Reyes y nos embriaga el ritmo de las 124 columnas y el patio de crucero, cuya atmósfera se ha comparado con los claustros cristianos, pero sabemos que estamos en un palacio nazarí del siglo XIV. Y al pasear por el Partal nos asombra esa arquitectura abierta que también se ha justificado tradicionalmente por su influencia cristiana (imagen 2).
Este tipo de manifestaciones desdibuja la idea de unas fronteras culturales enfrentadas y distantes, sin obviar que hubo elementos propios y distintivos de cada sociedad. En las mismas pinturas de las Sala de los Reyes, los caballeros son representados de manera diferente según fueran cristianos o musulmanes. La indumentaria no era una cuestión superficial, sino que servía para establecer identidades.