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El gótico catedralicio sevillano

Identidad y modernidad en la última frontera

JUAN CLEMENTE RODRÍGUEZ ESTÉVEZ
UNIVERSIDAD DE SEVILLA
Tras la rendición de Sevilla, producida el 23 de noviembre de 1248, las tropas castellanas entraban en la ciudad. El alcázar pasó a manos de la Corona y la gran mezquita almohade, construida entre 1172 y 1198, fue entregada a la Iglesia. Atendiendo al ritual establecido, tras ser purificada, se consagró como la nueva catedral de Santa María. El largo proceso de rehabilitación de aquel inmueble conllevó la retirada de los símbolos islámicos, el cambio en la orientación del rezo, ahora hacia oriente, y la progresiva compartimentación del espacio, con la incorporación de rejas, canceles, tumbas y altares. Con todo, en su interior prevalecían dos grandes ámbitos. En la mitad occidental, se hallaba la catedral de los capitulares, con su coro y su altar mayor, presidido por la Virgen de la Sede. En la mitad oriental, la Capilla Real, un espacio organizado en torno a los sepulcros de Fernando III el Santo, Beatriz de Suabia y Alfonso X el Sabio, presidido por la Virgen de los Reyes. Convertido en símbolo del poder regio, en él se sustanciaba la alianza entre la Iglesia y la Corona, cuya legitimidad y prestigio descansaban sobre su liderazgo en la cruzada contra el islam. A principios del siglo XV, cuando el edificio almohade mostraba un acusado deterioro, se estaban dando las condiciones para un cambio de rumbo en la catedral. La iniciativa cristiana en la frontera era un hecho que se manifestaría de modo definitivo con la toma de Antequera en 1410. Las tropas castellanas, lideradas por el infante don Fernando, quien portó la espada del rey Fernando III el Santo custodiada en la Capilla Real hispalense, sentaron las bases para la conquista definitiva del Reino Nazarí. Mientras, la ciudad de Sevilla, sanadas las heridas tras la guerra civil que llevó al trono a los Trastamara, se había convertido en un enclave de primera magnitud en el comercio internacional desplegado entre el Mediterráneo y el Atlántico. En aquellos años, en un contexto dominado por la confianza y prosperidad, se habría decidido derribar el viejo inmueble, cuya apariencia no dejaba de ser la de un edificio islámico. Según la historiografía tradicional, atendiendo a un auto capitular que no se conserva, la trascendental decisión de construir una catedral nueva se habría tomado hacia el año 1401. Ahora sabemos que, independientemente de que así fuera, la obra no se activó de un modo definitivo hasta 1433. LA CATEDRAL GÓTICA. En 1433, el rey Juan Il concedía el permiso necesario para comenzar la "obra nueva" de la catedral, la cual acabaría obligando al desmontaje de la Capilla Real, y el mayordomo de la fábrica catedralicia Juan Martínez de Vitoria, poco antes de fallecer, firmaba su testamento. En él, más allá de mencionar a los canteros Diego Fernández e Ysambarte, citaba la documentación donde registraban los primeros trabajos: en "el libro de la rosa", lo referente a los canteros sacadores que debían extraer la piedra en las canteras gaditanas de la Sierra de San Cristóbal; y, en "un libro grande nuevo", las cuentas relativas a la construcción de dos embarcaciones para traer los materiales hasta la catedral. El nuevo edificio se planteaba con dos premisas que resultarían decisivas. Por una parte, se trataba de un templo de dimensiones colosales, al ocupar una superficie que asumía la del oratorio almohade. Aunque este hecho podría justificarse por razones simbólicas, conviene no olvidar que el uso de un espacio tan amplio había permitido desarrollar toda una serie de funciones que podrían verse comprometidas con otro menor; lo cual, además, supondría renunciar a ciertos recursos económicos vinculados con la gestión de los espacios funerarios. Por otra parte, el edificio gótico se concibió como una gran obra de cantería con la voluntad de ofrecer una imagen opuesta a la del edificio islámico, resuelta con ladrillo, cal, yeso y madera. La respuesta a esta doble pretensión requería un esfuerzo económico y logístico extraordinario, pues había que traer la piedra desde muy lejos y disponer de un colectivo de canteros especializados, ajenos a la actividad local.
EN LA ÚLTIMA FRONTERA

El hecho fronterizo produjo, sin duda, manifestaciones artísticas marcadas por el encuentro entre las diferentes tradiciones forjadas a ambos lados de la banda morisca, pero también otras tantas llamadas a reafirmar de un modo excluyente la identidad propia. La Alhambra de Granada y la catedral de Sevilla encarnan de un modo extraordinario esta polarización. La primera, erudita y ensimismada, conformando la memoria acrisolada de un islam en retroceso. La segunda, expresando los anhelos de un territorio en expansión espoleada por un cristianismo triunfante. Su fábrica pétrea, ajena a las tradiciones locales, se alzará con firmeza, haciéndose visible en la segunda mitad del siglo XV. Será entonces cuando las ciudades más destacadas del arzobispado emprendan sus propios proyectos, compartiendo con la sede metropolitana sus propósitos y sus atributos formales.

Jorge Fernández Alemán (atribuida), Maqueta de la ciudad de Sevilla, vista desde el sur (1513-1517). Catedral de Sevilla, Retablo Mayor.

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