El arte mudéjar se irá dibujando en momentos de reestructuración del poder político en la península Ibérica tras la disolución del Califato de Córdoba (1031), con fraccionamiento de estados y aparición de pequeñas potencias políticas y militares que basan parte de su supervivencia en la conquista de territorios como guerra exterior a la espera de conseguir tributos y botines que aseguren su independencia.
A nivel cultural, la situación es diferente, las gentes anónimas que habitan esta cambiante geografía política viven cada día con sus hábitos, costumbres, tradiciones y valores culturales apegados a su entorno. Es ahí, en esa frontera intangible, el lugar en el cual se define el arte mudéjar, con aportaciones de diversa cualidad por parte de las sociedades que confluyen y que evolucionan. Pero también se define este arte en los reconocimientos y apreciaciones estéticas donde los grupos de poder toman decisiones de gran trascendencia para la historia del arte.
De hecho, en las campañas de Fernando III de Castilla por tierras de Andalucía, entre 1224 y 1252, desde Jaén a Sevilla, en paralelo a las conquistas territoriales y políticas, se perciben ideas patrimonialistas que comportan la conservación de edificios islámicos valorados por su monumentalidad, incluso antes de su conocimiento directo, como podrían ser las mezquitas de Córdoba y Sevilla o, especificamente, la Giralda.
Esta idea de respeto y reutilización de espacios no era una novedad, lo había hecho Alfonso VI cuando se estableció en Toledo (1085) sobre los palacios de al-Qadir y, de igual forma, los monarcas aragoneses cuando conquistaron Zaragoza (1118) ocupando la Aljafería, residencia de los sultanes Hudies.
En la misma línea, cuando Fernando IlI conquista Sevilla (1248), instala en la ciudad andaluza su corte, hasta su muerte cuatro años más tarde. Evidentemente, con mínimas adecuaciones para el protocolo, vivió en el recinto palatino almohade, el denominado Patio del Crucero (véase imágen p. 35), heredero, a la vez, de construcciones anteriores que podrían remontarse al Dar al-Imara de Abd al-Rahman III. Sobre este espacio, Alfonso X elaboró un interesante diseño palatino mudéjar mezclando jardines y albercas en un nivel inferior, digamos de sótano, con pasarelas elevadas y crujías de carácter gótico, necesarias para el protocolo de corte castellano. De igual forma, mantuvo y adaptó otras estancias de tradición musulmana para su vida más privada y cotidiana. Este original diseño mudéjar se perdió tras el terremoto de Lisboa (1755) que obligó a transformaciones que desvirtuaron su origen.
Esta acción híbrida, conservación y transformación, del rey Sabio no nos sorprende por lo que significa de validación de una tipología palaciega y, a la vez, realiza modificaciones atento a las funciones administrativas y de organización de sus reinos. Incluso, previamente, durante el cerco de Sevilla ante la amenaza por parte de los dirigentes musulmanes de destruir la Giralda, alminar de la mezquita almohade, Alfonso responde que ajusticiaría tantos habitantes de la ciudad como ladrillos faltaran de la torre. Independientemente de lo que pueda significar el hecho como leyenda, lo importante es la idea de respeto y reconocimiento por parte del príncipe Sabio del valor estético del gran alminar, lo que se extiende a la mezquita, a la Torre del Oro y al conjunto urbano en general, recordando, a la vez, las bondades de la ciudad de los emperadores romanos, en relación con Trajano y Adriano, señaladas por el propio monarca.