A finales de 2020 la Compañía de Jesús decidió cerrar una de sus instituciones en Sevilla, la casa situada en la calle Jesús del Gran Poder, aledaña a la iglesia del Sagrado Corazón. Los jesuitas empezaron a habitar la casa, entonces recién construida, en octubre de 1906. La iglesia había sido anteriormente de los mínimos de San Francisco de Paula y después iglesia protestante durante 17 años hasta que una familia sevillana la compró y la donó a los jesuitas, que la restauraron y ampliaron, además de levantar el actual edificio.
A partir de 1932 y disuelta la Compañía de Jesús, el edificio pasó a ser propiedad del Estado y recibió distintos usos por parte del gobierno. El primero fue el de Escuela Nacional de Magisterio, pero el más —tristemente— conocido es el de Comisaría de Investigación y Vigilancia durante la Guerra Civil y, después, delegación de Orden Público, como reza una placa en la puerta y que hace referencia a la Memoria Histórica.
Los jesuitas recibieron de nuevo la casa en febrero de 1938, y, después de profundas obras de restauración volvieron a ella en julio de 1938. Desde entonces y hasta su cierre la casa ha tenido numerosos usos, desde Hogar del Niño Jesús para niños abandonados hasta residencia de sacerdotes.
A lo largo de sus 120 años como institución jesuita, en la Comunidad se fue acumulando una magnífica colección de obras artísticas y una amplísima biblioteca, con fondos llegados también de otras casas de la Compañía y de donaciones de fieles. Además, por sus estancias pasaron personalidades de la talla intelectual del padre Manuel Alcalá, fundador del Cineclub Vida -todavía hoy activo en Sevilla— o del padre Fernando Carcía Gutiérrez, uno de los mayores expertos españoles en cultura japonesas, y cuya colección de arte oriental fue donada a la Real Academia de Bellas Artes de Santa Isabel de Hungría, donde hoy se expone. Todo ello no hizo sino acrecentar el patrimonio cultural conservado en la Comunidad.
HISTORIA DE UN TRASLADO. En 2020 la Compañía de Jesús decidió cerrar definitivamente esta comunidad, trasladar a sus ocupantes a otras casas y repartir los bienes muebles entre instituciones jesuitas. Para ello encargó al padre Guillermo Rodríguez-Izquierdo, superior religioso de la Comunidad, la coordinación de los trabajos de inventariado y traslado de todos los bienes que allí se encontraban. Ello incluía desde enseres domésticos y mobiliario hasta la magnífica biblioteca y las obras de arte repartidas en las diferentes dependencias. El objetivo era trasladar, tras realizar un riguroso estudio de idoneidad, todos los bienes de la Comunidad del Sagrado Corazón a otras instituciones jesuitas, en su mayoría situadas en Andalucía.
Entre las instituciones seleccionadas para albergar estos bienes se encontraba la Universidad Loyola Andalucía, a la que se pidió, dada la estrecha relación existente con la Comunidad, que colaborara en las tareas de traslado. Durante más de seis meses un equipo formado por personal del Servicio de Cultura y del Servicio de Biblioteca de la Universidad Loyola, y con la ayuda de expertos externos, como Cabriel Ferreras, técnico de estudios histórico-artísticos del Instituto Andaluz del Patrimonio Histórico (IAPH) inventarió y ordenó el riquísimo legado bibliográfico y artístico que allí se encontraba para que, después, la Compañía decidiera a qué instituciones debían asignarse esos bienes.
Se trabajó, por tanto, en tres líneas principales de catalogación e inventariado; por un lado, los enseres litúrgicos y el mobiliario; por otro, los fondos documentales y bibliográficos, y, finalmente, las obras artísticas. Sobre todo ello existía un inventario aunque incompleto ya que, durante los trabajos de catalogación previos al traslado, aparecieron numerosas obras cuya procedencia, origen y fecha de llegada a la Comunidad resultaban desconocidas o eran erróneas. Como ejemplo de ello, apareció toda una colección más que notable de carteles de cine procedentes del ya citado Cineclub Vida y que, para evitar su deterioro, se decidió enmarcar. Hoy, recuperados, esos carteles decoran el pasillo del área de audiovisuales del campus de la Universidad Loyola en Sevilla, y conviven con el deambular de centenares de alumnos que por allí pasan diariamente.
EL HALLAZGO. Era de sobra conocido que en la Comunidad del Sagrado Corazón se conservaban obras artísticas de indudable valor que, incluso, habían formado parte de grandes exposiciones, como la organizada en 2018 en la Mezquita-Catedral de Córdoba y que recibió más de 80.000 visitas. Obras pertenecientes a autores tan reconocidos como La Roldana, Duque Cornejo o el taller de Murillo.
El traslado implicaba un trabajo de inventariado de todos los bienes que allí se conservaban y, gracias a esta labor, se descubrieron tres tablas barrocas de origen y autor desconocidos.Se encontraban en la segunda planta del edificio, en un pasillo estrecho, sin luz, en un lugar de paso absolutamente anodino. Hasta entonces, nadie se había percatado de su posible valor artístico. Ello se debía, en gran parte, al deplorable estado de conservación en el que se encontraban. Los barnices ennegrecidos casi no permitían distinguir los rostros; llenas de repintes, con el estuco levantado en parte, y con alguna de las maderas que formaban las tablas, rotas.