Tras la batalla de las Navas de Tolosa (1212), las tropas castellanoleonesas ponían el pie en el alto valle del Guadalquivir, iniciando un proceso conquistador que se consumaría con la caída de Granada en 1492.
Desde una perspectiva hispánica, puede decirse que las bases jurídicas, políticas y sociales sobre las que se define la identidad histórica de la actual Andalucía se hallan en este periodo. Sin embargo, no es menos cierto que la realidad de la Baja Edad Media andaluza está marcada por el hecho fronterizo, hasta el punto de que tomamos la liquidación de la Banda Morisca, tras la desaparición del Reino Nazarí, como el hito que la separa convencionalmente de la Edad Moderna.
En los confines de la cristiandad, en los márgenes del islam occidental, se encuentran dos dominios dotados de un fuerte contraste, pues más allá de la existencia de dos entidades políticas bien definidas, se hallan en contacto dos civilizaciones. Así, asistimos a la formación de una experiencia histórica compartida, de una coexistencia marcada por el conflicto, el rechazo y la negación, pero también, por el intercambio, la fascinación y el enriquecimiento mutuos. De esta forma, el carácter presuntamente periférico del medio fronterizo se dota de una centralidad muchas veces ignorada. Si observamos la propia realidad cultural desde una perspectiva biológica, podríamos reconocer la existencia de un auténtico ecosistema, o —si se prefiere— de una especie de "ecotono", el borde o frontera en el que se encuentran dos sistemas colindantes, donde es habitual hallar como rasgo singular la aparición de una realidad particularmente rica y compleja, cuyos atributos desbordan ampliamente la suma aportada por los agentes participantes.
Detalle de pintura mural del siglo XV procedente de la sala capitular del monasterio de San Isidoro del Campo (Sevilla).