Columnas

Andrés Manjón y Manjón

Una vida comprometida con la educación (1846-1923)

Andrés Manjón fue un pedagogo revolucionario precursor de la escuela al aire libre en contacto con la naturaleza, que por medio de una metodología activa y práctica preparaba a los alumnos pobres para ocupar un puesto en la sociedad. Desarrolló buena parte de su actividad en Granada, en tres campos de acción: su quehacer universitario, su larga producción científica e intelectual y la fundación de las escuelas del Ave María.

JOSÉ ANTONIO JIMÉNEZ LÓPEZ
DOCTOR EN HISTORIA
Andrés Manjón vivió en una época convulsa en la que los políticos pretendían centralizar la educación mediante la implantación de un plan nacional e integral, que dictara una legislación que garantizaba el acceso de todos los españoles, a fin de rebajar la elevada tasa de analfabetismo que existía en el país (un 75 y 85% de los ciudadanos no sabían leer ni escribir), e impulsar una cultura que fuese más dialéctica, menos dogmática y más permeable a las influencias europeas modernas, con la consiguiente confrontación y restricción a la gran influencia que ejercía la Iglesia. Así, por el Real Decreto sobre Instrucción Pública (plan Pidal) publicado el 17 de septiembre, se impulsaba la libertad y la gratuidad de la enseñanza, pero sería con la Ley de Instrucción Pública de Claudio Moyano (promulgada el 9 de septiembre de 1857) donde se pretendió escolarizar a toda la población en edad estudiantil, con el objetivo de afrontar el problema del analfabetismo. Aunque esta última significó un paso definitivo, sin embargo su proceso de aplicación fue lento, al mezclarse en él intereses políticos con corrientes de pensamiento que reabrieron la polémica sobre la ciencia española y con iniciativas educativas. El resultado fue la aparición de dos nuevos conceptos sobre la enseñanza: la liberal vinculada al Krausismo y la Institución Libre de Enseñanza, europeísta, de educación laica, un cierto "catecismo deístas" y una moral puritana, y la tradicional o casticista, con las escuelas del Ave María y demás iniciativas personales, abiertas a toda innovación metodológica moderna pero con el deber de trasmitir los valores cristianos en aras a una formación integral en la que creían. Como afirmaba Manjón "no es buen cristiano el que no es buen ciudadano y se interesa por el bien social". Aunque, en principio, ambas opciones parecían encontradas, sin embargo, coincidían en el mismo objetivo: regenerar por medio de la educación a una sociedad pesimista, analfabeta en su mayoría, recelosa del sistema y distante de sus gobernantes. AÑOS DE FORMACIÓN. Andrés Manjón nació el 30 de noviembre de 1846 en Sargentes de la Lora (pequeño pueblo al norte de la provincia de Burgos), en el seno de una familia humilde campesina que, aunque dueña de una pequeñas propiedad, siempre permanecía sumida en la penurias económica. Su padre se llamaba Lino Manjón Manjón (de salud enfermiza) y su madre Sebastiana Manjón Puente; aunque carecían formación académica, poseían un profundo espíritu religioso y una disposición continua de ayuda a los demás. Manjón, pues, vivió desde su infancia en un clima de laboriosidad y de vida austera, a la que con frecuencia tuvo que contribuir. La madre fue la que asumió las responsabilidades familiares para sacar adelante su hogar y a sus cinco hijos (Andrés, Marta, María, Justa y Julián); su dinamismo, fortaleza, entrega y carácter caritativo fueron virtudes a imitar por el joven Andrés. Asistió a la escuela del pueblo, ubicada en un local inhóspito, mal dotada en material y regida por un maestro sin título, autoritario y carente de dotes para la docencia (con una palmeta y castigos suplía lo que no conseguía con su metodología). Durante dos inviernos iría a la escuela del vecino pueblo de Sedano. Si a ello unimos su irregular asistencia por ayudar a la familia, podemos colegir que la enseñanza básica recibida fue muy deficiente, si bien mostró su gran talento y cualidades intelectuales. Acabado el ciclo a los 12 años, optó por abandonar los estudios y dedicarse al campo, pero su tío Domingo (cura párroco en el pueblo) intercedió para que los continuase, orientándolo hacia la carrera sacerdotal. Durante tres años asistió a la preceptoría de Polientes (Cantabria) para mejorar sus conocimientos, pero sólo aprendió lengua latina (muy poco de otras disciplinas humanísticas) y ser instruido en los principios del cristianismo y en las normas y prácticas religiosas. A los 15 años se trasladó a Burgos para ingresar en el seminario, pero fue rechazado por falta de preparación, siendo reubicado en el colegio San Carlos de la Compañía de Jesús donde cursó el cuarto año de Latinidad y Humanidades. En 1862 ingresó en el seminario diocesano de San Jerónimo que contaba con un profesorado muy mediocre y unas instalaciones inadecuadas; tampoco la convivencia le fue fácil hasta el punto que en junio de 1865 abandonó el centro por haber suspendido injustamente el Derecho Natural. Volvió en octubre y cursó las materias de Filosofía y Teología con calificaciones de meritissimus. La revolución septembrina de 1868 y la consiguiente persecución a la Iglesia obligó al cierre del seminario cuando estaba cursando cuarto año (los seminaristas tuvieron que ser trasladados a Valladolid), pero Manjón logró aprobar en el Instituto el Bachillerato de Artes y en el seminario el curso de Moral. Fueron años de incertidumbre (desconocer qué le iba a deparar la situación política y ver cómo muchos de sus compañeros abandonaban la carrera sacerdotal), pero logró sobreponerse y durante los años 1869 a 1872 fue simultaneando los tres cursos de Teología en el sSeminario (con meritissimus) con los de Derecho en la universidad (con aprobado), lo que le permitió obtener el título de Licenciado en Derecho Civil y Canónico. A sus 26 años, estaba, pues, en disposición de recibir las órdenes sacerdotales pero, haciendo prevalecer su decisión personal frente a la familiar, rehusó a ello al considerarse persona indigna.

La madre asumió las responsabilidades familiares para sacar adelante su hogar y sus cinco hijos, su dinamismo, fortaleza, entrega y carácter caritativo fueron virtudes a imitar por el joven Andrés

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