La Naturaleza constituye la base de lo que entendemos por paisaje, pero también lo conforman las ciudades y otros hábitats erigidos desde tiempos remotos. En dichas ciudades emergen edificios significativos y voluminosas murallas, y en sus zonas periurbanas y en el agro se extienden campos de cultivo y vías de comunicación, así como otros tantos signos de civilización que generan y articulan formas de entender escenarios de vida y de poder.
Para realizar una lectura del paisaje andalusí en Andalucía desde la última frontera se hace necesario observar los elementos que lo modelaron, que le confirieron identidad y originalidad, no solo los naturales sino también, de manera especial, los que aparecieron como resultado de la acción de las distintas colectividades que habitaron el territorio, porque dichos elementos narran las circunstancias de los acontecimientos históricos y, con una particular elocuencia, al mismo tiempo, hablan de sus protagonistas.
La interpretación de paisaje que aquí se llevará a cabo nos demostrará que su configuración es fruto de la incorporación de rasgos identificativos desde ambos limes de la frontera de la que venimos hablando, rasgos que se incardinaron en este contexto con similar representatividad, no siempre en confrontación, ni siquiera como suma de elementos, sino como presencia diversa y al mismo tiempo única, singular; unas veces con aires de triunfo de una de las partes, otras como legados de permanencia cultural más allá de existencias políticas, en otras ocasiones como motivos de encuentro...
UN EDÉN. Desde muy pronto cristalizó con respecto a Al-Andalus el cliché de tierra fértil con espacios habitados y singularizados por abundantes construcciones urbanas, periurbanas y rurales, espacios estos últimos en los que aparecían alquerías, casas de campo, almunias y otros edificios, así como huertos y cultivos, que en su conjunto daban lugar a estampas paisajísticas fantásticas en los contornos de las urbes hispanomusulmanas.
Leopoldo Torres Balbás sintetizó esta idea, que sugería sentido de orden y civilización en el espacio peninsular andalusí y afirmaba que dichas casas, almunias y edificios se encontraban: "medio ocultos entre huertos, jardines y arboledas, que formaban una cintura verde de vegetación por el enjalbegado de los edificios alrededor de las ciudades".
La representación de un territorio casi mítico en el que se sintetizaban todo tipo de bondades se había extendido tiempo atrás y se concretizó durante la Edad Media a lo largo del Mediterráneo y en Oriente, de forma que geógrafos e intelectuales del mundo árabe así lo transmitieron en sus obras literarias de corte geográfico. Triunfó la imagen de un territorio en cuya descripción se fusionaban la realidad y la ficción, y prevaleció de forma absoluta.
La literatura que narraba prodigios y maravillas, tanto respecto a fenómenos naturales como a la acción del hombre sobre su entorno, la conocida en el contexto como literatura de ayaib, sirvió de forma excelente a este tipo de descripciones ya que suscitaba la admiración en quienes se adentraban en sus páginas. En ellas se observaban los accidentes naturales, montañas, ríos, fuentes y manantiales, así como todo lo que sucedía en torno a ellos por efecto de la inconmensurable voluntad divina. Pero también se resaltaba, ya se ha dicho, lo admirable y excelente derivado de la acción del hombre en su medio, y en este sentido asomaban signos de civilización expresados principalmente en testimonios urbanos, como fuertes murallas que otorgaban inexpugnabilidad o edificios de marcada identidad como mezquitas con esbeltos y bellos alminares, que establecían un elemento principal en el paisaje a modo de faros que iluminaban el interior y el exterior del espacio en el que se elevaban.