Es por todos sobradamente conocido que durante los siglos XIII, XIV y XV, desde los primeros años del reinado de Alfonso X el Sabio (1252 1284), hasta la conquista de la ciudad de Granada en 1492 por los Reyes Católicos, Andalucía fue el escenario singular y extraordinario de una frontera. Una pretendida delimitación geográfica regional humanizada y comparada con el sultanato Nazarí de Granada, como heredero de la civilización de al-Andalus, que casi nunca fue estable, sino que se desplazó al compás cronológico del avance territorial castellano -la llamada para algunos agresión feudal- de norte a sur, desde las grandes ciudades del Valle del Guadalquivir, por las campiñas meridionales y las primeras estribaciones de las sierras penibéticas, hasta llegar al litoral mediterráneo granadino.
Una frontera terrestre y también marítima por el Estrecho de Gibraltar y el Mar de Alborán. Una vasta linde de prolijos poderes locales -señoriales y municipales- que separaba modelos comparados de organización social de espacio fronterizo y que, no obstante, también acercaba a vecinos rayanos, a veces con nostalgia mitificada incluso por el pasado heroico con la progresiva idealización del enemigo vencido. Una inmensa zona de vacío, una vasta tierra de nadie; y al mismo tiempo un extenso territorio de posibles y variadas atingencias instructivas bifrontes.
La frontera se articulaba en torno a una embarullada línea fortificada de mutua separación política y administrativa oficial; y contradictoriamente también fue un espacio oficioso, periférico y marginal, de múltiples contactos personales y de relaciones locales unas veces violentas y otras, aunque no tantas como hoy se pretende, pacíficas, comerciales y también culturales.
Dos civilizaciones en teoría no siempre tan diferentes, dos modelos de gobierno, de cultura, de religión, de vida cotidiana y mentalidades se asomaron y contemplaron por aquella ventana, siempre abierta, que fue la frontera andaluza y granadina. Y este es un ámbito de la experiencia fronteriza muy interesante. Pues la enmarañada imagen del otro, la del vecino fronterizo, con su carga ideológica, tendenciosa y antagónica pero también cargada de recíproca humanidad, nos introduce en el contexto más vivo y real de la convivencia fronteriza, o mejor de la coexistencia diaria, entre cristianos y musulmanes en Andalucía.
Sus protagonistas, nobles, caballeros, alfaqueques, oficiales y funcionarios varios, comerciantes y buhoneros, ganaderos, homicianos, cautivos, renegados y aventureros, hombres casi siempre anónimos para la historia, eran seres que desde su quehacer diario en las villas y ciudades de ambos lados de la línea fronteriza forjaron los rasgos más identificativos que han caracterizado a estas tierras del sur de Europa hasta el presente, estableciendo, tal vez sin saberlo, las bases de las actuales identidades colectivas, las convicciones y formulaciones políticas, sociales, económicas y mentales que, de uno u otro modo, han perdurado en Andalucía hasta nuestros días. El análisis comparado del comportamiento de estos diferentes grupos humanos constituye hoy por hoy la síntesis fundamental del hecho fronterizo andaluz y su ósmosis cultural.
Para una generación de hombres y mujeres que, como la nuestra, asiste sorprendida a la desaparición de tantas viejas fronteras europeas y al nacimiento de otras nuevas, parece importante reflexionar y considerar que, pese a todo, la frontera andaluza medieval fue un hecho singular, concreto en el espacio y en el tiempo, entre dos formaciones políticas e ideológicas antagónicas que habían renunciado desde hacía tiempo a la integración en un mismo espacio compartido y que pugnaron por su control territorial desde el siglo XIII al XVI.
Ir a la Frontera se entendía en toda la península Ibérica bajomedieval como adentrarse en Andalucía. Una tierra siempre de promisión; pero también con una compleja sociedad organizada para la guerra. Un ámbito cultural periférico y diferenciado del antiguo Reino de Castilla y León. Una frontera que separaba y que, no obstante, también acercaba. Una inmensa tierra nadie nadie, y al mismo tiempo, de intercambios de todo tipo.
Caballeros castellanos y jinetes granadinos en formación en la segunda mitad del siglo XIII. Cantigas de Santa María.
ALTERIDAD NEGATIVA LA VIOLENCIA. La tensión militar, la violencia y sus diversas y diferentes manifestaciones, constituyeron unas de las facetas más extendidas y frecuentes en la vida cotidiana de la frontera de Granada. Y la guerra y sus manifestaciones se articularían progresivamente en un desgraciado mal endémico que afectaría por igual a los modos de vida y a las mentalidades de las poblaciones fronterizas asentadas en sus bordes, cristianas o islámicas, solo atemperadas por la existencia de periodos más o menos largos de treguas y coexistencia pacíficas. Sin embargo, en estas tierras del sur del Reino de Castilla era algo bien sabido, incluso asumido por los poderes locales, que las relaciones fronterizas nunca fueron las oficiales entre dos reinos, entre dos estados.