Cuando hablamos del rol de las mujeres en las hazanas de la histora, normalmente nos referimos a la mera enumeración, adscripción o presencia, pero no nos detenemos en la verdadera contribución que muchas de ellas realizaron en diferentes aspectos de la vida pública y privada a lo largo de la historia. Todo ello ha llevado a un proceso claro de invisibilidad todavía patente en nuestros días. Un claro objetivo por parte de los historiadores, investigadores y el público en general, es dar a conocer y divulgar personajes e historias de protagonistas femeninas para devolver a la mujer al papel destacado que la historia, en muchas ocasiones, le ha negado.
Partiendo de esta idea y justificación, la situación de la mujer en la conquista y posterior gobierno virreinal no fue una excepción. La actividad femenina en este contexto fue muy activa, tanto en el proceso de conquista como en la conformación de las estructuras posteriores en las que se sustentaron los virreinatos. Muchas de ellas tuvieron un rol fundamental en la estructura económica, social y política del proceso, liderando, en algunas ocasiones, algunos de los sistemas más complejos, como por ejemplo, el de la diversidad de empresas mediante la figura de las encomenderas.
Entrando más detalladamente en el momento histórico que nos ocupa, se ha hablado y se habla mucho del heroísmo de los primeros hombres conquistadores que llegaron al Nuevo Mundo a finales del siglo XV y el siglo XVI, pero prácticamente nunca se menciona a las mujeres. Quizás por desconocimiento, se obvia que también hubo mujeres que desafiaron todas las adversidades y se embarcaron rumbo a las Indias, a sabiendas de que solo les esperaban desgracias e infortunios.
Probablemente, las solteras tendrían que contraer matrimonio con soldados heridos o caídos en desgracia. Las mujeres casadas, en cambio, eran obligadas a contraer de nuevo matrimonio como máximo al año de enviudar, porque las ciudades, muchas de ellas de reciente fundación, no podían ser mantenidas con viudas que habían heredado encomiendas. Una misma mujer podía enviudar varias veces, teniendo en cuenta el peligro que corrían sus maridos en un contexto de tensión permanente. Así, las cédulas de la época establecían que "las viudas ricas contrajesen nuevo lazo, sin excusa valedera en contra, con españoles escogidos entre los que más hubieran contribuido al restablecimiento del orden".
Sin embargo, ese no iba a ser el caso de Inés Muñoz de Ribera, una mujer campesina de Castilleja del Campo nacida en 1510. Inés embarcó en Sevilla, en 1530, acompanando a su marido, en la misma nao que Francisco Pizarro. Soportó todas las inclemencias meteorológicas posibles, propias de una larga y penosa navegación, hasta llegar a Panamá, cruzando el gran Istmo. Estuvo un tiempo en Panamá, hasta que posteriormente viajó de nuevo a Tumbes, para llegar finalmente hasta Cajamarca, enfrentándose a los mismísimos enemigos.
Conocida como la primera española casada que ingresó en el territorio del Perú. Fue testigo de la fundación de la ciudad de Lima, apodada la "Ciudad de los Reyes". Tras haber participado en el reparto inicial de solares, pudo elegir uno de los mejores para construir su casa, una esquina contigua a la gran casa del gobernador Francisco de Pizarro