Durante la Edad Moderna dos eran las fuentes principales de personas esclavizadas en el mundo occidental: las nacidas de madre esclava, ya que la esclavitud se transmitía matrilinealmente, y las capturadas en guerras contra enemigos infieles. Esta segunda será la aplicada, no sin debates y problemas, a la población morisca granadina.
El Reino Nazarí de Granada había sido conquistado por la Corona de Castilla en una larga guerra entre 1482 y 1492. La mayor parte del reino, y especialmente su zona oriental y la capital, cayeron en manos castellanas gracias a la política de capitulaciones, por la cual se permitió a la población musulmana, ahora mudéjar, mantener su religión, propiedades, leyes y autoridades propias y usos y costumbres.
Sin embargo, este nuevo estatus mudéjar del reino se terminó viniendo abajo por varios factores. En primer lugar, chocaba con la tendencia de uniformización religiosa que implicaba el establecimiento del estado autoritario, primer paso hacia el absolutismo, ya que se consideraba que si la Monarquía se asentaba en el Derecho divino, dejando de lado el pacto con los súbditos, estos para ser leales debían profesar la misma religión que los monarcas. En segundo lugar, en el Reino de Granada, y especialmente en las ciudades, se estableció una sociedad colonial en la que los medios de producción fueron acaparados por las élites nobiliarias, eclesiásticas y ciudadanas, mientras que las clases bajas cristianoviejas se debían enfrentar a su dominio y a la competencia laboral de la mano de obra mudéjar, que terminó desplazándola, generando un fuerte resentimiento en este segmento de la población.
Finalmente, a partir de 1500, las capitulaciones se rompieron, dando lugar a la conversión obligatoria de los mudéjares, que pasaron a convertirse en moriscos, que de forma mayoritaria siguieron manteniendo en secreto su antigua fe. A partir de ese momento, la política religiosa frente a estos nuevos cristianos por decreto fue pasando de la evangelización pacífica de la mano de eclesiásticos como el arzobispo Talavera, hasta las medidas de aculturación coercitiva de 1511-1526, que en sus aspectos más duros sólo pudo ser frenada por los moriscos a cambio del pago de cuantiosos subsidios a la Corona.
Finalmente, el ambiente de la Contrarreforma y el triunfo en la Corte de las tendencias más intransigentes en materia religiosa durante el reinado de Felipe II determinaron la pragmática de enero de 1567, en la que se establecía una prohibición no solo de la disidencia religiosa sino también de sus rasgos culturales diferenciales, ya que se entendían como muestra de aquella.
Este endurecimiento de la política aculturadora y el deterioro de las condiciones socioeconómicas de la población morisca, sobre todo en el medio rural, como consecuencia de la presión de la élites y la fiscal de la Corona, fueron los detonantes de la rebelión morisca iniciada en los últimos días de 1568 y que se extenderá hasta 1571.
LA REBELIÓN. La rebelión morisca tuvo su epicentro en la Alpujarra, zona montañosa al sur de Sierra Nevada, pero se acabó extendiendo por todo el reino, especialmente en su zona oriental. Se trató sobre todo de una rebelión rural, ya que las ciudades, asiento de las autoridades castellanas y de una nutrida población cristianovieja, quedaron fuera del control morisco. Durante la rebelión, los moriscos sublevados volvieron a practicar en público su religión musulmana y multiplicaron los ataques contra los eclesiásticos y los templos cristianos.