La esclavitud andaluza se desarrolló fundamentalmente en ambientes urbanos y se caracterizó por la desconcentración de las propiedades esclavistas, con medias de uno a tres esclavos por señor. Por tanto, estos contingentes no conformaron realidades separadas, sino que coexistieron con sus dueños, las familias de estos y otros vecinos en los mismos espacios. Las viviendas, las calles, las plazas, las alamedas y las fuentes. Los talleres, las huertas, las escribanías, los mercados y los puertos. Iglesias y capillas, cofradías y cultos religiosos. Posadas, tabernas y prostíbulos. Tribunales y cárceles... Son algunos ejemplos de espacios y situaciones en los que pudieron desarrollarse relaciones entre personas con diferentes calidades, condiciones jurídicas y procedencias en un abanico, por otra parte, infinito de circunstancias y posibilidades. En ellos se pudo fraguar la amistad y el amor, la hostilidad y el desapego.
Se pudieron producir situaciones que favorecieron el aprendizaje del idioma, de los códigos culturales y de las leyes de la sociedad receptora, de reelaboración de la culinaria, las danzas y la música, pero también de reafirmación de las identidades y las prácticas socioculturales de las sociedades de origen. En estos espacios, se encontraban, en definitiva, experiencias propias y ajenas, las cuales podían ser intercambiadas, transformadas o repelidas. ¿Cómo se caracterizaron esas relaciones en el ámbito familiar?
FAMILIA Y ESCLAVITUD. El matrimonio de los esclavos estaba reconocido en Las Siete Partidas, el código jurídico que regulaba la institución de la esclavitud en los territorios de la monarquía castellana. Asimismo, la Iglesia trató de proteger y garantizar su consumación interviniendo a través de los tribunales eclesiásticos. No obstante, la mayor parte de las familias esclavas no pasaron por el altar.
Aunque no debe desconsiderarse el mantenimiento de costumbres y prácticas afectivas africanas, como la poligamia y las relaciones sexuales consentidas entre jóvenes, la vida maridable sancionada por el sacramento nupcial entranaba una mayor libertad de movimientos, de manera que los esclavos se encontraron con el impedimento generalizado de sus señores. Ello se tradujo en la extensión de un modelo familiar formado al margen del matrimonio, con núcleos compuestos fundamentalmente por madres solteras -que no necesariamente solas— y sus hijos, los cuales se insertaban, al mismo tiempo, en el agregado doméstico del dominio señorial.
Existe todo un debate acerca de la casuística de estas relaciones, con explicaciones que han girado en torno a la violencia sexual ejercida contra las esclavas, a las relaciones afectivas generadas entre estas mujeres y sus señores u otros hombres libres, y a los márgenes de actuación que estas pudieron encontrar en el ámbito del dominio señorial para mejorar sus perspectivas vitales. Por tanto, en las villas y ciudades andaluzas se produjeron relaciones que, consensuadas o no, efímeras o permanentes, originaron núcleos familiares en el seno de las poblaciones esclavas sin que necesariamente mediase la Iglesia.
Estas mujeres tuvieron muy pocos hijos. Muchas esclavas, especialmente las que llegaban desde otros espacios, acabaron desarrollando infertilidad a consecuencia de los daños físicos y psíquicos causados por la captura, las malas condiciones del viaje, las sucesivas ventas y el desarraigo extranjero. Asimismo, casi la mitad de los esclavos recién nacidos no sobrevivieron a la infancia, duplicando la tasa de mortalidad registrada por la población libre. Es evidente, por tanto, que la esclavitud se tradujo en peores condiciones vitales para las madres esclavas y sus hijos. No en vano, una cuarta parte de estas mujeres dio a luz en edades de riesgo para ellas mismas y para el desarrollo del feto, especialmente en rangos menores a los 18 años.