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Ansiada libertad: entre la huida y la paciencia

Vías para obtener la condición jurídica libre de los esclavos

VÍCTOR JOSÉ RODERO MARTÍN
DOCTOR EN HISTORIA. IES PADRE JUAN RUIZ (HINOJOSA DEL DUQUE)
Aman y codician naturalmente todas las criaturas del mundo la libertad, cuanto más los hombres que tienen entendimiento sobre todas las otras, y mayormente aquellos que son de noble corazón". Así reza el encabezado de uno de los textos jurídicos más célebres de la Castilla medieval, las Partidas de Alfonso X el Sabio; un corpus jurídico que emanó de la necesidad de solventar los asuntos de la vida cotidiana. Una de estas cuestiones residía en la esclavitud, en la trata de personas, lo que a su vez pondría de relieve dos cuestiones: que la existencia de esclavos no era, ni mucho menos, irrelevante; y que, por ende, había que legislar su coexistencia con el resto de población jurídicamente libre. Cómo no, este último estatus, ansiado por el más común de los esclavos, era un asunto candente en el imaginario social. Era menester determinar qué situaciones tendría por bien la Corona para conceder y agraciar a los sometidos con la libertad. El método más efectivo, directo y sin mayor dilación en el tiempo, generalmente, fue la carta de alhorría. Se trataba de un texto por el que el amo del esclavo disponía la libertad de éste, acordando una serie de condiciones siempre que las hubiere. Y es que éstas no fueron un asunto baladí, nada más lejos de la realidad. Una alhorría podía suponer, en el mejor de los casos, la libertad inmediata y gratuita, pero en otros muchos casos, por no decir la amplia mayoría, el componente económico hacía acto de presencia. Claro, el señor, ante la disyuntiva de mantener o perder a su esclavo, el cual le había costado una ingente suma monetaria tanto en la adquisición como en la manutención del día a día, y que le producía un servicio laboral o casero, tenía muy presente que no podía deteriorar su situación financiera por esta circunstancia. Es así como se originó la práctica del rescate, esto es, el abono de una cuantía económica por parte del todavía sometido a su amo, un pago que llegó a ser tan abusivo que, por lo general, supuso un ingreso en las arcas del señor mayor todavía que vendiéndolo en el mercado. Pero ¿cómo podía afrontar una compensación monetaria tan desmedida un esclavo, una persona que carecía de los medios necesarios para aunar sumas de dinero? La respuesta la hallamos en la ayuda prestada por sus allegados, ya fueran familiares o, incluso, correligionarios en el caso de la esclavitud morisca granadina. Era habitual, pues, que un esclavo morisco, con familia a escasas jornadas de distancia de cualquier municipio andaluz, o incluso aquellos esclavos norteafricanos con allegados tras el Estrecho, contribuyeran de forma decisiva a conseguir el dinero requerido para traer de vuelta a casa a uno de los suyos. Obvio, ello era posible por la cercanía y, sobre todo, por la relación entre sometido y su familia. Esto puede parecer insignificante, pero adquiere importancia si lo comparamos con la trata subsahariana, de aquellas personas que fueron arrancadas por la fuerza de los lugares más recónditos de África ecuatorial. Hablamos de individuos que al tormento que suponía la esclavitud en sí habrían de añadir más agravantes: por un lado, el paso de una cultura a otra diametralmente diferente, en aspectos religiosos y étnicos, lo cual causaba a menudo desbarajustes en la salud física y mental de estos flamantes esclavos; y por otra, la pérdida casi definitiva, por no decir total, del contacto con sus seres queridos, pues debió ser una quimera, aun hallando más tarde la libertad, retornar a sus lugares de origen y producirse el reencuentro. Como mal menor para los esclavos musulmanes, ya fueran berberiscos o moriscos, éstos sí que pudieron aprovechar la coyuntura para retornar a sus vidas anteriores.
ESCLAVOS (SIGLOS XV-XVII)

La esclavitud se erigió durante la decimosexta centuria en una institución arraigada en el pueblo andaluz. En el imaginario de nuestros antepasados, poseer un esclavo o esclava no solo proporcionaba ostentación y alarde social, sino que ayudaba a vertebrar el tejido económico de cada localidad. Pero éstos, los esclavos, anhelaban la libertad de sus convecinos, condición que podían adquirir por tres vías distintas, cada una con sus pros y contras. La alhorría confería la libertad inmediata, pero los testamentos obedecían a plazos demasiado ambiguos e imprecisos. La huida, en cambio, aunaba presteza y osadía, riesgos que algunos esclavos escogieron afrontar.

Carta de alhorría concedida por Juan Castellón a su esclava Magdalena de Vergara.

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Testamento de Baltasar de Córdoba determinando el futuro de sus esclavos y esclavas.

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