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Venciendo a la eternidad

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El 11 de octubre de 1995, el profesor Enrique Vallespi (maestro de varias generaciones de prehistoriadores) inició su segunda clase con una de esas lecciones inolvidables: "nosotros no podemos hablar del pasado, sino de nuestros conocimientos sobre el pasado, al que podemos acercarnos más o menos", con lo que "no podemos afirmar que existe la verdad absoluta sobre un hecho histórico. Dependemos -continuaba- de una serie de barreras a la hora de investigar como, por ejemplo, el que las sociedades primitivas no tuvieran conciencia histórica colectiva". Desde entonces, nos explicó, habían pasado cientos de miles de años, en los que se había desarrollado la necesidad de explicar quiénes somos y de dónde venimos. De ahí surgió el Humanismo y al él nos debíamos. Fue, como decía, una de esas lecciones que uno recuerda como si las acabara de recibir. Y es que así deben forjarse los pilares intelectuales de los más jovencitos: enseñando humildad intelectual, desterrando la soberbia. Don Enrique nos iba a explicar los volúmenes craneales de los homínidos, los estudios de las industrias líticas que él desarrolló y la evolución del Hombre; pero antes necesitaba forjar la base de los futuros historiadores que le escuchaban para asegurarse de que ninguno creyésemos que lo sabríamos todo al acabar. Luego explicaré por qué. Su asignatura se llamaba Prehistoria del Cuaternario; pero él nos dio una formación integral, válida para cualquier periodo histórico. Y qué gran principio metodológico nos inoculó, porque lo primero que necesita un historiador es empatía, esto es, ponerse en el lugar del otro para averiguar qué pensó; por qué transitó por unas sendas y no por otras; por qué descarriló o por qué triunfó. La empatía nos prepararía para los momentos más satisfactorios de la Historia y también para encarar los instantes más oscuros de la Humanidad. Con aquella estampa frágil, su peculiar tono de voz y su maestría siempre cercana al estudiante nos transmitió los fundamentos para comprender que el ser humano siempre tuvo necesidades íntimas, espirituales, que había sido así desde hacía centenares de miles de años y que tratar de agostarlas abriría las puertas al sufrimiento. Hoy, al recordarle, tengo claro que sus clases fueron sobre la prehistoria; pero sus enseñanzas las de un maestro que forjaba tolerancia. El futuro jamás existió y el presente se hacía pasado en un abrir y cerrar de ojos; existíamos porque recordábamos y desaparecíamos cuando olvidábamos, daba igual que lo aplicásemos a un neandertal o a un amigo que hubiésemos despedido a las 2:47. Aprenderlo constituía una victoria pasajera contra el paso firme de la Eternidad. Y para vencer teníamos que abrirnos a los nuevos conocimientos. Por eso no quería que fosilizásemos sus enseñanzas. En aquellos días el mejor libro era En busca de los neandertales, de Stringer y Camble; hoy es un clásico. Ya entonces empezaba a afirmarse que los neandertales habían amado y habían sufrido (los restos de ocre en los huesos lo denotaban); aún no sabíamos nada sobre habla, hibridaciones; pero se mencionaba ya el desciframiento del genoma, si bien desconocíamos los caminos que nos abriría. Casi treinta años después, muchos recordamos sus clases porque don Enrique no se equivocó: a medida que fueron pasando los años todo lo que nos enseñó se fue revisando y ampliando, hasta límites verdaderamente notables que permiten afirmar que hemos asistido a un cambio de paradigma. Y lo más importante: muchas de las novedades se aportaron y se siguen aportando desde Andalucía. Lo que les espera en este dosier es lo más actual y lo más novedoso que tenemos sobre los Neandertales del fin del mundo. Adéntrense en el dosier, seguro que disfrutarán.
JOSÉ ANTONIO PAREJO FERNÁNDEZ
DIRECTOR DE ANDALUCÍA EN LA HISTORIA
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