Columnas

Tomás de Larraspuru (1582-1632)

El marino que más plata transportó desde las Indias a Andalucía

Tomás de Larraspuru fue un marino doblemente afortunado, porque, por una parte, fue el que más convoyes de la plata logró llevar a salvamento desde los puertos de las Indias a las costas andaluzas, y por otra, a lo largo de su dilatada carrera se convirtió en un hombre muy rico. Sin embargo, una oscura sombra nubló su buena estrella: la existencia de un hijo, pendenciero, burlador de doncellas y matador de rivales, lo que le obligó a emplear una buena parte de su capital, y toda su influencia en la Corte, que no era poca, para librar a su vástago del hacha del verdugo. 

PABLO E. PÉREZ-MALLAÍNA
UNIVERSIDAD DE SEVILLA
Tomás de Larraspuru fue un guipuzcoano que llego a ser capitan general de la Armada de la Guarda de la Carrera de Indias o, lo que es lo mismo, la máxima autoridad en las rutas que unían Andalucía con el Nuevo Mundo. Pero Larraspuru no fue un marino cualquiera. Fue el militar que más veces cruzó el Atlántico dirigiendo un convoy. De los 450 mandos de las flotas que conocemos, Larraspuru ostenta la plusmarca absoluta al atravesar el océano nada más y nada menos que en 34 ocasiones, es decir, completando 17 viajes redondos de ida y vuelta. Lo primero a destacar de su figura es que, a lo largo de su dilatada carrera, los abundantes enemigos de la Corona española, ya fueran piratas, corsarios o almirantes al frente de poderosas escuadras, nunca lograron arrebatarle un solo buque cargado con tesoros importantes. En realidad, solo la fuerza desatada de la naturaleza, armada con los feroces huracanes del canal de las Bahamas, pudo arrancarle algunos, pero no demasiados, barcos de sus flotas. Con todo, el general Larraspuru se las arregló siempre para escapar también de las tormentas con su navío, capitana o almiranta, en los que solía concentrarse la mayor parte de la plata del rey y los particulares. Un hombre doblemente afortunado porque, además de escapar de innumerables peligros, al final de su vida se situó entre los más ricos ciudadanos del reino, solo superado por los estratos más poderosos del comercio y la nobleza terrateniente.

Fotografía de Eduardo López de los Reyes de la réplica de una nao del siglo XVI.

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Había nacido en Azcoitia en 1582, y las informaciones realizadas en la localidad para su entrada en la Orden de Alcántara, nos detallan el nombre de sus ancestros; gente noble, desde luego, como por otra parte se consideraban la mayoría de los habitantes de aquellas regiones por no haber tenido contactos históricos con moros o judíos, pero sin un elevado nivel de renta, como correspondía a sencillos hidalgos del medio rural. En 1603, cuando contaba con veintiún años, el joven Tomás, que nunca llevó delante de su nombre el aristocrático apelativo de "don", se embarcó por primera vez y a partir de ese momento y hasta pocos meses antes de su muerte, no dejaría ya las cubiertas de las embarcaciones, donde se desarrollaría la mayor parte de su vida profesional. Hombre valiente y discreto, sabía ganarse el aprecio de sus mandos y fue subiendo por el escalafón. En 1612 se le nombró almirante, es decir, segundo jefe, de la flota de Nueva España. Su alto rango militar lo reforzó en 1618 con su ascenso social a la categoría de caballero de la orden de Alcántara. Por fin, en 1623, con cuarenta y dos años cumplidos, consiguió el generalato, que entonces implicaba el mando supremo de un convoy, y tres años después culminaba su carrera con el nombramiento de capitán general de la Real Armada de la Guarda de la Carrera de Indias, lo que lo convertía en la suprema autoridad militar de las rutas de Americanas, cargo que detentó hasta su fallecimiento en 1632, a la edad de cincuenta años.
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