Así, pues, que un mismo modo de orar y cantar sea mantenido por nosotros en toda Hispania y la Galia, un único modo en las solemnidades de las misas, uno en los oficios vespertinos y matutinos, y que no haya diferencia alguna en nuestras costumbres eclesiásticas, puesto que estamos unidos por una misma fe y reino".
Con esta sentencia recogida en el canon II, los obispos y sacerdotes que participaron en el IV Concilio de Toledo (633) se adjudicaban la labor de unificar la forma de rezar y cantar en todo el Reino Visigodo. Finalmente, se había alcanzado la unidad política; derrotados los suevos en el noroeste, los vascones en el norte y los bizantinos en el sur, un único monarca gobernaba en su totalidad las cinco provincias hispanas (Baetica, Cartaginensis, Gallaecia, Lusitania y Tarraconensis) y la Calia Narbonensis. El siguiente paso era alcanzar la uniformidad en cuanto a la liturgia, con el fin de otorgar a todo el pueblo hispano un elemento de cohesión en algo tan cotidiano como era rezar.
La nueva liturgia sería alumbrada por algunas de las figuras más relevantes de la Iglesia española de los siglos VI y VII. En el De viris illustribus de San Isidoro y en el homónimo libro posterior de San Ildefonso encontramos referenciados como compositores de algunas de las oraciones y cantos del rito hispánico los nombres de San Leandro, obispo de Sevilla (579-602); Juan II, obispo de Zaragoza (619-631); Conancio, obispo de Palencia (607-639) o San Eugenio, obispo de Toledo (649-657). También a los propios San Isidoro y San Ildefonso se les atribuye la composición de varias piezas litúrgicas y musicales.
El resultado final sería la creación de un rito regional con características propias. De tradición occidental, al igual que los ritos ambrosiano (en el norte de la península itálica) y galicano (en la actual Francia), pero influenciado notablemente por las tradiciones litúrgicas de la iglesia africana y por la presencia bizantina en el sur peninsular durante los siglos VI y VII. Una liturgia con unas oraciones de gran valor poético y musical, destacando piezas tan características como los Sacrificia que se entonaban durante el ofertorio.
El rito hispánico tenía algunos géneros propios, a veces compartidos con los ritos galicano y ambrosiano o herederos de tradiciones más antiguas. Algunos de los cantos y oraciones más característicos eran el Vespertinum, a veces también denominado Lucernarium, que era la oración que daba inicio al rezo del oficio de Vísperas. El Sonum, que se interpretaba en los oficios vespertinos y matutinos de los días festivos era un canto muy adornado que constaba de varios versos en los que, a partir del segundo, se repetia el final del primero. Era esta una característica común del canto del rito hispánico: en los cantos antifonales no se repite la antífona al completo, sino exclusivamente el final de ésta. El Psallendum en los oficios correspondía al canto que se entonaba al final de los mismos, con carácter procesional y conclusivo. En la misa ocupaba el lugar que hoy tiene el Gradual y una gran parte de estos Psallenda se atribuyen a San Leandro. Los miércoles y viernes de Cuaresma, el Psallendum era sustituido por los Threni, de carácter mucho más dramático. Pero, sin duda, el más importante era el Sacrificum. Se interpretaba mientras los fieles portaban las ofrendas al altar y se preparaba el altar para la Eucaristia, sin embargo, su extensión era superior al ritual del ofertorio, constituyéndose como el canto más largo de toda la liturgia. Su nombre se debe a que utilizaban textos que describían sacrificios bíblicos.