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El golpe de Estado que cambió la Historia de España

JOSÉ LUIS ORELLA
UNIVERSIDAD CEU SAN PABLO
Roberto Villa García es profesor titular de Historia Política en la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid y primer premio de investigación de su Consejo Social. Un autor que ha demostrado su valía con obras como Alejandro Lerroux. La República liberal (Gota a gota, 2018), 1936. Fraude y violencia en las elecciones del Frente Popular (con Manuel Álvarez Tardío) (Espasa, 2017) y 1917. El Estado catalán y el Soviet español (Espasa, 2021), que le convierte en uno de los historiadores de moda por su juventud y profesionalidad, contrastada por sus investigaciones previas. En esta ocasión, 1923. El golpe de Estado que cambió la Historia de España prosigue un periodo histórico bien conocido por el autor, donde la quiebra de 1923 culminó la crisis iniciada con la Revolución de 1917 que puso punto final al constitucionalismo, destruyendo medio siglo continuado de monarquía liberal. La interpretación de la obra está bien asentada en un corpus documental amplio y una bibliografía conocida hasta el mínimo detalle. El autor, como nos tiene acostumbrados en sus trabajos anteriores, no parte de la aceptación de interpretaciones previas, por lo que se permite la libertad, en la búsqueda de la verdad, de contradecir algunas de ellas. La más importante quizás sea la referida a la ausencia de responsabilidad del monarca Alfonso XIII en la conspiración y posterior ejecución del golpe militar que llevó al capitán general de Cataluña, Miguel Primo de Rivera al poder. El intento del rey de preservar la continuidad constitucional frente al golpe triunfante fracasó ante la formación no de un Gobierno normal sino de un Directorio Militar que conllevó la suspensión de la Constitución. El golpe militar estaba amparado por una amplia base social, aunque muy heterogénea, que tenía como punto de coincidencia su radical oposición al Gobierno de la concentración liberal. Pero esa misma pluralidad de apoyos funcionaría en contra del nuevo régimen, conforme se fue definiendo su programa de gobierno. Entonces, ¿por qué se popularizó el golpe de 1923 como un acto concertado entre el rey y Primo de Rivera? Aquel relato fue una elaboración posterior de la propaganda republicana, que quedó institucionalizado con el acta de acusación aprobada por las Cortes Constituyentes de la Segunda República. Aquel régimen trató de legitimarse políticamente apelando a una hipotética traición de Alfonso XIII al sistema constitucional, de modo que pudiera justificarse la legitimidad de la revolución que el 14 de abril de 1931 obligó al monarca a expatriarse y que trajo la República. El acta de acusación votada por los republicanos y los socialistas se trasformó en la versión oficial del golpe de Estado de 1923, popularizada hasta el día de hoy. El autor describe con detalle el proceso de cómo se creó el clima perfecto para un golpe triunfante. El terrorismo anarquista con su poder desequilibrante y el goteo continuo de muertos, al que se sumará posteriormente un comunismo marginal, pero de moda por la victoriosa revolución bolchevique, introduce la situación española en los cambiantes sucesos de la Europa de su tiempo. También de interés fue el protagonismo que alcanzó el secesionismo nacionalista, que ya desde 1898 había ido cobrando fuerza dispar en Galicia, las provincias vascas y Cataluña.

Villa García, Roberto
1923. El golpe de Estado que cambió la Historia de España. Primo de Rivera y la quiebra de la monarquía liberal
Espasa, Madrid, 2023, 767 pp.,
23,9 € 

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El liderazgo del general Miguel Primo de Rivera, en calidad de capitán general de Barcelona, es incomprensible sin la fuerza adquirida por el nacionalismo catalán, diverso en sus siglas y que se proyectó de forma disolvente al resto de España. El profesor Villa retrata la estrategia desestabilizadora de un secesionismo frío y calculador en sus alianzas, en algunos casos contranatura, con el objetivo de quemar etapas hacia la plena soberanía de una “comunidad idealizada” a la que apelaban. Por otra parte, resulta de interés la tesis de que la deriva autoritaria del general Primo de Rivera no respondía a las coordenadas del naciente fascismo italiano, sino al modelo decimonónico español del caudillismo militar liberal. La dictadura establecida en 1923 no se contemplaba como un régimen estable sino como un gobierno con poderes excepcionales durante un período limitado que, una vez resolviera los problemas más perentorios como el terrorismo y la guerra marroquí, debía abrir un cauce a la reforma política. Ésta habría de permitir la instauración de una versión mejorada de constitucionalismo, en la línea del pensamiento clásico “neorromano” tan influyente en el liberalismo y, sobre todo, en las enseñanzas de Juan Donoso Cortés, el pensador más original del XIX.

Proclamación del Estado de Guerra en Madrid.

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La comparación de Primo de Rivera con Benito Mussolini se vuelve todavía más artificiosa si se considera que el segundo no había institucionalizado aún, en septiembre de 1923, su régimen autoritario. Por el contrario, Mussolini era aún el primer ministro de un gobierno de coalición con la derecha liberal, donde primaba el refuerzo del poder ejecutivo sobre las Cámaras y un fuerte nacionalismo, pero que no había adoptado los ropajes del sistema autoritario que sustituiría al parlamentarismo liberal. El único paralelismo entre Primo de Rivera y el futuro “duce” es su carácter de “hombres fuertes y resolutivos”, políticos al margen de los partidos tradicionales, que por entonces eran percibidos como los únicos capaces de superar la crisis de eficacia y liderazgo que atenazaba al viejo Gobierno parlamentario del XIX. Y aquí reside la clave fundamental de la quiebra de 1923, esto es, que el golpe fuera bien recibido por un importante segmento de la opinión pública, mientras que el resto se abstuvo de apoyar al Gobierno. Era evidente el hastío con la crisis política continuada en la que España vivía inmersa desde que en 1917 quedaron destruidas las convenciones constitucionales instituidas por Cánovas y Sagasta, y que no había podido ser conjurada con la fórmula de los ejecutivos de concentración. Se agradece la soltura con la que Villa nos describe la actuación de políticos claves como el conde de Romanones, José Sánchez Guerra o Santiago Alba, consiguiendo entrar en sus cabezas para hacernos entender sus decisiones, gracias a la riqueza de las fuentes que el libro exhibe. La atractiva narrativa que se destila en una obra tan voluminosa, ayuda a que la lectura resulte ágil y amena. De ese modo, Roberto Villa vuelve a reivindicar la autonomía de la política y su explicación a través de la política misma, al observar que los antiguamente llamados “factores estructurales” tuvieron poco que ver con la quiebra de la Monarquía liberal. A la crisis política que favoreció el golpe de Estado no le antecedió, desde luego, una crisis económica. Por el contrario, el autor resalta el fuerte crecimiento económico anterior a la llegada de Primo de Rivera al poder y el leve impacto en España de las crisis financieras por las que pasaban la mayoría de los países europeos en los dramáticos años de la primera postguerra mundial. Tampoco hubo una crisis de legitimidad, ni existía un rechazo masivo a la Monarquía constitucional con la excepción parcial pero importante de Barcelona, donde se entrelazaba el auge de un movimiento nacionalista que ponía en cuestión, más que el régimen, la comunidad política que le servía de sustento, y un anarcosindicalismo bolchevizado que pugnaba por hacerse con el control del movimiento obrero. Más llamativo aún es que Villa relativice los efectos del desastre de Annual como tal, apuntando las experiencias similares que tuvieron Reino Unido, Francia o Italia, que no conllevaron la quiebra de sus regímenes políticos. La tesis que explica la presencia española en Marruecos es igualmente novedosa: no hubo un afán expansionista, sino que tuvieron más importancia las consideraciones estratégicas de proteger la frontera meridional y evitar que Francia se asomara al Estrecho de Gibraltar, haciendo frontera con las ciudades de Ceuta y Melilla. En definitiva, estamos ante un libro clave para entender los procesos de quiebra del constitucionalismo, irreverente con los consensos político-historiográficos pero desde el rigor de la reconstrucción detallada y del máximo aprovechamiento de las fuentes. Y que nos sirve, de paso, para entender factores de larga duración y su impacto en la consolidación y la crisis de nuestro constitucionalismo, vigentes todavía un siglo después de aquel golpe tan trascendental para la Historia de España.
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