La comparación de Primo de Rivera con Benito Mussolini se vuelve todavía más artificiosa si se considera que el segundo no había institucionalizado aún, en septiembre de 1923, su régimen autoritario. Por el contrario, Mussolini era aún el primer ministro de un gobierno de coalición con la derecha liberal, donde primaba el refuerzo del poder ejecutivo sobre las Cámaras y un fuerte nacionalismo, pero que no había adoptado los ropajes del sistema autoritario que sustituiría al parlamentarismo liberal. El único paralelismo entre Primo de Rivera y el futuro “duce” es su carácter de “hombres fuertes y resolutivos”, políticos al margen de los partidos tradicionales, que por entonces eran percibidos como los únicos capaces de superar la crisis de eficacia y liderazgo que atenazaba al viejo Gobierno parlamentario del XIX.
Y aquí reside la clave fundamental de la quiebra de 1923, esto es, que el golpe fuera bien recibido por un importante segmento de la opinión pública, mientras que el resto se abstuvo de apoyar al Gobierno. Era evidente el hastío con la crisis política continuada en la que España vivía inmersa desde que en 1917 quedaron destruidas las convenciones constitucionales instituidas por Cánovas y Sagasta, y que no había podido ser conjurada con la fórmula de los ejecutivos de concentración.
Se agradece la soltura con la que Villa nos describe la actuación de políticos claves como el conde de Romanones, José Sánchez Guerra o Santiago Alba, consiguiendo entrar en sus cabezas para hacernos entender sus decisiones, gracias a la riqueza de las fuentes que el libro exhibe. La atractiva narrativa que se destila en una obra tan voluminosa, ayuda a que la lectura resulte ágil y amena.
De ese modo, Roberto Villa vuelve a reivindicar la autonomía de la política y su explicación a través de la política misma, al observar que los antiguamente llamados “factores estructurales” tuvieron poco que ver con la quiebra de la Monarquía liberal. A la crisis política que favoreció el golpe de Estado no le antecedió, desde luego, una crisis económica. Por el contrario, el autor resalta el fuerte crecimiento económico anterior a la llegada de Primo de Rivera al poder y el leve impacto en España de las crisis financieras por las que pasaban la mayoría de los países europeos en los dramáticos años de la primera postguerra mundial.
Tampoco hubo una crisis de legitimidad, ni existía un rechazo masivo a la Monarquía constitucional con la excepción parcial pero importante de Barcelona, donde se entrelazaba el auge de un movimiento nacionalista que ponía en cuestión, más que el régimen, la comunidad política que le servía de sustento, y un anarcosindicalismo bolchevizado que pugnaba por hacerse con el control del movimiento obrero.
Más llamativo aún es que Villa relativice los efectos del desastre de Annual como tal, apuntando las experiencias similares que tuvieron Reino Unido, Francia o Italia, que no conllevaron la quiebra de sus regímenes políticos. La tesis que explica la presencia española en Marruecos es igualmente novedosa: no hubo un afán expansionista, sino que tuvieron más importancia las consideraciones estratégicas de proteger la frontera meridional y evitar que Francia se asomara al Estrecho de Gibraltar, haciendo frontera con las ciudades de Ceuta y Melilla.
En definitiva, estamos ante un libro clave para entender los procesos de quiebra del constitucionalismo, irreverente con los consensos político-historiográficos pero desde el rigor de la reconstrucción detallada y del máximo aprovechamiento de las fuentes. Y que nos sirve, de paso, para entender factores de larga duración y su impacto en la consolidación y la crisis de nuestro constitucionalismo, vigentes todavía un siglo después de aquel golpe tan trascendental para la Historia de España.