Columnas
Ocurrió hace... 150 años

¿Qué fue (de) la Primera República?

De cómo la democracia republicana desaprovechó la oportunidad

ÁNGEL DUARTE MONTSERRAT
UNIVERSIDAD DE CÓRDOBA

Las conmemoraciones rescatan momentos de la historia a veces relegados en las narrativas canónicas del pasado. Algo de ello va a ocurrir con el 150 aniversario de la Primera República. Habiendo quedado reducida a episodio caótico que, supuestamente, evidenciaba la escasa habilidad andaluza y española para el ejercicio de la democracia, la rescatamos en estas páginas desde la consideración de momento prominente en el episodio democratizador que, abierto en septiembre de 1868, alcanzó su ápex con el advenimiento republicano. Desde esta perspectiva, fenómenos como el cantonalismo aparecen como momentos de profunda politización republicana, federal y plebeya frustrados de raíz.

El 11 de febrero de 1873, hace 150 años, diputados y senadores proclamaban la Primera República. Se iniciaba, de esta manera, un proceso que apenas duró once meses, porque lo vivido en 1874, tras el golpe de Manuel Pavía, aun titulándose república, fue otra cosa. Además de breve, la republicana fue una experiencia complicada que contenía expectativas sociopolíticas diversas y que por mor de la radicalidad de algunas de esas esperanzas y por las incapacidades y vacilaciones de sus elementos rectores fue rápidamente abortada. Para el bien, se asegura a continuación, ahora como entonces, del orden social y de la unidad de la nación amenazados. Todo ello, aunque sesgado, no está del todo falto de razón, y opera como un balance interpretativo que resuelve un momento del pasado que no acaba de encajar en los relatos históricos canónicos. Lo que aquí proponemos es recordar que, con todas las consideraciones que deban hacerse, se trató de un episodio medular en la azarosa historia de las democratizaciones y junto a ello, que Andalucía fue una de las geografías determinantes del episodio republicano en su conjunto. Por ponernos de acuerdo en un par de enunciados iniciales formulo dos de aparentemente contradictorios: el primero sería que, como dijo el gaditano Emilio Castelar, la república la trajeron no los republicanos sino "las circunstancias". El segundo asumiría que, como se ha dicho, de la república se esperaban, en Andalucía y entre los andaluces, como en el resto de España, cosas diversas, ambiciosas aunque incompatibles entre sí. Desde hacía décadas, en el marco de la revolución liberal se venían produciendo distintas modalidades de exclusión política, apropiación de bienes por parte de viejas y nuevas élites sociales y limitaciones a la expansión de una arena pública liberada, entre otras, de tutelas clericales. Una de las respuestas generadas fue la emergencia de una difusa cultura republicana que, si propiciada por elementos patricios, aspiraba a la estabilización de derechos y a la sujeción de la ciudadanía a la ley establecida por la soberanía nacional, pero que, si surgía en medios plebeyos o entre reformistas sociales preocupados por los efectos deletéreos del concepto burgués de propiedad en la vida material de artesanos o campesinos, iba más allá y propugnaba un horizonte fraternal que habría sido eclipsado por el liberalismo doctrinario. En las décadas previas a 1873, Andalucía había sido un territorio en el que lo republicano había operado en las principales ciudades y en el mundo rural, mediante la participación en logias masónicas o en tertulias, casinos democráticos y redacciones periodísticas. También se había constituido, en las ocasiones en las expectativas democratizadoras se truncaban -recuérdese el caso del cierre del Bienio Progresista (1854/1856)-, en el común denominador de insurgencias y motines.

Himno Nacional Republicano para canto y piano (1873), de F. Chueca y Robles.

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Republicanos y demócratas los hubo en las juntas revolucionarias que acompañaban a los pronunciamientos o en las milicias de voluntarios que tomaban las armas para combatir a la reacción. Como indicó Guy Thompson, aunque no triunfaron, "lograron transmitir sus ideas a gran parte de la población, haciéndoles participar en un proceso de modernización política" en los veinte años que precedieron a la Revolución de Septiembre de 1868. Fue entonces cuando la calamitosa gestión registrada en el tramo final del reinado de Isabel II dio lugar a la conspiración exitosa, al Alzamiento de Topete en Cádiz y al triunfo militar en Alcolea. El resultado último fue la expulsión de los Borbones y la apertura de un proceso constituyente en el que las familias liberales implicadas, incluyendo a muchos demócratas, se empeñaron en ensayar una monarquía parlamentaria.
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