A mediados del siglo XIX cada partido político disponía de su órgano difusor y el periodismo estaba considerado únicamente como un trampolín a los sillones del poder. Era aquella una prensa doctrinaria y polemista en la que no se reconocía el valor de la noticia, repleta de plúmbeos artículos de fondo escritos casi siempre sin brillantez ni agilidad, cuyo fin era atacar al adversario y sostener la moral y la confianza de los correligionarios.
Es entonces cuando aparece en Madrid la Carta Autógrafa, unas hojas manuscritas y servidas en papel autográfico con las que el periodista sevillano Manuel María de Santa Ana aportaba la novedad de ofrecer a sus suscriptores una auténtica información de interés que el mismo Santa Ana recogía por los lugares donde surgían las noticias. Pasado el tiempo, el éxito alcanzado por aquella modesta publicación daría origen a La Correspondencia de España, el periódico que fundamentaría la fama y la fortuna de su creador y hasta el merecimiento del título de marqués de Santa Ana que le concedió en 1889 la reina María Cristina.
Manuel María de Santa Ana y Rodríguez nace en la calle de Colcheros de Sevilla —hoy rotulada Tetuán— el 7 de febrero de 1820. El estado de necesidad en que queda la familia a la muerte del padre, un médico liberal perseguido por el absolutismo de Fernando VII, obliga al joven Manuel María a abandonar sus estudios para mantener a su madre y a sus cuatro hermanos menores en una situación de precariedad cuyo recuerdo -"cuando nuestra madre no tenía nada que darnos de comer nos hacía rezar y encomendarnos a Dios" — habría de acompañar a Santa Ana a lo largo de toda su vida.
Después de realizar trabajos como amanuense, Santa Ana ingresa en el Diario de Sevilla de Comercio, Artes y Literatura donde desempeña las funciones de redactor, administrador y corrector de pruebas, todo a la vez. Y aún le quedaría tiempo para dedicarse a su afición literaria, logrando estrenar a principios de 1842 su comedia en un acto y en verso Otro perro del hortelano, muy bien acogida por una crítica que aplaudió las condiciones que dejaba traslucir el autor para la vis cómica y su suficiente capacidad como para poder encauzar su vida como autor teatral.
MADRID Y EXILIO. Confiado en sus aptitudes, Santa Ana toma el camino que por aquellos años seguían los jóvenes con aspiraciones. Con una vieja maleta y portando once duros y medio en el bolsillo por todo capital, el joven sevillano llega a finales de junio de 1842 a Madrid donde, entre grandes privaciones, continuará cultivando la literatura dramática que entonces dejaba muy exiguos beneficios, y el periodismo, que tampoco los dejaba mayores.
Avalado por las cartas de recomendación que había traído de Sevilla, Santa Ana consigue entrar en la redacción de dos periódicos esparteristas. Primero pasa por El Patriota, con dieciséis duros de sueldo al mes, y después ingresa en El Espectador. Pero pronto cambian las tornas y nuestro personaje, perseguido por el gobierno del moderado González Bravo tras la caída de Espartero, logra huir de España.
Durante sus meses de exilio en París, Santa Ana conoce las ideas de Émile de Girardin, fundador y propietario del diario La Presse, quien había basado su próspero negocio periodístico en una fórmula bien sencilla: al incluir en su periódico noticias de interés para el gran público y reducir su precio, aumenta la venta de ejemplares y, consecuentemente, al dispararse la tirada, logra atraer a un mayor número de anuncios que, además, se podían cobrar a un precio superior, obteniéndose unos interesantes beneficios.