A mediados de los años noventa del pasado siglo, François Furet y Ernst Nolte, dos insignes historiadores, mantuvieron un intercambio epistolar a raíz de una extensa nota que el primero le había dedicado al alemán en su último libro: El pasado de una ilusión. Desde 1987, Nolte era blanco de críticas a cuenta de su empeño en explicar los fundamentos del nazismo; el propio Furet en aquel famoso comentario mostró su disconformidad con algunas de sus tesis. Pero ese desacuerdo no le impidió reconocer, con elegancia, cuán importante era la obra de Nolte para la comprensión del Siglo de los Horrores. Merece la pena recordar alguno de aquellos pasajes: "es comprensible cómo y por qué los libros de Nolte chocaron a las generaciones de la posguerra, encerradas en la culpabilidad, o temerosas de debilitar el odio al fascismo tratando de comprenderlo. El historiador puede y debe respetarlas. Pero, si las imitara, le impedirían tomar en consideración el terror soviético como uno de los elementos fundamentales de la popularidad del fascismo y el nazismo en los años veinte y treinta". Y añadió: "en realidad, el veto impuesto a este tipo de consideraciones impide hacer la historia del fascismo, al vedar la crítica del comunismo, este tipo de antifascismo historiográfico bloquea también la comprensión del fascismo. Entre otros méritos, Nolte tuvo el de romper este tabú". Eran las palabras de un maestro.
Naturalmente, Nolte supo de aquellos comentarios. En el número ochenta y nueve de Le Debat, aparecido en 1996, publicó algunas reflexiones sobre Le passé d'une illusion, en el que le citaban tan extensamente; pero no quiso dejarlo en ese punto: Furet no era un pigmeo, como gustaba llamar Sartori a algunos académicos, y por eso le escribió la primera de aquellas cartas que ambos acabaron intercambiando. El por qué lo hizo también merece ser recordado: "tengo que decirle que he leído la misma Ise refería a la extensa notal línea por línea, además de con el mayor interés también con el mayor de los placeres estéticos. Muy pronto me di cuenta de que este su estudio carecía de esas dos limitaciones o trabas que en Alemania tanto constriñen toda reflexión sobre el siglo XX, haciendo así de ésta una reflexión estéril, por muy valiosas que puedan ser algunas aportaciones en particular". Y acto seguido siguió profundizando en una serie de asuntos del máximo interés que, a su vez, fueron comentados por Furet. Las cartas fueron editadas en español por Alianza Editorial en su colección de bolsillo y hoy ese intercambio epistolar, titulado Fascismo y Comunismo, es un clásico que se enseña en las aulas; por el contenido y porque son un ejemplo para las siguientes generaciones de historiadores: ambos fueron exquisitos en las formas, ambos se leyeron sin esperar a que nadie les fijara el canon sobre el otro y ambos demostraron una independencia de criterio fundamental en este oficio.
Tony Judt, otro de los grandes historiadores del siglo XX -que, por cierto, reprochó a François Furet que hubiera citado a Nolte en su libro-, dice al respecto de cuanto he escrito hasta aquí: "la historia constituye necesariamente una empresa intelectual colectiva basada en la confianza y el respeto mutuos" y, al respecto, añade al final de una de las páginas más interesantes de Pensar el Siglo XX, "mis colegas más jóvenes encuentran este criterio mío completamente incomprensible: para ellos un trabajo de historia es bueno si están de acuerdo con él"'.
En este dosier sobre El frente olvidado se recogen una serie de artículos dirigidos por Joaquín Gil Honduvilla, uno de los historiadores más serios y elegantes del panorama historiográfico andaluz. Disfruten con su lectura. =En este dosier sobre El frente olvidado se recogen una serie de artículos dirigidos por Joaquín Gil Honduvilla, uno de los historiadores más serios y elegantes del panorama historiográfico andaluz. Disfruten con su lectura.