No hubo equívoco del destino. Iñigo López de Mendoza y Quinones, segundo conde de Tendilla y primer marqués de Mondéjar -desde agosto de 1512nació en el siglo más propicio para catapultarlo a la celebridad, al precio de transigir a las novedades de la época. La cuna lo marcó y lo dotó de las herramientas necesarias para no ser un mero estratega, sino un hombre de mundo capaz de ensanchar los horizontes y de sucumbir a la fascinación de la cultura, algo que le hacía distinto del militar medieval. Su abuelo paterno fue de hecho el célebre marqués de Santillana, el primer literato español que escribió sonetos y el autor de las Serranillas.
Don Íñigo nació alrededor de 1440, posiblemente en Guadalajara donde se hallaban las grandes haciendas familiares. Los Mendoza habían encumbrado a los Trastámara en Castilla y su tío Pedro Conzález de Mendoza —arzobispo de Toledohabía conseguido obtener réditos de aquella circunstancia en beneficio de su propia familia.
Eso puede explicar que fuera enviado por Fernando de Aragón en misión diplomática ante el papa Inocencio VIII para mediar en el conflicto por el Reino Nápoles —del que era soberano— y para negociar las condiciones de la implantación de la Inquisición en España.
Además, consiguió revalidar las bulas de 1474 y 1482 gracias a las cuales la guerra peninsular había tomado el sesgo de una cruzada contra el infiel y podía, por lo tanto, ser financiada con los recursos de toda la Cristiandad. Aquella embajada, diseñada en 1484, partió dos años más tarde de Alcalá la Real y estaba integrada por un centenar de monturas y veintiséis caballeros. Durante aquel viaje a Italia tuvo ocasión de conocer a Lorenzo el Magnífico, señor de Florencia, y al humanista Pietro Mártir de Anglería, al que invitó a establecerse en España, y quien llegaría a ser no solo preceptor de sus hijos, sino también del príncipe Juan, heredero al trono.
Después de su intensa misión diplomática se incorporó a la Guerra de Granada a la edad de cincuenta años, interviniendo en 1491 el cerco de Baza y en la toma de Alcalá la Real —donde estuvo al mando de sus cuatro capitanías—, acción por la que fue nombrado capitán general de la frontera tras sustituir en el cargo a su cuñado Diego López Pacheco, marqués de Villena. En premio obtuvo también de los Reyes Católicos los pueblos de Lijar y Cobdar, en la Sierra de Filabres.
Después de la toma de Granada, el 2 de enero de 1492, ejerció de facto como capitán general y alcaide de la Alhambra, aunque no exista el documento real que lo acredite. Abundan las crónicas que lo sitúan en el cargo, además de una lápida, fechada en 1599, que se encuentra en el interior de la Puerta de la Justicia. Lo que sí existe es una ratificación de sus competencias en un documento fechado en Bruselas en 1506, en virtud del cual dona Juana y Felipe el Hermoso nombraban al duque de Medina-Sidonia lugarteniente del reino -aunque efímeramentecon poderes virreinales y potestad, por lo tanto, sobre el resto de las autoridades castellanas.
Dentro del recinto alhambreño, donde nadie podía acogerse al derecho de asilo para no menoscabar las competencias del corregidor de Granada, don Íñigo ejercía la jurisdicción sobre todo el personal militar y sobre los habitantes de la ciudadela. Hacia 1504 la guarnición de La Alhambra pasó de tener mil hombres a tener solo doscientos, a los que habría que añadir una compañía de cien lanzas de la veterana guardia de Castilla -siempre presente en los actos públicos de la ciudad—, una guardia de alabarderos que constituía su escolta personal y otra compañía de treinta lanzas, creada en 1512, con la finalidad de acompañarlo cuando se desplazaba a examinar el amplio sistema defensivo de la ciudad.