Probablemente aún quedarán, entre Pp sere esa reina, quie nes recuerden al infatigable don Ramón que, hasta casi el final de su larguísima vida, se prodigaba en largos paseos por las calles de Sevilla "con su melena leonina al viento" (como le evocara Domínguez Ortiz), saludando a unos y a otros y convirtiendo la vía pública en una prolongación de sus tertulias caseras. Sus caminatas se hicieron míticas, y Julio Caro Baroja llegó a decir que "don Ramón a los 9o años era capaz de cansar al que quisiera acompañarle".
Joaquín Romero Murube describió a don Ramón en 1969 "con atuendo singular, elegante y europeo... paso rápido, decidido, aislado, tajante... espejuelos amplios y redondos, bastón de andarín consumado, cabello un poco a lo músico de hace treinta años, prieto de carnes, agilísimo, macizo en su esbeltez redondeada...". Con estos mimbres, no es de extrañar que Ramón Carande llegara a convertirse en un personaje típico de las calles de Sevilla, y cuando en 1983 le fue concedido el título de Hijo Adoptivo de la Ciudad, se preció, ante todo, de lo mucho que le querían los sevillanos. Habiendo nacido en el corazón de la vieja Castilla, llegó a ser considerado no como un sevillano más, sino como un sevillano de pro, un sevillano de excepción, en palabras del añorado Antonio Domínguez Ortiz.
Don Ramón había llegado a la ciudad de Sevilla un día de San Miguel de 1918. Venía cargado de prejuicios, de quien veía al andaluz como un ser "frívolo, versátil y presuntuoso". Pronto tuvo ocasión de despejar esos tópicos y empezar a conocer el carácter de los sevillanos. Aquel día hacía mucho calor y, camino de la Universidad, a donde arribaba como nuevo catedrático de Economía y Hacienda Pública, paró en una nevería a aliviar su sed tomando una cerveza. Al beber y notarla tibia, se quejó al camarero quien le contestó: "Repare, señor, que, estando sudoroso, la nieve no es nada buena para la salud". Desde entonces, confesó muchos años después, comenzó a admirar las cualidades del sevillano, entre las que no era menor su capacidad para "hacer quites" gracias a su acierto en el hablar. "Desde el primer momento me cautivaron la pulcritud y la dulzura, la suavidad en el trato" de los sevillanos, y al final de su vida pudo decir que "la mayor parte de lo que tengo se lo debo a Sevilla", y reconocer que "debo a Sevilla el ejemplo de sus gentes, que no sienten prisa y, sin ella, saben crear cosas con inspiración y primor".