EI timbre del teléfono del despacho del gobernador civil de Sevilla rompió la tensa calma que inundaba la sede gubernativa la tarde del 17 de julio de 1936. La tensión era máxima desde que había llegado a la capital sevillana la noticia de la sublevación de una parte del ejército del Protectorado Español de Marruecos. Se temía su extensión por la península y el Gobierno Civil, como institución representante del Gobierno Central en la provincia, debía de estar en alerta para evitarlo. Cuando José María Varela Rendueles, a la sazón gobernador civil de Sevilla, descolgó el auricular comprobó que al otro lado del hilo telefónico le hablaba el presidente del Consejo de Ministros y ministro de Guerra, Santiago Casares Quiroga. El jefe del Gobierno comunicaba al gobernador civil que desde Madrid iban a despegar varios aviones con destino a África. Los aparatos debían hacer escala en el aeródromo de Tablada de Sevilla para cargar unos pasquines volanderos en los que se conminaba a rendirse a los militares sublevados. Junto a estos documentos, los aviones debían aprovisionarse de bombas aéreas destinadas a ser lanzadas sobre los rebeldes, en caso de que en el plazo de una hora estos no depusieran las armas. El propio Casares Quiroga dictó por vía telefónica el texto que debían contener las proclamas, encargándose Varela Rendueles de su impresión en Sevilla.
Este episodio poco conocido de los primeros momentos del golpe de estado fue recogido por el propio José María Varela Rendueles en su autobiografia, escrita y publicada durante la Transición con el título Rebelión en Sevilla: Memorias de su gobernador rebelde. En sus memorias transcribe grosso modo el texto que le fue transmitido por Casares Quiroga: "La alocución recriminaba a los sublevados el que, por vez primera en la historia, fuerzas de un Protectorado se alzaban en armas contra su propio Gobierno provocando la desconfianza y el descrédito ante sus protegidos. Se les requería para que depusieran su actitud conminándoles con que, de no someterse inmediatamente, la aviación procedería a bombardearlos. A las fuerzas leales se las alentaba a permanecer firmes en su lealtad y a hacer frente a los sublevados y, a éstos y a aquellas, se les hacía saber cómo en la Península la tranquilidad era completa, sin que se hubiera producido un solo foco de rebeldía".
Gracias a este testimonio conocemos cómo se planificó una de las primeras acciones de carácter militar, sino la primera, con la que el Gobierno republicano intentó sofocar la sublevación de julio de 1936. El último gobernador civil republicano de Sevilla atestigua la improvisación, la premura y las dificultades con las que se enfrentó a la hora de cumplir las órdenes emitidas desde Madrid.
Tras colgar el teléfono, con el borrador de la proclama escrito de su puño y letra sobre su mesa, a Varela Rendueles se le planteó la cuestión de dónde imprimirlos. No era asunto menor, era casi de noche y los aviones ya volaban desde la capital. Gracias a otro testimonio —el ofrecido por Manuel Delicado, dirigente comunista sevillano, en una entrevista concedida al periodista Manuel Barrios—, se sabe que el gobernador civil pidió ayuda a Manuel Delicado ante la negativa de las imprentas de los periódicos a los que acudió. Delicado cuenta que, finalmente, tras una agria discusión, consiguió convencer al director de El Liberal, diario de línea editorial republicana, para que se imprimieran los pasquines. Así, la proclama fue impresa, como narra Varela Rendueles "en El Liberal sevillano y, en el papel que a diario se empleaba para la impresión del periódico, sin otra preocupación en cuanto a su formato que la de tenerla impresa cuanto antes"