«¡Ríndete!», me decían (...]. Pero entendí que cualquier veneno sería más dulce que la amargura de rendirme. Que mi corazón permanecería entre mis costillas, (y las costillas no entregan al corazón) aunque los enemigos se hicieran con mi reino o mi propio pueblo me traicionara. Así es: no podrán quitarme la dignidad (...). Quiera Dios servirme la muerte en Sevilla. Al-Mutamid (Hagerty, 2006)
Pues no fue así, no; qué se le va a hacer. No quiso Dios servirle la muerte en su tierra al rey poeta de Sevilla. Decretar su muerte, dice específicamente el traductor, mi maestro Miguel Hagerty, cuya muerte a su vez, servida ésta en Granada, después de décadas de amistad, deja inconclusa la discusión sobre la adecuación de un término u otro en la traducción. Y solo Dios sabe más, sentenciaríamos, al modo orientalista de Borges; que no hay que creer en Dios para citarlo, siempre que la licencia o la etiqueta poética lo exijan, como se lo exigió al hombre bueno Blas Infante, y él vistió de moro cuando fue a visitar la tumba de aquel rey poeta nuestro en Agmat, Marruecos, al norte de Marrakech.
Pero la gente ya no entiende de licencias o etiquetas; creen que el hábito hace al monje, y aquel disfraz del pobre Infante le bastó a otros para crear el bulo, estupidez memética, de que se había convertido al islam, para regocijo de maniqueos —moros y cristianos, rojos y azules, neomoriscos y neopelayistas, sur y norte—, cuando al pobre se lo llevaron de su despacho en plena noche y allí quedó el crucifijo, junto al cuadro de la Virgen, convertidos inesperadamente en relicarios de recuerdos, vergüenza de España.
Varias cosas he dejado ahí en remojo; en el remojo de esas aguas revueltas: orientalismo, maniqueísmo, esencialismos, Sevilla frente a Granada, de dioses y hombres, de poesía, política e historia, del Guadalquivir a Marrakech, ida y vuelta... Y todo apunta a una idea central, sobre la que quiero que pivoten estos párrafos: el significado histórico de un reino que cumple mil años, el Reino de Sevilla (10232023), fundado por un rey, árabe de cultura y musulmán de religión. Un milenario enmarcado en el cuestionamiento, la contestación, dado que hay quien no quiere que ese reino cumpla tantos años, para poder vestirlo solamente de cristiano.
¿Sabéis por qué no quieren que el Reino de Sevilla cumpla mil años? Pues por la misma razón que una pareja podría decidir que a sus bodas de oro hay que quitarle los diez o veinte años aquellos en los que picaba la convivencia, en los que no daban un duro por su continuidad. Pero ésta se produjo, mal que bien; por el inexorable paso del tiempo, que enmarca cuanto nos gusta y cuanto no, y ahí está todo mezclado, cumpliendo esas bodas de oro, aunque cada uno de ellos elija unas fechas determinadas para impugnar el resultado de la cuenta final. Por comparación, mal historiador es quien confunde cuanto ocurrió en un territorio con la proyección diacrónica de confesionarios o alminares propios.
El Reino de Sevilla fue fundado el 2 de noviembre del año 1023 por el primer monarca de la dinastía Abadí, de nombre Abul Qasim. Un rey, árabe de cultura y musulmán de religión. Se fundó un reino, no una "taifa", pues "taifa" significa secesión y es un término peyorativo. Así nos lo relato al-Udrí, un historiador almeriense contemporáneo a aquellos hechos, quien compiló una magnífica crónica en la que se habla de reinos y no de "taifas", una palabra que aparecerá mucho después, cuando se quiera menospreciar a Sevilla o a cualquiera de los otros reinos constituidos en la península ibérica.