Cuando en marzo de 1767 el rey Carlos Ill ordeno la expulsión de los jesuitas de España y los soldados ocuparon el Colegio Imperial de Madrid, se encontró, en el aposento de un tal padre Henríquez, un manuscrito del siglo XVI en cuya primera hoja se podía leer Regimiento de príncipes. Bajo este título aparentemente anodino se escondía una obra completamente desconocida. Sin duda, su dueño debía guardarlo a buen recaudo, pues alguna nota escrita en sus márgenes avisaba de los peligros que sus páginas encerraban para el lector: "Todo lo que se sigue sobre lo de la Inquisición es perniciosísimo, y encaminado a derribarla debajo de celo de buen gobierno, y que hace sospechoso al autor". Este, obviamente, tuvo buen cuidado de esconderse en el más oscuro anonimato, y su Regimiento sobrevivió en las catacumbas de la España del Siglo de Oro durante más de dos siglos hasta que emergió en el registro del Colegio Imperial.
Con todo, aún hubo que esperar hasta que las primeras noticias sobre este manuscrito vieron la luz en 1813, cuando Juan Antonio Llorente imprimió sus Anales de la Inquisición de España. A Llorente, afrancesado que trabajaba para justificar la abolición del Santo Oficio decretada por los Bonaparte, le interesaban no poco algunas de las afirmaciones contenidas en aquel misterioso manuscrito: la muerte de "muchos sin culpa" provocada por la inseguridad jurídica de los procedimientos inquisitoriales, la arbitrariedad y maldad de los inquisidores, la instauración de un clima de terror y venganzas. Bajo todas ellas latía la velada acusación lanzada contra la Inquisición de ser una institución esencialmente anticristiana que debía ser radicalmente transformada a fin de que la educación sustituyese a la represión.
En el siglo XIX el manuscrito pasó de biblioteca en biblioteca hasta recalar en la Real Academia de la Historia, donde hoy se conserva. Durante estos dos siglos permaneció ignorado hasta que a comienzos de la década de 1980 José Martínez de la Escalera y Miguel Avilés lo redescubrieron, y por fin en 2017 Ignacio García Pinilla realizó la primera edición completa, rescatando del olvido un verdadero eslabón perdido de la literatura utópica. No en vano estamos ante la primera utopía escrita en una lengua vernácula, siendo además la primera obra de esta naturaleza aparecida en Europa después de la publicación de Utopía por Tomás Moro en 1516. Escrita hacia 1538-1540, y bajo la ficción del viaje de Caminante Curioso al Reino de la Verdad, muestra una sociedad utópica que es el reverso de la Castilla del emperador Carlos V. La capital de este reino ideal se llama Omníbona, nombre que los estudiosos actuales han elegido como el más apropiado para referirse a este libro.
Omníbona es expresión de la oposición castellana a la política fiscal y militarista de un Carlos V más preocupado en extender sus dominios que en gobernar rectamente. Propone un ambicioso programa de transformación de la realidad. Así, la reforma de la fiscalidad y de la Iglesia permitirían el sostenimiento no solo de un gran ejército que garantizaría la seguridad del reino, sino también el establecimiento de un sistema educativo universal para niños y niñas, y de otro de hospitales y de centros asistenciales que atenderían las necesidades del conjunto de la población. Esta utopía, construida sobre la idea de misericordia, fía su éxito a la universalización y obligatoriedad de la educación. De ahí que la escuela y la universidad constituyan el verdadero corazón y motor de esta sociedad igualitaria y cristiana basada en el trabajo, el pleno empleo y la prosperidad. La crítica durísima a la conquista de América se identifica exactamente con los postulados del dominico sevillano Bartolomé de las Casas.
Multitud de enigmas siguen rodeando a Omníbona, y la investigación deberá ir resolviéndolos en los próximos años. Su autor, que se definió a sí mismo como "castellano de nación y natural de Sevilla", sigue aguardándonos agazapado entre sus páginas.