Miguel Primo de Rivera da su nombre a uno de los periodos más relevantes del siglo XX español, el de una dictadura que, sostenida sobre el "partido militar" y auxiliada por aquellas fuerzas que, como la izquierda socialista y la derecha católica, venían impugnando la Monarquía liberal, abrió un largo periodo constituyente que España no cerraría hasta 1978. No obstante, está menos divulgada la trayectoria de Primo de Rivera antes de la dictadura, toda una vida que refleja las claves de su advenimiento al Poder y que fuera capaz de conquistarlo cohesionando a un Ejército dividido y logrando un notable apoyo en la opinión pública.
Aunque los lectores informados suelen asociar el apellido "Primo de Rivera" a José Antonio, fundador de la Falange Española, en realidad no fue el personaje más destacado de una saga muy ligada a la historia contemporánea de España. Apenas se conoce al que más contribuyó en vida a elevar el prestigio del apellido: Fernando Primo de Rivera y Sobremonte, primer marqués de Estella por sus éxitos al frente del Ejército liberal contra el carlismo en los años setenta del XIX, y con una larga carrera que le convirtió, ya con Alfonso XIII, en el militar de mayor graduación tras el monarca.
Semejante trayectoria era difícil de superar. No obstante, lo conseguiría su sobrino, Miguel Primo de Rivera y Orbaneja, segundo marqués de Estella, y quizás para los historiadores el "Primo de Rivera" por excelencia, que da nombre a la dictadura establecida de 1923 a 1930. Su ascenso al Poder ocurrió hace justo cien años, el 15 de septiembre de 1923, cuando lo conquistó tras un exitoso golpe de Estado desde la Capitanía General de Barcelona. Fue, en realidad, la última y más controvertida de las etapas que Primo quemó para colocarse en la cúspide del Gobierno, por encima incluso del rey. Culminaba así una fulgurante carrera dentro del Ejército y una irresistible vocación por la política, más pronunciada que la de su circunspecto tío Fernando. De modo que la crisis agravada de la Monarquía liberal desde 1917 Y la polarización de la política barcelonesa iban a otorgar la oportunidad a un militar audaz y cada vez más descreído de la política constitucional de adelantarse a tenientes generales más antiguos que él para convertirse en dictador.
En los años previos al golpe, Primo de Rivera se había hecho célebre por sus posiciones "abandonistas": defendió públicamente acabar la guerra de Marruecos con la retirada unilateral del Ejército español, lo que le supuso dos destituciones y cierta fama de militar díscolo. También destacó por su activo papel en la salvaguardia del orden público en Barcelona, especialmente cuando las bandas armadas ligadas a los anarcosindicalistas de la Confederación Nacional del Trabajo (CNT) iniciaron a partir de febrero de 1923 una escalada terrorista, agravada con una violenta huelga revolucionaria entre mayo y julio de ese año. Este último éxito del marqués del Estella le suscitó la adhesión de los partidos monárquicos y nacionalistas que actuaban en la política catalana y, sobre todo, de la sociedad civil organizada: las asociaciones económicas, empresariales y sindicales contrarias a la CNT, una extensa red de apoyos que, a la postre, explicaría el inapelable triunfo en Cataluña de su movimiento en septiembre de 1923.
El 15 de septiembre se cumple el centenario del ascenso de Miguel Primo de Rivera al Poder.
El joven teniente Primo de Rivera consiguió su primera laureada en la guerra de Melilla de 1893.
UN MILITAR VOCACIONAL. Por entonces, Miguel Primo de Rivera contaba con 53 años. Había nacido el 8 de enero de 1870 en Jerez de la Frontera, en el seno de una familia ligada al Ejército. Sin embargo, su padre había abandonado la carrera militar cuando nació Miguel y solo él y otro de sus hermanos, Fernando, eligieron emularle. Fernando llegó a teniente coronel de Caballería y murió en las trágicas jornadas de Monte-Arruit, en 1921, tras liderar varias cargas contra los rebeldes rifeños con objeto de proteger la retirada de las tropas españolas.
Este episodio refleja las cualidades que explicaron el encumbramiento de Miguel a los altos puestos de la milicia: la valentía, el arrojo y la resolución. Ahora bien, su exitosa carrera no puede desconectarse de la tutela del primer marqués de Estella que, sin hijos varones, se convirtió en una suerte de segundo padre. Don Fernando veló para que a su sobrino no le faltaran ocasiones en las que mostrar sus aptitudes, y luego para que esos esfuerzos no quedaran sin recompensa.
No obstante, el favor de su tío no lo explica todo. El ingreso del joven Miguel en el Ejército no era la del mozo que buscara una colocación segura en la "burocracia militar". Su apellido era también una carga para un temperamento orgulloso y "ambicioso de gloria", y le obligaba a demostrar constantemente su valía. Su carácter firme, pero también expansivo y complaciente, caía bien en el Ejército, y apuntaba unas dotes de mando y liderazgo no siempre fáciles de conjugar con la estricta sujeción a la disciplina.
Todo ello explica que Primo estuviera siempre ávido de acumular méritos que diluyeran las inevitables sospechas de favoritismo. No perdió la primera oportunidad de luchar y se enroló en la guerra de Melilla de 1893, donde se situó en primera línea de combate y ganó su primera cruz laureada de San Fernando, la máxima distinción al valor. Afanoso de alistarse en las misiones arriesgadas, Primo obtuvo nuevos ascensos por méritos de guerra en las campañas de Cuba y Filipinas, entre 1895 y 1898.
Aquel esfuerzo generosamente recompensado reforzó en el joven Miguel un voluntarismo radical, que aplicó cuando años después se despertó en él una irresistible vocación política. Participó de las ideas regeneracionistas de su época, con las que trató de sobreponerse a un sincero y hondo dolor por la pérdida de las provincias ultramarinas en la guerra de 1898. Primo postuló la necesidad de revigorizar España mediante una terapia de choque o "revolución desde arriba", que mezclaba los planteamientos de Joaquín Costa y Antonio Maura. Asimiló los lemas "costistas" del "cirujano de hierro" y demás metáforas quirúrgicas, si bien durante la dictadura combinó todo ese acervo con un sedimento liberal que le acercó más a su admirado Prim y a otros "espadones" del XIX que a los dictadores de su siglo.