El territorio de Andalucía occidental enmarcado política y administrativamente en el Reino de Sevilla jugó un papel trascendental en el devenir histórico de la Monarquía Hispánica durante los siglos modernos. Antigua frontera terestre con el Reino islámico de Granada, la Andalucía atlántica representará también una nueva frontera, ahora marítima, con el mundo musulmán.
Así mismo, significó la avanzadilla de la Corona de Castilla en el proceso de expansión que esta protagonizó en el océano Atlántico. El litoral andaluz occidental constituyó una activa plataforma de lanzamiento de expediciones marítimas dirigidas hacia el archipiélago canario, el norte de Africa y las Indias. Descubiertas estas a fines del siglo XV, desde comienzos del XVI se formalizó una gran ruta de navegación y comercio entre España y sus colonias americanas, la Carrera de Indias, cuya capital se estableció en 1503 en Sevilla, convertida así en puerto y puerta de América.
La ciudad del Guadalquivir, por entonces ya un activo centro mercantil, asumió la capitalidad del monopolio colonial castellano con América, constituyéndose en un emporio y en una referencia fundamental en el sistema mundial en construcción que dio origen a la primera globalización. Andalucía occidental pasó de esta forma, de ser un finis terrae, el confín occidental del mundo conocido, a ser su centro, una auténtica encrucijada de rutas, hombres, negocios y circulaciones de toda clase con un enorme valor geopolítico y económico para la Monarquía Hispánica.
El territorio histórico del Reino de Sevilla era el heredado de la Baja Edad Media. En líneas generales correspondía con las conquistas de Fernando M y Alfonso X, a las que se sumaron las de Sancho IV en el Campo de Gibraltar y otras plazas fronterizas que fueron incorporadas a Castilla en los siglos XIV y XV. Comprendía las actuales provincias de Sevilla, Huelva, la mayor parte de la de Cádiz, excepto algunos lugares de la serranía que pertenecían al Reino de Granada (Benaocaz, Grazalema, Setenil, Ubrique y Villaluenga del Rosario), más algunas plazas de la actual provincia de Badajoz, como Fregenal, Bodonal de la Sierra o Higuera la Real, y de las actuales provincias de Málaga (Teba, Ardales, Cañete la Real, Antequera, Archidona) y Córdoba (Miragenil, hoy Puente Genil).
Este territorio no sufrió prácticamente alteraciones a lo largo de la Edad Moderna, a excepción de la pérdida de Gibraltar, a manos de los ingleses, en 1704, durante la Guerra de Sucesión. En su conjunto, la extensión del Reino de Sevilla ocupaba unos 32.000 km, en torno al 8,5 % de la superficie de la Corona de Castilla y algo más del 6 % del actual territorio español. Durante la mayor parte de los siglos modernos el Reino de Sevilla no tuvo una entidad administrativa propiamente dicha, más allá de que su capital ostentaba la representación del conjunto en las reuniones de las Cortes castellanas. Se trataba, pues, más bien, de una referencia histórica, si bien la división del país en intendencias en el siglo XVIII adoptó como unidad para la de Sevilla el territorio de su antiguo reino.
Durante la Edad Moderna, el Reino de Sevilla constituyó una pieza fundamental en el entramado de la Monarquía Hispánica. Por su peso demográfico, su capacidad de producción, potencial mercantil y volumen de contribución fiscal, destacó de manera señalada entre otras regiones y zonas de España. El desarrollo del comercio atlántico y la capitalidad de la Carrera de Indias hicieron del Reino de Sevilla un nodo central del comercio internacional. Ello le confirió también un papel primordial en la estrategia político-militar de la Monarquía. El Reino de Sevilla moderno fue, al mismo tiempo, un potente foco de irradiación cultural.
Vista de la ciudad de Sevilla atribuida a Alonso Sánchez Coello, Finales del siglo XVI. Museo del Prado.
En su conjunto, la población del Reino de Sevilla resulta proporcional a su extensión territorial. En 1530 alcanzaba los 73.522 vecinos, es decir, en torno a 331.000 habitantes. Durante buena parte del siglo XVI la evolución de esta población fue positiva, pero en el XVII se encadenaron diversos factores de crisis, entre ellos la terrible epidemia de peste de mediados de siglo, que lograron invertir el signo de la coyuntura demográfica hacia otra de carácter negativo.
La recuperación no llegó hasta el siglo XVIII. A principios de este, la población del reino apenas alcanzaba los 350.000 habitantes. Sin embargo, a mediados de la centuria ya rozaba los 600.000, y a finales de esta los 750.000, un 7% aproximadamente del total de la población de España.
Esta población se encontraba muy concentrada en núcleos urbanos de tamaño grande o mediano. Las características de la evolución histórica del territorio habían determinado que el Reino de Sevilla fuera esencialmente un reino de ciudades. Sevilla, la gran metrópoli del sur, con unos 130.000 habitantes a fines del siglo XVI, absorbía una buena proporción de la población total de su reino, si bien la devastadora crisis de mediados del siglo XVII redujo esta población a la mitad.