La ubicación geográfica del Reino de Sevilla, entre el Atlántico y el Mediterráneo, así como su pujanza económica y política, hicieron de él un lugar privilegiado para el establecimiento de intercambios, convirtiéndolo en un nudo principal de comunicaciones en la Europa Moderna. Desde sus puertos -Moguer, Palos, Puerto de Santa María, Sanlúcar de Barrameda, Cádiz y Sevilla, entre otros— partieron expediciones rumbo a las Islas Canarias y distintas plazas del norte y oste de Africa, en primer lugar; y, en segundo, hacia las tierras del "Nuevo Mundo".
La expansión atlántica de este reino se manifestó nítidamente a partir del siglo XIV en las Islas Canarias, de tal forma que la Crónica de Enrique III aseguraba que en 1393 se armó una expedición de navíos en el río Guadalquivir al mando de Conzalo Martel que llevó una importante cantidad de caballos a estas islas contribuyendo a capturar a nativos de Lanzarote y a los "reyezuelos" que los gobernaban.
Algo más de dos décadas después, en 1418, el conde de Niebla y señor de Sanlúcar de Barrameda obtuvo para su linaje los derechos que poseía la familia Bethencourt sobre Canarias, lo que propició que se realizaran nuevas empresas de conquista y colonización organizadas desde la Baja Andalucía y que se le otorgara a la isla de Fuerteventura el fuero de Niebla dotándola de una estructura legal similar.
Posteriormente, el señorío del archipiélago recayó en el noble sevillano Hernán Peraza, aunque sería su hija Inés Peraza la que traspasó su dominio a los Reyes Católicos en 1477 tras comprobar que no podía someter a los guanches ni eliminar la competencia portuguesa. A cambio los monarcas le concedieron el título de condes de la Comera con jurisdicción en Fuerteventura, Lanzarote, Hierro y La Gomera.
De esta manera se iniciaba la etapa de conquista y colonización directa de la Corona castellana que supuso la anexión de la isla de Gran Canaria a cargo del capitán Pedro de Vera en un proceso que duró desde 1480 a 1484, la integración de la isla de La Palma en 1492 bajo la dirección militar de Alonso Fernández de Lugo y, cuatro años más tarde, la conquista de Tenerife en 1496.
Sin duda, la experiencia castellana obtenida en las denominadas islas "Afortunadas" se constituyó en una "ensayo piloto" que ayudó sobremanera a la configuración de la organización y colonización de los territorios americanos descubiertos por Colón y la marinería del Reino de Sevilla. A modo de ejemplo, las capitulaciones concedidas a Fernández de Lugo por la Monarquía fueron un antecedente de las que se les otorgaron a los conquistadores de las Indias, del mismo modo que el reparto de tierras del "Nuevo Mundo" entre los castellanos se asemejó a la distribución de terrenos practicada previamente en Canarias con cierto respeto a los derechos de los señores guanches que se mostraron partidarios de los Reyes Católicos.
Por otra parte, el modelo de cristianización de los nativos canarios fue un ensayo del gran proceso evangelizador que se llevó a efecto con la población autóctona americana durante el siglo XVI; de idéntica forma, la promoción de los matrimonios mixtos entre castellanos y nativos auspiciada por la corona explican el mestizaje e integración étnico-poblacional que se produjo en ambos territorios ultramarinos.
Por último, la conquista de la isla de La Palma el mismo año en que se decidió autorizar el primer viaje de Cristóbal Colón permitió disponer de un lugar de tránsito fundamental y de reposición de provisiones para que la empresa descubridora gestionada por el genovés concluyera con éxito.
El litoral del Reino de Sevilla poseía una situación geográfica relevante en las rutas comerciales A que conectaban el océano Atlántico con el mar Mediterráneo durante la baja Edad Media y principios de la modernidad. Su posición estratégica entre ambos espacios contribuía a que las embarcaciones utilizaran sus puertos como refugio en época de tempestades y como lugares de intercambio de productos que procedían de territorios distantes, principalmente de África, Europa y América, si bien de este último continente serían originarios con posterioridad a su descubrimiento. Por su parte, la experiencia de sus marinos en las navegaciones en el denominado "Mar de los Sargazos" permitió que la Corona de Castilla pudiera descubrir un "Nuevo Mundo".
Primer mapa de Canarias. Benedetto Bordone, 1528.
La experiencia castellana en las islas "Afortunadas" fue un "ensayo piloto" que ayudó a la colonización de los territorios americanos descubiertos por Colón y la marinería del Reino de Sevilla