La Sevilla de la Baja Edad Media se constituyó como un núcleo económico, cultural y político de primer orden para Castilla y la península ibérica. Tanto es así que la ciudad de Sevilla aportaba más del 50% de los ingresos recaudados en todo el extenso Reino de Sevilla. Y el propio Reino de Sevilla aportaba aproximadamente la cuarta parte de las rentas a la Monarquía. Sevilla era, por tanto, el núcleo rector desde la que la Corona de Castilla organizaba el espacio político de la Andalucía del Bajo Guadalquivir.
Una de las características principales del Reino Hispalense fue la gran implantación territorial de la nobleza, pues buena parte de su territorio formaba parte de señoríos jurisdiccionales. Casas como los Guzmán, Ponce de León, Ribera y Tellez Girón formaron importantes y ricos señoríos en el territorio del Reino de Sevilla, desde los que influyeron en el gobierno de la propia ciudad de Sevilla y otros concejos de realengo.
Esta importancia de la nobleza y del régimen señorial en Sevilla y su tierra responde a varias razones. La condición de Sevilla como la frontera de Castilla frente a Granada propició la aparición de cargos relacionados con la actividad bélica, oficios que fueron detentados por los nobles que vieron en el ejercicio de las armas un mecanismo de promoción social.
En otro orden, la labor repobladora (especialmente a partir del siglo XIV) favoreció la creación de señoríos compactos territorialmente y la concentración de ricas tierras de labor en manos de estos señores. Así rentabilizarán la actividad agropecuaria poblaron villas promoviendo la instalación de pobladores y creando instituciones de poder y gobierno con el nombramiento de regidores para los concejos y la redacción de ordenanzas donde se recogían los mecanismos de gobierno, la elección de los oficiales, normativa sobre las actividades económicas de las poblaciones y los derechos y rentas señoriales.
Unido a esto, es necesario mencionar la situación política de Castilla en la Baja Edad Media, pues la nobleza aprovechó la difícil coyuntura en Castilla tras la llegada al trono de Enrique II en 1369 para, mediante el apoyo a la causa de Enrique, obtener beneficios expresados en gracias y mercedes. Misma realidad que se observará en los reinados de Juan II o de Enrique IV: la nobleza aprovechó la relativa debilidad de la Corona para granjearse un favor regio que se tradujo en la concesión de señoríos, de mercedes o de rentas. De esta forma, a inicios del siglo XVI la nobleza titulada controlaba el 31% de la tierra de los reinos de Córdoba, Jaén y Sevilla. Dentro de este porcentaje, más del 6o % de los territorios de señorío jurisdiccional estaban en Sevilla.
La gran nobleza intervendrá en el gobierno de la ciudad de Sevilla directamente, mediante la ostentación de cargos de poder y gobierno o indirectamente en el regimiento de la ciudad, ya sea mediante enlaces matrimoniales con la oligarquía urbana o integrando a las elites urbanas dentro de sus redes clientelares (a través de mecanismos cómo el acostamiento, que era la entrega de un sueldo a cambio de fidelidad).
La Sevilla de los siglos XIV a XVI, esa gran ciudad de Castilla, cabecera de una tierra de frontera cómo era la Andalucía del Bajo Guadalquivir, primero con Granada, y luego con el nuevo mundo atlántico del que se convirtió en puerta y puerto de Indias, fue el espacio dónde los grandes señores disputaban y pugnaban por alcanzar el predominio político y social. En el Reino de Sevilla nacieron y se consolidaron los grandes linajes de la Corona. Palacios y grandes casas se levantaron en las calles de la ciudad, desde la que se gobernaban los ricos y extensos señoríos, que, desde Tarifa a Huelva, rodeaban a las grandes ciudades de realengo.
Retrato de don Rodrigo Ponce de León, duque de Cádiz y III conde Arcos (1442-1492). Grabado realizado por Antón Pizarro y recogido en la obra Crónica de la excelentissima casa de los Ponces de León, de Pedro Salazar Mendoza.
Esta gran nobleza va a establecer dos estructuras a través de las que canalizar su poder. En primer lugar, el linaje, es decir la familia, representado a través de una serie de símbolos del poder señorial, como los títulos o la casa solar. El prestigio del linaje se mostraba a través del poder económico y social de un señorío (con tierras y vasallos) que se debía ampliar mediante la adquisición de nuevas villas y se mantenía indivisible a través del mayorazgo que heredaba el heredero del linaje.
El segundo elemento que adquirió gran importancia en la Sevilla del siglo XV fueron los bandos nobiliarios. Estos eran facciones (o bandos como su nombre indica) en la que se integraban las familias de la nobleza, y estaban encabezados por una gran familia señorial, de la que los demás integrantes dependían. El objetivo de estos bandos era hacerse con el control de las instituciones urbanas en beneficio del linaje que encabezaba el bando. La creación de bandos fue un fenómeno importante en la Andalucía de fines del siglo XV. Sin embargo, donde adquirió una mayor importancia y virulencia, pues llegó a estallar un verdadero conflicto civil, fue en el Reino de Sevilla. La ciudad y su tierra fue el escenario de una encarnizada lucha entre dos facciones por el control del territorio, una liderada por la Casa Guzmán, duques de Medina Sidonia, y la otra por la Casa Ponce de León, conde de Arcos y marqueses de Cádiz.