La preeminencia de Sevilla durante el periodo taifa (s. XI) es de sobra conocida, los Abadíes extendieron el territorio de predominio e influencia sevillana desde poniente a levante en alAndalus; Sevilla fue el reino más expansivo y poderoso de la península, y ha pasado a la historia con un marcado matiz legendario debido al protagonismo poético del rey al-Mutamid y de su amada Rumaykiya, magistralmente presentados ambos en este dosier.
Mientas se producía en el sur peninsular dicha expansión sevillana, el norte cristiano se concentraba en el proyecto de conquistar los territorios andalusíes y en 1085 Alfonso VI tomaba Toledo. Como consecuencia, los andalusíes, que se habían convertido en vasallos tributarios y pagaban diezmos a cambio de paz, con al-Mutamid a la cabeza, al-Mutawakkil de Badajoz y Abd Allah de Granada, solicitaron ayuda a los musulmanes que gobernaban al otro lado del Estrecho, los almorávides, cuyo ejército llegó en auxilio de los andalusíes en 1086 para vencer en Zalaca a los ejércitos procedentes del norte peninsular. Dos nuevas incursiones almorávides de socorro tuvieron lugar en el territorio; la última, ocurrida en 1091 supuso el asentamiento en al-Andalus de esta dinastía que permanecería en el territorio durante cincuenta años, a pesar de la reticencia de una parte importante de la población.
Sobre la Sevilla almorávide es sabido que durante el tiempo de su gobierno pasaron por ella más de dieciocho gobernadores y, aunque esta ciudad fue puerto de desembarco de tropas y espacio de concentración de ejércitos del Magreb y soldados de alAndalus, la dificultad de los andalusíes para aceptar el rigor religioso de estos beréberes, aparte de la constante presión de los cristianos del norte, demostraron que los almorávides no daban mayor seguridad a los andalusíes que los reinos de taifas. Por otra parte, los reductos almorávides magrebíes iban cayendo en manos de una nueva dinastía beréber, los almohades, que tomaron su sede, Marrakech, en 1147. Una nueva disgregación territorial surgió en al-Andalus como consecuencia del rechazo a los almorávides, la que las fuentes denominan segundo periodo de taifas, que anunciaba la llegada de los almohades. Estos defendían la unicidad divina y habían puesto en marcha un islam austero y sobrio, en palabras de María Jesús Viguera "como eran sus costumbres beréberes no urbanas".
Según las fuentes de la época, el primer rebelde que se levantó contra los almorávides fue Ibn Qasi, que se había amotinado en el Algarve y que construyó en Silves una rábita en la que reunió a sus seguidores, los muridin. Ibn Qasi marchó al Magreb en busca de la ayuda de los almohades y de allí volvió con un destacamento militar enviado por el primer califa, Abd al-Mu'min (11301163), al que siguieron otros dos ejércitos. Estas primeras tropas llegaron en el verano de 1146 y ocuparon las bases fronterizas de Tarifa y Algerciras, desde donde se inició el proceso de ocupación del territorio cuya unificación no se produjo de manera ordenada, sino que se basó en ocupar los enclaves en los que se contaba con partidarios.
Así dominaron Sevilla en 1148, Córdoba un año más tarde, Málaga en 1153, Granada y otras ciudades vecinas en 1156, Almería en 1157, aunque algunas zonas peninsulares se resistieron a la unificación, como el Levante y las Baleares. Un complejo proceso político y militar de avances e involuciones presidió el transcurso del poder de esta dinastía.
Desde el siglo XI hasta mediados del siglo XIII la ciudad de Sevilla, o madina Isbiliyya, ocupó un lugar destacado en la política andalusí por erigirse como sede del reino de mayor expansión y poder durante el periodo de taifas, y por haber sido capital de la dinastía almohade en al-Andalus. En esta última etapa fue protagonista de uno de los más significativos proyectos urbanísticos que se han llevado a cabo en esta ciudad a lo largo de su historia, el que configuró sus perfiles más emblemáticos hasta el día de hoy.
Detalle de un grabado coloreado de Joris Hoefnagel con la vista de la Giralda (1565).
HISTORIA ALMOHADE. Los beréberes seguidores de Ibn Tumart, que se había hecho fuerte en Tinmal hacia 1123, pusieron de manifiesto el principio que aquel representaba, el unitarismo divino, que fue adquiriendo dimensión política a medida que avanzaba en un proceso de conquista que los llevó hasta al-Andalus en 1145-46, donde estuvieron instalados hasta que empezaron a ser sustituidos por otro fenómeno de disgregación, el que las fuentes denominan terceras taifas, y por el avance cristiano.
Estas taifas estuvieron representadas por Ibn Mahfuz en Niebla, cuyo reino se extendió hasta el Algarve, desde 1234 hasta 1262; por Zayyan b. Mardanis, que se hizo fuerte en Valencia en 1238 y también en Denia y en localidades vecinas; por Muhamad b. Hud, en Murcia en 1228, y por Yusuf b. Nasi, que en 1232 se declaró señor de Arjona y construyó su reino tomando Jaén, Guadix, Baeza y otros lugares, perviviendo después su dinastía en el Reino nazarí de Granada (1232-1492).
Durante los años de presencia en al-Andalus, los almohades fueron protagonistas de uno de los momentos de mayor esplendor cultural de la península ibérica, ya que fueron los mantenedores del poder musulmán en Occidente, los vencedores en Alarcos (1195), y más tarde los que soportaron la inflexión que supuso la derrota de Las Navas de Tolosa en 1212, con la que comenzó una irremediable involución territorial; Córdoba fue conquistada por Fernando III en 1236 y Sevilla en 1248.
Esta dinastía, que vio sucederse a nueve califas, tuvo la fortuna de contar con dos estrategas esenciales, particularmente en lo que se refiere a la historia de al-Andalus y de Sevilla: Abu Yaqub Yusuf (1163-1184) y Abu Yusuf al-Mansur (1184-1199), que propiciaron construcciones y momentos excelsos a la ciudad.
Estos pusieron en marcha un proceso edilicio sin precedentes y al mismo tiempo llevaron a cabo un especial desarrollo cultural, artístico y filosófico representado, entre otros, por el ilustre Averroes o el místico Ibn Arabi. Abu Yaqub, en palabras de María Jesús Viguera, fue "hombre cultísimo" y estuvo especialmente interesado en el saber, tanto que se le atribuye la construcción de una biblioteca similar a la de al-Hakam II en Córdoba.
SEVILLA, UNA NUEVA CIUDAD. Abd alMumin, primer califa almohade, decidió en 1162 que fuera Córdoba la capital del imperio a este lado del Estrecho, elección que tomó con clara referencia simbólica de asimilación al poder emblemático de los califas omeyas. Tras un breve periodo, que concluyó con su muerte sucedida ocho meses después de poner en marcha dicho proyecto, decidió su hijo y heredero, Abu Yaqub, que sería Sevilla la sede almohade en al-Andalus, ciudad en la que había residido como gobernador desde 1155.
A partir de entonces se puso en marcha un proyecto urbanístico sin precedentes que fue configurando los perfiles de una nueva ciudad que vería ampliar significativamente su perímetro, su importancia, su influencia y su poder. Isbiliyya se convirtió en espacio para el desarrollo de grandes obras públicas; en una ciudad escenario del poder almohade en el que se construyeron grandes edificios palatinos y religiosos.