Columnas
Google time

Un cementerio inglés en el corazón del Mediterráneo

El primer camposanto español para protestantes

EVA DÍAZ PÉREZ
ESCRITORA Y PERIODISTA

El camposanto de San Jorge en Málaga fue el primer recinto en España destinado a acoger a los protestantes que residían en la ciudad andaluza. Entre los personajes allí enterrados están el liberal Robert Boyd, fusilado junto al general Torrijos por Fernando VII, o los escritores Gerald Brenan, Camel Woolsey y Jorge Guillén.

A caba de atardecer en la playa de La Caleta en Málaga. Un cortejo fúnebre alumbrado por antorchas camina cerca de la orilla. Los hombres que andan en silencio dejan el cadáver en la arena y comienzan a cavar un hoyo. Ha bajado la marea y el agua no volverá a subir hasta dentro de tres horas. Hay tiempo suficiente para enterrar al difunto, un secretario del consulado británico que ha muerto repentinamente por unas fiebres traicioneras. La tumba se dispone como está formalizado en estos casos: la fosa vertical y que sobresalga la cabeza mirando hacia el mar. Ya llegarán las olas y las alimañas para hacer el resto. Nuestra herramienta virtual de Google Time prefiere no seguir contemplando la escena... 

Este tipo de enterramiento era el habitual en España para los ciudadanos extranjeros que no profesaran la fe católica. Un destino casi peor que el que la tradición daba a los suicidas o a los disidentes nacionales, apartados en el sórdido corralón de los muertos en los extramuros de los camposantos. Como nos relata José Jiménez Lozano en su libro Los cementerios civiles, los súbditos ingleses que morían en España "debían quedar apestando en campo abierto con el fin de que los perros los encuentren con seguridad".

En 1650, mister Ascham, un enviado del general Cromwell, fue asesinado en España y su cuerpo introducido en un hoyo sin ceremonia alguna. Cromwell presionó a la Corona española que terminó concediendo un cementerio separado para protestantes. Hubo compasión y los súbditos ingleses que murieran en España podrían ser enterrados en el jardín del convento de Recoletos, pero de noche y sin ceremonia alguna. Más de un siglo después, el aristócrata inglés lord Bute compró un terreno en Madrid más allá de la Puerta de Alcalá para enterrar a sus compatriotas.

Pero estamos en Málaga en este mes de noviembre de 1824 y está a punto de crearse el primer cementerio protestante de España por los temores de un hombre a la muerte y, sobre todo, al destino final de sus despojos. El cónsul británico William Mark no será el mismo después de presenciar el funeral de su empleado ese atardecer en la playa de La Caleta. Desde aquel día le da miedo el olor del mar y en el rumor de las olas cree oír un lamento. Por las noches le asalta siempre la misma pesadilla: contempla su propio entierro en la playa. Y se repite el camino tenebroso por la orilla, la luz de las antorchas, el oleaje violento y ese hoyo sobre la arena que en su sueño se convierte en un negrísimo abismo. 

William Mark, ante el temor de que un día su cadáver —o el de uno de sus familiares— sea abandonado a su suerte en la playa, decide luchar por conseguir un terreno para dar un destino digno a los compatriotas que mueran en Málaga. En 1829 consigue la autorización para crear un camposanto en el camino de la carretera de Almería, en un rincón de la ladera del monte Gibralfaro, muy cerca de la playa de La Caleta. Ese lugar que con el tiempo se llamará la Cañada de los Ingleses y que hoy resiste en el número 1 de la Avenida de Pries, justo detrás del hotel Miramar. 

El cementerio inglés de Málaga es hoy un hermoso jardín de la muerte. También un jardín submarino porque huele a salitre, a espuma de olas y algunas de las tumbas están decoradas con conchas. Son las tumbas prematuras, las tumbas más antiguas del camposanto, que casi tienen borrados los nombres de las lápidas. 

El repositorio documental de nuestra herramienta virtual de Google Time nos detalla que el primer enterramiento fue el de mister George Stephens, propietario del bergantín Cicero, que se ahogó en el puerto de Málaga un día de enero de 1831. El Cicero era uno de esos barcos que desde principios del siglo XIX se podían ver en el puerto malagueño gracias al boyante comercio de cítricos y uvas pasas que atraía a empresarios extranjeros. Algunos de aquellos mercaderes yacen en este cementerio en un silencio de siglos, dormidos con el rítmico rumor de las olas. También están otros hijos de la burguesía industrial europea que seguirá décadas después a la del comercio agrícola. Son los empresarios que protagonizarán el negocio de minas, fundiciones y ferrerías de Málaga ya a mitad de siglo. 

Nuestro Google Time nos lleva ahora al Archivo Municipal de Málaga donde se guarda el Libro de las Inhumaciones. Repasando sus volúmenes comprobamos que la tisis es la enfermedad que llevó a la muerte a la mayoría de los habitantes de este jardín del último reposo. Muchos de los extranjeros que residían en Málaga eran tuberculosos que habían elegido el clima soleado del Sur para aliviar sus dolencias. Eran los llamados invalids que a veces no lograban sobrevivir a pesar del buen tiempo. 

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