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Tertulias, bailes y toros

Ocio y diversión en Andalucía según los viajeros románticos

BLASINA CANTIZANO MÁRQUEZ
UNIVERSIDAD DE ALMERÍA

En Europa, el siglo XIX supuso la exaltación de un ideal basado en la libre expresión del modo de sentir y pensar del ser humano. Como individuo, o como parte de un colectivo, el alma romántica sentía la necesidad de saber, explorar, profundizar en el pasado y en el conocimiento de otras culturas diferentes a la suya propia. Es por esto que muchos románticos europeos, sobre todo británicos, deciden viajar a Andalucía en busca de lo particular y único que hace de esta región un lugar muy distinto a la Europa que conocen, ya en vías de industrialización. 

Extranjeros de toda procedencia (profesión, edad, género, clase social) viajan a Andalucía porque consideran que es un reducto inexpugnable, anclado en el tiempo y más próximo a Africa que a Europa. Grupo interesante son las mujeres extranjeras que disfrutan de esta aventura romántica; sus impresiones interesan por ser diferentes, complementarias también, a la visión masculina. Ellas son más detallistas en las observaciones y se preocupan por ofrecer reflexiones personales sobre aspectos menos tratados por sus congéneres. En general, se aprecia que el interés por el lugar es, sin duda, sobrepasado por la curiosidad que despierta la población ante los ojos de unos extranjeros que describen y toman contacto con personas de toda procedencia, clase y condición. 

Lo primero que llama la atención de nuestros visitantes es la existencia de dos clases sociales bien diferenciadas. Una clase pudiente, acomodada frente a otra modesta, casi de pobres, que presentan dos esferas casi herméticas, con su propio código de normas, costumbres, tradiciones e incluso espacio físico. Sin embargo, en ocasiones especiales, esta barrera social se rompe y todos disfrutan por igual de carnavales, procesiones de Semana Santa o cualquier festividad patronal que lo merezca, independientemente de la condición social o económica de cada uno. Es importante destacar que los extranjeros disfrutan de estas fiestas por doble motivo, por una parte, simplemente por pasar un rato agradable en buena compañía, por otra, supone el escenario perfecto para observar, sin ser observados, y conseguir anécdotas y retratos para sus libros de viaje. 

EN EL SALÓN. En España, la moda del salón llega de Francia y se impone como moda en los círculos sociales más prestigiosos; así, nobleza y aristocracia disfrutan de estas reuniones bien como anfitriones bien como invitados. Andalucía adapta esta moda afrancesada a su idiosincrasia particular: el salón de palacios y cortijos es el lugar elegido, la anfitriona preferiblemente una mujer, siendo lo más característico el tipo de actividades que se desarrollan en estas reuniones sociales. 

Dada la buena posición social y económica de los viajeros extranjeros, también el prestigio que podían aportar a su anfitrión, era frecuente que recibieran invitaciones para asistir a alguno de estos encuentros. William Jacob (1762-1851) documenta la tertulia sevillana de la condesa de Villamanrique, mientras que Sir John Carr (1772-1832) se deshace en elogios ante los organizados por la duquesa de Gor cada noche en Granada. El americano Washington Irving (1783-1859) es uno de los frecuentes contertulios de los duques de Cor, a quienes elogia por su agradable trato e interesante conversación; tanto es así que, en su correspondencia privada, recomienda encarecidamente esta visita a sus amigos. 

Viajeros en Andalucía

Durante el siglo XIX, muchos viajeros extranjeros visitan Andalucía para conocer la particular idiosincrasia de un lugar que parece distante de la avanzada Europa. Además de interesarse por la historia, la geografía o los paisajes, prestan especial atención al particular modo de vida meridional, cuyas tradiciones, fiestas y costumbres son un reflejo directo de la huella y amalgama de culturas anteriores. Es precisamente en los momentos de esparcimiento, en público y en privado, cuando pueden observar a la población de forma directa, tal y como realmente son, y así poder ofrecer una imagen realista de aquella época.

Gustave Doré, Baile de candil en el barrio de Triana (1874).

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Los organizadores de estas reuniones, aristócratas o de alto estatus social, exigen ciertas normas de conducta y etiqueta. Los invitados debían mostrar respeto y hasta admiración hacia los anfitriones

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