Columnas
Andalucía en sus documentos

Lenguas del Santo Oficio

Traductores en la Andalucía moderna

PEDRO RUEDA RAMÍREZ
UNIVERSIDAD DE BARCELONA

Escribir y traducir fueron sinónimos en el mundo moderno, ya que la acción de transferir en palabras textos de otras lenguas resultaba un medio de interpretar y adecuar al contexto la obra original. En el pasado, más que la fidelidad al texto, que nos sirve actualmente como baremo, lo que buscaba un traductor era una adaptación que hiciera comprensible el texto.

En su Tesoro de la lengua castellana o española Sebastián de Covarrubias (1539-1613) definía al traductor como "autor" de la traducción "trasladando de algunas partes no conforme a la letra, pero según el sentido", eso sí, "sabiendo igualmente las dos lenguas" 

El canónigo Pedro de Valenzuela elaboró una traducción de los Nombres de Cristo del jesuita Leonardo Lessio para los "romancistas iliteratos", definiendo así al público que no leía el latín, definida como la lengua culta. La traducción "simple libre" que empleó en este caso le daba la oportunidad de hacer el texto accesible, aun faltando "a la letra, y concepto", lo que facilitaba una lectura común de los textos. 

En otros casos, esa traducción era una lengua hablada, en la que el traductor actuaba como intérprete, especialmente en el caso de los procesos inquisitoriales y las averiguaciones de los oficiales de los tribunales de distrito andaluces. Estas lenguas, mudas cuando escriben, o que usan del "aliento" para expresarse cuando actúan como intérpretes, fueron un instrumento esencial para atender el día a día de la actividad de los inquisidores. En el mundo moderno fueron muchas las lenguas en uso en la Monarquía Hispánica. Los súbditos de la Corona española hablaban en múltiples idiomas, a lo que se sumaba el asentamiento de numerosas naciones extranjeras en las ciudades andaluzas y los numerosos comerciantes y viajeros que visitaron puertos y mercados. 

Los términos lengua e intérprete fueron los más comunes, convertidos en un cargo más en los entramados administrativos de la Corona, como el que ejercía Francisco Gracián, que fue nombrado secretario de la interpretación y lengua del Consejo de Indias. En los distritos inquisitoriales el traductor fue un colaborador de los inquisidores. Algunos trabajaron en la Corte para el Consejo de la Inquisición, pero los que veremos estaban en los distritos en los que se dividían los territorios, en el caso de Andalucía con un tribunal inquisitorial en Sevilla y otro en Granada.

La colaboración con los inquisidores les otorgaba un estatus y cierto reconocimiento social como hombres católicos y sin sospecha de herejía, aunque esta valoración quedaba limitada al tratarse de extranjeros, que eran vistos siempre con cierta sospecha. Esto no quería decir que no pudieran tener conflictos y enredarse en la maquinaria inquisitorial, ya que todos podían verse inmersos en temas de fe o comunes.

Es lo que le sucedió a Rodrigo Roberto "intérprete de la lengua alemana del Santo Oficio de la Inquisición de Sevilla" en 1637. Este residente en El Puerto de Santa María tuvo numerosos rifirrafes de palabra con el comisario inquisitorial ya que era, según un testigo, "muy revoltoso y de mala lengua". Otro testigo afirmaba que tenía "trato con los moros de Sale y que envió dineros en plata" ocultos en una frasquera de aguardiente y que el corregidor de la villa le "llevó una pena por no querer acompañar a el Santísimo Sacramento". El asunto acabó con una condena en un pleito criminal por injurias y amenazas al comisario y por tratar con comerciantes en Berbería. 

Las órdenes religiosas tuvieron entre sus miembros a incasables viajeros y traductores, que configuraron una red extendida de carácter global al expandirse a los territorios extraeuropeos. Los retornos de eclesiásticos que habían vivido en Asia, América o África, o en el arco mediterráneo en ciudades desde Jerusalén a Argel, favorecieron que numerosos miembros de las casas religiosas tuvieran don de lenguas. Esto permitía resolver problemas de comunicación y fortalecer algunos lazos con las sedes de entidades cristianas repartidas por todo el orbe. 

Inicio del proceso criminal de Rodrigo Roberto, vecino de El Puerto de Santa María (Cádiz), comerciante e intérprete de alemán en el Tribunal de la Inquisición de Sevilla, a instancias de Diego de la Fuente Peredo, fiscal del Santo Oficio, por injurias y amenazas, y por tratar con comerciantes en Berbería (1637).

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