Columnas

La Constitución andaluza de 1883

Motor del Andalucismo Histórico

Los federales andaluces elaboraron un proyecto de Constitución para la Andalucía de 1883. Dicho texto fue decisivo para impulsar el Andalucismo Histórico en el primer tercio del siglo XX, no solo porque partía del reconocimiento solemne de la capacidad del pueblo andaluz para gobernarse a sí mismo e identificarse como nacionalidad, sino porque portaba un proyecto político y social enormemente atractivo a pesar del transcurso del tiempo. 

RUBÉN PÉREZ TRUJILLANO
UNIVERSIDAD DE GRANADA

En enero de 1918 y en marzo de 1919 E unieron lugar dos acontecimientos vitales para el Andalucismo Histórico: la Asamblea de Ronda y la Asamblea de Córdoba. Ambas sirvieron para que los andalucistas tomaran importantes acuerdos para definir su postura en un contexto de crisis profunda. 

A escala interna, el régimen de la Restauración estaba atravesando uno de sus momentos más difíciles, como había quedado probado en 1917 con las Asambleas de parlamentarios que se reunieron en Barcelona y Madrid pidiendo Cortes Constituyentes o con la creciente injerencia militar en la vida política, visibilizada en su faceta más autoritaria cuando las Juntas de Defensa fueron legalizadas. Las convulsiones sociales hacían presagiar un ciclo de conflictividad cada vez más intenso: el Trienio Bolchevique (1918-1920). 

El panorama internacional acusaba una crisis de mayor gravedad. Si en España reinaba la inestabilidad, en Europa todo parecía estar cambiando. La Gran Guerra estaba tocando a su fin y, a la reordenación del mundo que inevitablemente traería como consecuencia, se le había anticipado la Revolución Rusa. La caída de los imperios auspició el florecimiento de numerosas repúblicas democráticas, todas ellas sensibles a las injusticias sufridas por las clases trabajadoras y, a la vez, temerosas ante la atracción que el comunismo ejercía sobre ellas. 

Tanto el máximo dirigente soviético, Lenin, como el presidente de los Estados Unidos, Wilson, dieron razones para creer que los estados perderían su carácter centralista y represivo respecto a las nacionalidades y regiones que había en su interior. Simultáneamente, los aires revolucionarios empezaban a dar forma a un constitucionalismo social y democrático de nuevo cuño, que germinó en México y pronto polinizaría el Viejo Continente. 

Los cónclaves de Ronda y Córdoba pretendieron dar una respuesta autóctona a todas estas encrucijadas. La cita rondeña es célebre porque en ella se aprobaron los símbolos de Andalucía: la bandera, el escudo y el lema que actualmente rigen. De otro lado, el encuentro de Córdoba destaca porque marcó el paso del Andalucismo desde unos postulados regionalistas más o menos tibios hacia un nacionalismo indisimulado y, aunque entregado a la causa de los más desfavorecidos, reticente a las tesis marxistas y bakuninistas tan en boga por aquella época. Pese a las diferencias, las dos citas tienen en común el hecho de remar hacia una misma dirección. Y es que la Constitución de 1883 fue estudiada como obra de cabecera de la que decantar los fundamentos teóricos y las líneas de actuación del Andalucismo. 

El proyecto con el que el ala andaluza del partido federal había intentado combatir a la Restauración en 1883 presentaba varias ventajas de cara a sentar las bases políticas del andalucismo. En primer término, ofrecía un arsenal teórico-político y técnico-jurídico muy potente para afrontar la crisis de entreguerras. En segundo lugar, infundía un estado de ánimo optimista para quienes ansiaban demostrar la aptitud política del pueblo andaluz para regirse por sí mismo. En tercer término, la Constitución encarnaba el eslabón entre el republicanismo que había acariciado la gloria en 1873 y el andalucismo que buscaba su sitio en los albores de un mundo incierto. Por último, el modelo antequerano ayudaba al andalucismo a situarse a caballo entre la fórmula leninista y la fórmula wilsoniana acerca de la autodeterminación. 

En definitiva, gracias a la Constitución de 1883 el nacionalismo andaluz podía mostrarse públicamente como un movimiento cargado de propuestas sólidas, genuinas y, a la postre, encuadradas en una vasta tradición, la de Pi y Margall. 

La asunción del proyecto constitucional desplegó, pues, enormes consecuencias. Los andalucistas encabezados por Blas Infante no buscaban trazar un árbol genealógico que impregnara de legitimidad histórica a sus demandas. Era innecesario pues, en gran medida, el andalucismo era a todas luces un retoño del republicanismo federal. Al contrario, deseaban transformar la Constitución de Antequera en el referente doctrinal y programático del movimiento, con todo lo que ello implicaba.

Al abrazar la Constitución de Antequera, el movimiento andalucista adquirió una vocación constituyente al mismo tiempo que se distanciaba del separatismo

Hubo que esperar a 2013 para que la primera edición, firmada por Carlos Saornil, fuera localizada en la biblioteca del Ateneo de Barcelona por quien suscribe este artículo, el profesor Rubén Pérez Trujillano.

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Tal maniobra hacía que el punto de partida se tornase un punto de no retorno: el andalucismo formaba y debía seguir formando parte de la tradición republicana federal. Tácticamente, esto tenía sentido en aquellas primeras décadas del siglo XX. Hacia fuera del andalucismo, la insistencia en el movimiento demócrata y sus patriarcas contribuían a tender puentes con el anarquismo, para quien Pi y otros baluartes republicanos seguían siendo dignos de admiración. Aunque esto nunca resultó suficiente para atraer a los jornaleros que se afiliaban en masa a la CNT, ayudó a establecer una vía de entendimiento. Además, el énfasis en su corazón republicano tenía una lectura interna al propio andalucismo. Daba vía libre al andalucismo político y socialmente transformador abanderado por Infante frente a los conatos tendentes a fundar un andalucismo conservador o a anclar el movimiento en unas coordenadas meramente ateneístas y de salón. Otra repercusión se refiere al perfil global del andalucismo, así como a su estrategia a largo plazo: al abrazar la Constitución andaluza, el movimiento andalucista adquirió una vocación constituyente al mismo tiempo que se distanciaba del separatismo.

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